Número 37, febrero 2003

MÁS ALLÁ DE CUPIDO Y SUS ESCUPIDECES

Este mes nos hacemos un especial con las flechas de Cupido, por aquello de ponernos serios ante San Valentín y rendirle el tributo que se merece. Nosotros no decimos eso tan gastado de que el día de los enamorados se lo inventó El Corte Inglés para reventar el mal fario de la cuesta de enero, sino que aprovechamos el carrete de la polémica para buscar la definición acertada del amor. Cupido es el nombre del dios latino del amor y, en su origen, su significado hace alusión a "desear con ansia", vamos, que el amor desde aquí suena a tarde de verano en la que uno anda salivando ante una espléndida rodaja de sandía, porque apetece que ni te imaginas. El amor ha caído en muchas escupideces de este calibre y ha tropezado en definiciones que no le sientan nada bien. Como el hombre es un mero reproductor de lo que ve y actúa por mimetismo, sabemos del amor por lo que vemos y nos enseñan. Como decía Séneca: "Lento es el enseñar por teorías pero breve y eficaz por el ejemplo". Los adolescentes de nuestro siglo saben del amor por los ejemplos que proporcionan los inquilinos del yacuzzi de Gran Hermano y tienen el modelo del verdadero amor en esos arrebatos que duran menos que Aznar en suelo gallego. En cambio, la definición del amor es diferente cuando uno ve Kamchatka, la maravillosa peli que se presenta este año a los Oscars por Argentina. Hay una escena deliciosa en la que el niño protagonista ve a sus padres bailar y advierte que con los ojos se lo dicen todo. El cielo estrelladísimo y una atmósfera encendida por una canción endiabladamente romántica hacen de ese instante una muestra para el tarro de las esencias de lo auténtico. Así, el niño ve a sus padres que, después de permanecer más de 7 años casados (esa edad de la que Billy Wilder en La tentación vive arriba hablaba como soportable para la convivencia en pareja), siguen queriéndose como el primer día. Aquí el arrebato se vuelve tibio, dulce y menudea en porciones de verdad. Una experiencia brillante del amor también debieron tener aquellos afortunados que siguieron de cerca los pasos de la Madre Teresa en sus historias cotidianas de la caridad. Seguro que aprendieron de sus gestos, de esa espiral del desinterés, una manera de estar en el mundo y no el apretón de una apetencia.

Si hoy nos cuesta buscarle un significado al amor es porque quizá vivimos una crisis de la persona, una crisis de identidad. No sabemos quienes somos, por eso andamos con un cierto analfabetismo sentimental. Y la idea previa que uno tiene sobre el amor es absolutamente capital. Sí, porque de lo que uno siembra eso cosechará. Es decir, si pensamos que la naturaleza del amor es esencialmente ligera, vaporosa, las relaciones no durarán mucho y se verán entorpecidas al primer escollo. "Por el contrario - como dice bellamente Enrique Rojas en El amor inteligente - aquel que conciba el amor como algo tridimensional (una inteligencia que procura dar lo mejor de sí misma y una espiritualidad que hace de puente), se esforzará por seguir esa ruta. Debe existir un amor de corazón, de cabeza y espiritualidad para comenzar una relación con alguien a fondo y de verdad". Y lo de la espiritualidad no es ninguna patraña de beata. Al final de su vida, Francoise Miterrand contaba a Elie Wiesel la impresión que le produjo el libro Historia de un alma de Teresa de Lisieux, y le dijo: "Esa mujer sabía lo que era el amor de verdad, lo más auténtico que hay en el hombre, la espiritualidad". El amor contiene en su barriga toneladas de riesgo, de quema de naves, de viaje de ida, de nervios de torero ante la bestia, de órdago a grande... Por eso, cuando uno pacta con la persona de su vida un itinerario común, la fidelidad actúa como ese equilibrio invisible que orienta al ciclista en su pedaleo Y la infidelidad se convierte en una mina antipersona que tiene la cualidad de desfigurar todo lo que se le acerca. De ahí que el personaje de Julien Moore en Magnolia, la increíble película de Paul Thomas Anderson, se desespere ante la infidelidad cometida y le diga en un momento de la cinta a su amigo abogado: "¡Le he sido infiel a mi marido!", "bueno - contesta el amigo - eso no es delito en EEUU", y ella insiste, "¡no sabes lo que dices, le he sido infiel!". Por eso, dejemos a Cupido con sus escupideces, con sus flechitas de sobresalto y sus engañosos consejos, y echemos la red en el fondo del lago, donde esperan los peces grandes.