Número 37, febrero 2003

Juan José Lahuerta
Editorial Alianza

    En esta antología hay un casi-todo de lo que se dijo de Gaudí mientras el maestro anduvo por nuestra tierra. Una antología de gente que convivió con él, que le conoció, odió o veneró. Como toda obra que recoge un ramillete heterogéneo de voces, aquí hay de todo. En el 33, Dalí describió la Sagrada Familia como fenómeno del éxtasis, con esa definición onírica, particular y algo patológica que el artista de Figueras daba al éxtasis, experiencia en la que se juntaban el placer, la angustia, la aproximación, el deseo, etc. Más serena y profunda parece la colección de artículos de Joan Maragall aparecidos en El Diario de Barcelona a propósito de la obra de Gaudí a principios del nuevo siglo. Allí se hablaba de sus casas y templos como de poesía de la arquitectura. En un artículo aparecido el 20 de diciembre de 1900, el poeta catalán comprendía a aquel hombre que no quería ver concluida la Sagrada Familia, "¡qué serenidad ha de dar a un hombre - decía Maragall - un trabajo de esa naturaleza, qué desprecio del tiempo y de la muerte, qué anticipo de la eternidad! ¡El templo que no concluye, que está en formación perenne, que nunca acaba de cerrar su techo al cielo azul, ni sus paredes a los vientos!".

    Folch I Torres le hace un homenaje en el 26, hablando de él como del artista que se despojó de todo bien de orden material, como San Francisco de Asís. "Así como el pobre de Asís lanzó a su padre las ropas suntuosas de jovencito mundano, Gaudí se desvistió y quedó desnudo y libre, lanzando sus ropas y sus posibles bienes a la hoguera donde ardía la fosa del gran templo. Dormía a sus sombra, en un camastro precario, comía una hogaza de pan con miel. Cubría su desnudez con ropas cansadas del uso. Tal era la entrega efusiva que había hecho a Dios de todo lo que Dios da a los hombres". Y es verdad que la gente muchas veces lo confundía con un menesteroso y le daba limosna. Desde luego, una antología espléndida del maestro de la arquitectura comestible.

Rosa Corazón
Editorial Desclée De Brouwer

    El título de este trabajo sobre el amor, el matrimonio, los fracasos, etc., bien pudiera despistarnos y creernos que sólo hace hincapié en los desastres del amor, en la tragedia de la convivencia, en los corazones partíos. No, las páginas de Nulidades matrimoniales son un canto a la responsabilidad del amor, a tomarse el matrimonio, el vínculo matrimonial, como una decisión de persona a persona, con lo que ello implica de incondicionalidad. Decir "quiero casarme contigo" es decir "quiero compartir mi vida contigo", jamás un "quiero ver cómo nos va". Tiene razón Enrique Rojas en el prólogo cuando dice que amar es vivir en el otro, desde él y para él. En el fondo es jugársela, es decirse a la cara: "si lo nuestro fracasa, lo mío fracasa". Por eso, en todo matrimonio es esencial hacer que coincidan ese consentimiento externo que se dicen los novios en el momento de la fórmula, "yo... te quiero a ti... y me entrego a ti", con el consentimiento interno, que es donde radica la voluntad del contrayente, el querer que la cosa se mantenga con fidelidad e indisolublemente.

    Dice la autora, Rosa Corazón, que es abogada matrimonialista y que sabe un montonazo de causas de nulidad, infidelidades, parches afectivos, inmadureces y todo ese sopicaldo de pequeñas galletas de fuel que enturbian la mirada firme de los que se juegan la vida en el amor, que "el amor de los esposos es de tal naturaleza que necesita ser para siempre; es un amor que - si es verdadero - está pidiendo a gritos la indisolubilidad. Se trata de una entrega única y de un amor único, que es distinto del amor a los padres, a los hijos, a los amigos, a los seres más queridos". El lenguaje de la obra es clarito, la aportación de datos más que suficiente y los casos enormemente elocuentes.