Número 37, febrero 2003

Acabo de ver una obra de teatro que me ha dejado un sabor agridulce. Se trata de Confesiones de mujeres de 30, protagonizada por Anabel Alonso, Cati Solivella y María Pujalte. Muy bien interpretada y con varios momentos de puesta en escena muy brillantes, la obra hace una reflexión sobre lo que pasa por la cabeza de las mujeres de treinta y... El resultado es bastante deprimente pues parece concluir que a las mujeres sólo nos interesa el sexo, el sexo y también el sexo. Esta es una imagen muy reduccionista, no sólo del sexo, sino de la vida, de la sociedad, del hombre y de la mujer.

Me sorprende esta visión tan parcial del mundo femenino, pero más me sorprende que una mujer haya escrito la obra (la guionista Yolanda García-Serrano). Se supone que ella debería conocer el universo femenino mejor que nadie. Sin embargo el texto nos muestra algo muy distinto. Mujeres preocupadas sólo por si mismas, actitudes egoístas, reacciones superficiales y tristeza, mucha tristeza... ¿De verdad está la gente tan amargada? ¿Las mujeres y los hombres somos tal y como nos pintan? ¿No hay alguna otra opción? Si he de ser sincera, no me sentí identificada con ninguna de las tres mujeres que pude ver en el escenario y, desde luego, no me considero ningún bicho raro.

No podemos obviar en nombre de un optimismo infantilón y ciego, que nos encontramos ante una sociedad llena de contradicciones. Una sociedad muy compleja donde no existe una visión exclusiva de las cosas. La realidad está llena de matices, y por eso es natural que el arte (pintura, teatro, cine) refleje esa perplejidad. También es lícito - incluso más inteligente - utilizar la clave del humor para reflejarlo. Pero se trivializa demasiado en cuestiones tan importantes como el amor, los hijos, el matrimonio, el sexo, la infidelidad. El arte no puede ser ajeno a la vida. Por eso cuando se tratan todos estos temas sin la debida reflexión, y sin ir a lo profundo y auténtico del ser humano, nos hacemos trampa a nosotros mismos. El resultado entonces es una realidad engañosa y alejada de los verdaderos sentimientos del hombre.

Hablando de cine, podemos encontramos unos cuantos ejemplos sobre esta trivialización. Nos encontramos entonces con personajes tan esperpénticos como los de Al otro lado de la cama, quienes no parecen sentir ningún remordimiento por las continuas infidelidades que van cometiendo a lo largo de toda la cinta. O historias de amor tan insustanciales como Lucía y el sexo en la que el director no sabe hablar de sexo, sólo mostrarlo. O guiones poco creíbles, desprovistos de veracidad como los de Deseo o El crimen del Padre Amaro. Las hay también tan llenas de pesimismo como Los lunes al sol. Películas disfrazadas de autenticidad como 800 balas o Hable con ella, no faltan tampoco.

Frente a esto, nos encontramos con la otra cara de la moneda. Solas, El Bola, Fugitivas, La curva de la felicidad, Cuando todo esté en orden o Poniente muestran personajes que saben hablar de amor, que aprenden a salir de sí mismos y darse al otro, que se toman en serio al hombre.

En España tenemos mucha gente con talento, no sólo delante de las cámaras sino también detrás. Ojalá todos ellos encuentren el camino para contarnos historias verdaderas, que nos lleven a seguir amando el cine, y que justifiquen esa denominación de origen: séptimo arte. En definitiva, películas que nos hablen más de Lucía y menos de sexo.

Eva Latonda