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Como tantos otros, Miguel Hermoso dio sus primeros pasos entre bambalinas y candilejas. La Universidad de Derecho de Granada fue la primera en tener el privilegio de verle actuar. Con el tiempo se marchó a Madrid a estudiar dirección en la Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid y a pesar de todos los pesares, consiguió ir abriéndose camino en el difícil mundo del cine. ¿Su escuela? Los cortometrajes y la publicidad ¡Ah La publicidad...! Bendito consumismo que da de comer a tantos. Su debut en el largo lo hizo a lo grande: Truhanes, Con Arturo Fernández y Paco Rabal de protagonistas. Luego llegó Marbella, loco veneno y Tango. Pero fue con Como un relámpago y con Fugitivas, cuando demostró su capacidad de hacerse preguntas serias, y de ofrecer al espectador un cine honesto y verdadero. Nos trae ahora La luz prodigiosa, lo que nos ha dado la oportunidad de poder hablar con él de la película, de la cultura y de la vida.
Miguel Hermoso.- Cuando me llamaron para rodar La luz prodigiosa, era consciente de que tenía que hacer frente a tres compromisos: el primero, enfrentarme a una historia bellísima, que enganchaba desde el principio, por lo que debía mantener esa belleza por encima de todo. El segundo compromiso era con la figura mítica que representaba Federico García Lorca. El tercero, creo que ni siquiera lo sabían los productores cuando me contrataron, es que soy andaluz y además de Granada. Esa vinculación me hizo conocer mejor los problemas que pudo haber tenido Lorca con esa ciudad. C.- Es cierto que haces referencias en varias ocasiones a la Ciudad de Granada. MH.- Cuando el personaje de José Luis Gómez, Silvio, dice en un momento de la película que "esta ciudad es muy carca" me refiero a algo que no es privativo de Granada, sino que es extensible a muchas provincias. Ciudades pequeñas que se encierran en sí mismas y que no saben reconocer sus propios valores aislando todo aquello que destaque. C.- Sí, es como si tuviéramos miedo a conocer cosas nuevas o de abrirnos culturalmente, ¿no? MH.- Efectivamente. Una de las cosas que la película plantea es que cabe la posibilidad de que un artista, un genio, conviva entre nosotros sin que nadie nos demos cuenta. De ello se desprende una pregunta, ¿hasta qué punto la sociedad está dejando de lado a la cultura? Estamos perdiendo sensibilidad para reconocer las cosas bellas. Cuando esto ocurre, cuando la cultura se aleja, nos apartamos del disfrute del arte.
MH.- Ninguno de hecho, y que conste que no lo digo en mal plan, no han mostrado ningún interés por el tema. Me llegaron en su día voces sobre cierto recelo en su entorno familiar. Pero estoy convencido de que cuando vean la película se van a quedar muy satisfechos con el resultado y se van a sentir muy agradecidos por cómo está tratado el personaje. En realidad me da más miedo la reacción de la ciudad de Granada que la de la familia. (Risas) C.- Me sorprende la elección de Nani Manfredi, un actor italiano bastante desconocido en España, para representar al viejo Lorca. ¿No es demasiado arriesgado? MH.- Tengo que decir que la elección fue difícil. Desde el principio sabía que tenía que encontrar a alguien muy especial para el papel de Galápago. No sólo tenía que tener más de 80 años, sino además mucha capacidad expresiva puesto que se pasa casi toda la película sin hablar, lo que dificultaba todavía más la búsqueda. Necesitaba además un actor que pudiera sentir el personaje, pero que también pudiera distanciarse de los acontecimientos históricos, por lo que en seguida pensé en un actor extranjero. Primero busqué entre los hispanos, luego me decanté por algún actor francés. Finalmente lo encontré en Italia. Tuve mucha suerte de conseguir a Nani, su físico era perfecto para el papel. Su forma de mirar, de moverse, todo encajaba a la perfección. |