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El sábado 21 de diciembre falleció José Hierro, "el último de los poetas del siglo de oro de la poesía española", como ha sido bautizado en la prensa después de su muerte. Aquél día nos llenaba el corazón de alegría el pensar que también él ha tenido la fortuna de rozar la túnica de lo eterno y nosotros - su túnica - la fortuna de descubrir más quiénes somos, en la compañía y amistad de un hombre profundamente religioso.
La relación con él se vio de algún modo suspendida hasta que durante una audición de la Séptima de Beethoven guiada por Widmar, musicólogo amigo nuestro y amigo de Luigi Giussani (fundador de Comunión y Liberación), comprendí, quizás predispuesta por la desazón que me había producido la lectura de su poema Vida, la estima de Giussani por genios como Hierro o como Montale. Montale fue el hombre que intuyó en una bellísima poesía - como Hierro en su Vida - que la realidad no consiste por sí misma: "tal vez una mañana al volverme veré cumplirse el milagro: la nada a mis espaldas, el vacío tras de mí... como en una pantalla se colocarán de golpe árboles, casas, colinas, para el engaño habitual... y yo me iré silencioso entre los hombres que no se vuelven, con mi secreto". Las cosas no consisten ¡pero existen! La experiencia de estos hombres es el umbral del descubrimiento de que las cosas están siendo hechas por Alguien, es la experiencia - según nos explicaba Widmar - del imaginario personaje protagonista de la Séptima de Beethoven. Fue entonces cuando también yo descubrí el secreto y la grandeza de Hierro e inicié una misteriosa pero profunda amistad con él y con su hija. A través de ella le hice llegar una carta en la que le hablé de Widmar, de Beethoven, de Montale... y claro está, de Giussani; y le regalé su libro El Sentido Religioso. Sólo algún tiempo después coincidí con él en una cena con otros poetas y cuando me identificó como aquella atrevida y excepcional remitente - en aquella cena tuve ocasión de comprobar que gener Más tarde en el tiempo, he descubierto su poesía más verdadera, gracias a la mirada de otro gran hombre profundamente cristiano. La descubrí en una selección de poesía y pintura de Hierro realizada por el también poeta y amigo Francisco Creis, con ocasión de su ochenta cumpleaños. Volví a sorprender, ahora en Creis, la mirada cristiana que sabe reconocer el hombre que grita al Misterio en la carne. Y me impactó, entre toda la poesía de Hierro, El muerto. En la última y de algún modo trágica despedida que le brindaron en el tanatorio un grupo de amigos poetas, artistas, periodistas y otras personalidades, me impresionó - por injusta - la bandera que se hacía de Hierro como genial exponente de la estética y vacía cultura nihilista contemporánea. No en vano se sustituyó todo símbolo y oración por la simple declamación de Historia de muchachos (de El Libro de las alucinaciones) y Vida, seguidos de un minuto de silencio en honor del poeta. Silencio que resonó sin embargo por su significado al recordarle a Creis - quien escuchaba atento a mi lado, pues había acudido a despedir a Hierro aun estando en los últimos días de una enfermedad mortal - la gran intuición del amigo: "el que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría no podrá morir nunca". En el silencio rezamos juntos - Creis, yo y algún otro corazón que se sumó al escucharnos - un padrenuestro para que el hombre que conoció la alegría, que "tuvo su tibia hermosura en sus manos" la posea ya para siempre: a Aquel que es la Alegría y que estaba por nacer al día siguiente, el día de Navidad. La tragedia se convirtió en conmoción también para su familia, cuando saltando entre los periodistas pude hacerle llegar a su hija la poesía más verdadera de su padre, El muerto, junto a la intención de nuestra oración. |
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Texto: Guiomar Ruiz López |
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