
Yo creo que no se puede evitar, es de ese tipo de asuntos irrefrenables. En estos tiempos vivimos una manía, mal, fiebre, un capricho de la ultramodernidad, una aspiración insólita de novedad absoluta en cuanto a géneros literarios se refiere. Inventadas quedan la novela, la poesía (aunque decía Leopardi que todo se ha perfeccionado después de Homero excepto la poesía, porque aquel monstruo no tuvo parangón con el curso de la historia), el género capitular... Parece que con el siglo XX todo lo que literariamente se nos podía decir se nos dijo de mil formas diferentes. Pues no. Los autores contemporáneos intentan por todos los medios alcanzar la playa de la nueva expresión, y tiran de su talento para inventarse un género que ande a caballo entre el realismo, el diario literal y la ficción más extraterrestre. La cosa tuvo su brillo con Las esquinas del aire de Juan Manuel de Prada, un libro magnífico en el que el autor tira de la biografía de Ana Mª Martínez Sagi (aquella poetisa, sindicalista y magnífica periodista de los años 30) para interpolar la rigurosa memoria con brotes de fantasía. Hasta el punto de que el lector inadvertido no sepa dónde empieza la verdad vivida por la Sagi y la verdad inventada por de Prada.
El último premio Herralde de Novela recayó en Enrique Vila-Matas y El mal de Montano, uno de los incordios literarios más alucinantes de los últimos años. Digo incordio por la dificultad de una lectura tan cargadita de prurito cultural (casi habría hecho falta un índice temático y otro de autor) y porque todo lo bueno incordia, interroga, se hace cuesta arriba. El único inconveniente de esta novela-diario-cuaderno de investigación o como rayos queramos apellidar a este nuevo género literario, es la desesperación de su autor al investigar en su novela. Es como si quisiera hallar la redención de su propia vida en la obra literaria (él dice que necesita la literatura para sobrevivir) y, evidentemente, no lo consigue. Descuartiza en mil pedazos su novela, como el niño desguaza a la mariposa para encontrar su alma, pero no encuentra sosiego. Y este es el mal de Montano, el desasosiego, tan crudo como el de Pessoa.
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