Número 37, febrero 2003

¿ALGUIEN COME PERDICES DESPUÉS DE LA PELÍCULA?

Oti Rodríguez Marchante

Sin duda, el amor es el sentimiento más complejo de cuantos atraviesan al ser humano. Tan complejo es que, por ejemplo, en el cine, es imposible encuadrarlo dentro de un género: tanto se da en la comedia como en el drama o en la tragedia; tanto en el cine policíaco como en el western; tanto en el musical como en el cine de tesis o aburrido. La complejidad y la variedad de los sentimientos amorosos han sido para el cine algo así como su libro de cocina: buscas la palabra patatas y te muestra cien formas de convertir en distinto lo igual. Es tan impredecible e incontrolable ese sentimiento que lo mismo se puede argumentar su constancia como su inconstancia: como es amor es constante, o como es amor es inconstante., de lo cual ha de deducirse que lo que es, en realidad, es informe, o amorfo. A pesar de ello, el cine ha podido atribuirle alguna forma, especialmente en esa confusión tan provechosa entre el concepto amor y su versión sexo. Alrededor de ello, se han fraguado diversas ideas y algunas frases. Me gustaría subrayar una que suscribiría casi todo el mundo: "El sexo sin amor constituye una experiencia vacía". Y otra más que podría suscribir Woody Allen: "Sí, pero tal y como están últimamente las experiencias vacías, es una de las mejores". Pero, las frases hechas nos dirán menos sobre esto que el cine: en cine son mucho mejores las películas de amor que las películas de sexo; entre otros motivos porque en las de sexo siempre te sabes el final, mientras que en las de amor, nunca. Miren Casablanca, él se queda a dos velas mientras que ella se larga con otro; miren Pretty woman, él se percata de que con todo su dinero no conseguirá ser feliz si no se va a por su Cenicienta y se la lleva en volandas. Y siendo ambas, películas con final feliz. Y he ahí otra de las complejidades del amor, o sus circunstancias: nunca se sabe cuál es su relación con la felicidad, y para demostrarlo, nada mejor que una retahíla sacada con alicates de una película del gran filósofo del asunto (otra vez Woody Allen): "Amar es sufrir. Para evitar el sufrimiento no hay que amar. Pero entonces se sufre por falta de amor. Por lo tanto, amar es sufrir y no amar es sufrir. Pero ser feliz es amar, luego ser feliz es sufrir; aunque sufrir hace infeliz, por lo que para ser infeliz hay que amar, o amar para sufrir, o sufrir de tanta felicidad, espero que tengas esto muy en cuenta" (palabras de un personaje de La última noche de Boris grushenko). Por lo demás, el amor es un sentimiento tan cuerdo como loco, y por eso alrededor de él se han hecho películas como Dos en la carretera, en la que Stanley Donen repasaba el catálogo de puntos a favor y de puntos de sutura de una larguísima relación de pareja (Audrey Hepburn y Albert Finney), y películas como La fiera de mi niña, donde el amor es un taponazo de champán en pleno ojo y donde ellos (Katharine Hepburn y Cary Grant) saltan y chisporrotean como en uno de esos anuncios absurdos de cava navideño. Y terminamos con una pregunta a lo Groucho: ¿dónde se besan mejor, dentro de la pantalla o en el patio de butacas?...