Número 37, febrero 2003

El sábado 21 de diciembre falleció José Hierro, "el último de los poetas del siglo de oro de la poesía española", como ha sido bautizado en la prensa después de su muerte. Aquél día nos llenaba el corazón de alegría el pensar que también él ha tenido la fortuna de rozar la túnica de lo eterno y nosotros - su túnica - la fortuna de descubrir más quiénes somos, en la compañía y amistad de un hombre profundamente religioso.

La primera ocasión de encuentro fue con motivo de un Happening, el acontecimiento cultural de ámbito universitario organizado por la Asociación Atlántida de la que entonces formábamos parte. Pensando en invitarle preparamos una pequeña cena con él. La conversación fue verdaderamente intensa, tanto como su humanidad. Le hablamos apasionadamente de quiénes éramos, de lo que esperábamos su participación... y cuando la conversación estaba en su punto culminante él, con su profunda mirada socarrona, nos interrumpió y nos dijo señalando la comida intacta sobre la mesa: "y hablando del Infinito... ¿por qué no coméis morcilla?" Esa misma noche, cuando alguien le preguntó si creía que Dios existiese, confesó: "yo no sé si Dios existe, pero me gustaría", y se despidió de nosotros, no sin dedicarle un libro a quien se lo pidió: "para Pablo, otro buscador de lo trascendente".

La relación con él se vio de algún modo suspendida hasta que durante una audición de la Séptima de Beethoven guiada por Widmar, musicólogo amigo nuestro y amigo de Luigi Giussani (fundador de Comunión y Liberación), comprendí, quizás predispuesta por la desazón que me había producido la lectura de su poema Vida, la estima de Giussani por genios como Hierro o como Montale. Montale fue el hombre que intuyó en una bellísima poesía - como Hierro en su Vida - que la realidad no consiste por sí misma: "tal vez una mañana al volverme veré cumplirse el milagro: la nada a mis espaldas, el vacío tras de mí... como en una pantalla se colocarán de golpe árboles, casas, colinas, para el engaño habitual... y yo me iré silencioso entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto". Las cosas no consisten ¡pero existen! La experiencia de estos hombres es el umbral del descubrimiento de que las cosas están siendo hechas por Alguien, es la experiencia - según nos explicaba Widmar - del imaginario personaje protagonista de la Séptima de Beethoven. Fue entonces cuando también yo descubrí el secreto y la grandeza de Hierro e inicié una misteriosa pero profunda amistad con él y con su hija. A través de ella le hice llegar una carta en la que le hablé de Widmar, de Beethoven, de Montale... y claro está, de Giussani; y le regalé su libro El Sentido Religioso. Sólo algún tiempo después coincidí con él en una cena con otros poetas y cuando me identificó como aquella atrevida y excepcional remitente - en aquella cena tuve ocasión de comprobar que generalmente todos le alababan hasta la nausea, pero no abundaba quien le concediera un verdadero instante de simpatía de hombre a hombre - , aún algo bebido, me dijo con complicidad "así que eras tú... no he podido leer el libro, apenas puedo ya leer, pero te lo agradezco".

Más tarde en el tiempo, he descubierto su poesía más verdadera, gracias a la mirada de otro gran hombre profundamente cristiano. La descubrí en una selección de poesía y pintura de Hierro realizada por el también poeta y amigo Francisco Creis, con ocasión de su ochenta cumpleaños. Volví a sorprender, ahora en Creis, la mirada cristiana que sabe reconocer el hombre que grita al Misterio en la carne. Y me impactó, entre toda la poesía de Hierro, El muerto.

En la última y de algún modo trágica despedida que le brindaron en el tanatorio un grupo de amigos poetas, artistas, periodistas y otras personalidades, me impresionó - por injusta - la bandera que se hacía de Hierro como genial exponente de la estética y vacía cultura nihilista contemporánea. No en vano se sustituyó todo símbolo y oración por la simple declamación de Historia de muchachos (de El Libro de las alucinaciones) y Vida, seguidos de un minuto de silencio en honor del poeta. Silencio que resonó sin embargo por su significado al recordarle a Creis - quien escuchaba atento a mi lado, pues había acudido a despedir a Hierro aun estando en los últimos días de una enfermedad mortal - la gran intuición del amigo: "el que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría no podrá morir nunca". En el silencio rezamos juntos - Creis, yo y algún otro corazón que se sumó al escucharnos - un padrenuestro para que el hombre que conoció la alegría, que "tuvo su tibia hermosura en sus manos" la posea ya para siempre: a Aquel que es la Alegría y que estaba por nacer al día siguiente, el día de Navidad. La tragedia se convirtió en conmoción también para su familia, cuando saltando entre los periodistas pude hacerle llegar a su hija la poesía más verdadera de su padre, El muerto, junto a la intención de nuestra oración.

Nacido en abril de 1922 en Madrid. Finalizada la guerra civil, es encarcelado hasta 1944. Perteneció, junto con Ricardo Gullón, al grupo fundador de la revista santanderina Proel. En 1949 contrae matrimonio con María de los Ángeles Torres. En 1952 se traslada a Madrid con su mujer y sus hijos, Juan Ramón y Margarita. Comienza a trabajar en la Editora Nacional y dirige una tertulia poética en el Ateneo. Nacen sus otros dos hijos, María Ángeles y Joaquín. Durante treinta años ha impartido clases de Literatura en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Ha colaborado en numerosos diarios y revistas, ejerciendo además la crítica de arte en diversos medios de comunicación. Ha sido investido Doctor Honoris Causa por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo y por la Universidad de Turín. Ha cultivado también el dibujo y la pintura.

Ha recibido los más importantes premios literarios, entre ellos el Adonais, ha sido dos veces premio Nacional de Literatura, tres veces premio Nacional de la Crítica, ha recibido el premio Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Nacional de las Letras Españolas, el Iberoamericano de Poesía Reina Sofía, y el de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes.

Texto: Guiomar Ruiz López