Número 37, febrero 2003

La historia de la Humanidad ha sido pródiga en acontecimientos heroicos, en hechos espectaculares, en momentos estelares. Cualquiera de nosotros podría citar de memoria media docena de casos en los que el afán de superación de dificultades, el arrojo o el valor de una persona nos han resultado especialmente gratificantes. Actos de esa naturaleza evocan la grandeza de espíritu del ser humano y afirman sus virtudes. Hasta ahora, incluso, eran propuestos como modelo a seguir, como paradigma al que ceñirse.

Ciertamente, el muestrario de hazañas aparecía muchas veces ligado a esa vertiente humana tan sensible, y tan profunda, que es el amor. Quién no ha leído con fruición en años juveniles las historias de valerosos caballeros medievales que luchaban por conseguir el ideal amatorio de la doncella que adoraban; quién no recuerda el desvelo de los protagonistas de las novelas románticas para conservar los lazos del amor a pesar de las distancias; quién no se ha conmovido con la obra de Edmundo de Amicis o con los versos de Bécquer o con el poema Herman y Dorotea, de Goethe.

Hoy, por contra, los ideales que constituyeron el patrimonio de las generaciones pasadas o no existen o no atraen. Desde que la novelística del siglo XX propusiera la figura del "antihéroe" como alternativa al arquetipo del "héroe" clásico, parece que es antihistórico, prehistórico y anacrónico proponer comportamientos que planteen pautas de conducta basadas en la entrega, la generosidad, el esfuerzo, el amor... Todo lo más, se perfilan pseudo-héroes virtuales que se imponen por la fuerza de sus golpes o sus arrebatos de violencia.

Pero la naturaleza humana, preciado tesoro tocado por la fuerza del Espíritu, sigue siendo igual: hay héroes cotidianos, existe amor en sumo grado, aunque permanezcan en el más solitario anonimato.

Dice Chesterton (en el conjunto de ensayos recogidos bajo el título El amor o la fuerza del sino) que "el amor es la cosa más profunda de la vida; más profundo que la misma realidad". Y es así, sin duda. Ya podríamos hacer un relato pormenorizado de los estudios que se han dedicado al amor humano, desde Platón hasta los Ensayos sobre el amor de Ortega y Gasset, ya podríamos recopilar todas las páginas escritas por Freud y Fromm, intentando desmenuzar el eros que recubre la relación interpersonal, que siempre se escaparía el toque divino que anida en el corazón humano, la locura de amor que configura la relación más personal entre un hombre y una mujer.

Sin héroes de los que valerse en esta actual civilización que profana el más profundo sentido del amor, que lo trivializa hasta el extremo, que lo manipula hasta la naúsea, los verdaderos héroes de nuestro tiempo son esos cientos de miles de padres y madres de familia que, calladamente, educan a sus hijos en la aventura, difícil y excelsa a la vez, de ser personas.

Por la vocación de cada uno de nosotros, no todos somos padres o madres. Pero todos somos hijos. Y la familia es el núcleo duro del trabajo del amor, es el eje sobre el que pivota la esperanza de una sociedad.

No me resisto a citar de nuevo a Chesterton, quien se anticipó en su tiempo a muchos de los problemas que ahora vemos descarnadamente planteados en nuestros días. "Al entrar en la familia por el nacimiento", dice el autor inglés, "entramos de verdad en un mundo incalculable, en un mundo que tiene sus leyes propias y extrañas, en un mundo que podría muy bien continuar su curso sin nosotros, en un mundo que nos hemos fabricado nosotros. En otras palabras, cuando entramos en la familia entramos en un cuento de hadas".

Para Chesterton, que fue testigo en su época de algunas de las más grandes aventuras del ser humano en los terrenos científico y técnico, incluso en el campo de las exploraciones de zonas del globo que ofrecían un reto a los aventureros, la verdadera aventura es la familia. "Lo que mantiene a la vida como una aventura romántica y llena de ardorosas posibilidades es la existencia de estas grandes limitaciones que nos fuerzan a todos a hacer frente a cosas que no nos gustan o que no esperamos... De todas estas grandes limitaciones y estructuras que modelan y crean la poesía y la variedad de la vida, la familia es la más definitiva y la más importante".

En un horizonte yermo, árido; en una cultura reseca, agostada, sin agua; en un escenario mediático mediatizado por orwelianos intentos de convertir a los seres humanos en animales de estabulación, constituye un oasis de fuentes diáfanas y claras la experiencia tranquila de la vida familiar. Porque es vida auténtica, con sus problemas; porque es tranquila, con los sobresaltos propios de la aventura de madurar en el cariño; porque es vital en medio del muermo que nos atosiga.

Héroes de ahora. Amor de esta era y sin tiempo. Si echamos la vista atrás todos podremos rememorar el amor sin límite de una madre que cuida, hasta la extenuación, de sus pequeños o el esfuerzo de un padre por ofrecer a su familia lo más digno y lo más hermoso.

Si pudiéramos, como en El diablo cojuelo, levantar los tejados de los edificios de nuestras ciudades, veríamos en ellos escenas cotidianas de verdadero heroísmo, de auténtico amor: una esposa que juega con los más pequeños, un marido que recoge los cacharros tras la cena, unos hijos que se instalan en la seguridad de un hogar. Quizá podrían hablarnos todos ellos de sus dificultades para llegar a fin de mes, de la ausencia de apoyos en instancias oficiales, de algún drama escolar o de los miedos por el futuro de los niños.

Pero no encontraremos desesperanza ni desánimo, porque el fuego del hogar, alentado en la brasa de un chispazo de amor desprendido de Quien es Amor, alumbra toda la existencia.

Sin ningún ánimo de ofensa ante otras realidades, con total comprensión de la flaqueza humana, lo natural en el amor, y sin duda heroico en esta etapa, es el cariño de un hombre y una mujer con un hogar en el que vivir esa aventura apasionante. "Así como un hombre normal", escribe Chesterton, "desea una mujer, e hijos nacidos de una mujer, todo hombre normal desea una casa suya propia en la que ponerlos...; quiere un reino objetivo y visible; un horno en donde pueda cocinar el alimento que le guste, una puerta que pueda abrir a los amigos que escoja. Este es el apetito normal de los seres humanos".

García Márquez escribió un brillante libro, El amor en los tiempos del cólera, en donde retrata con su maestría habitual los amoríos de una serie de personajes. Lenguaje espléndido para describir episodios amorosos, pero estéril para comprender el amor verdadero con rostro humano. Sólo el apóstol Pablo lo ha descrito con palabras de vigencia eterna: "El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe; no es maleducado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca".

Texto: Pablo Domínguez