Número 37, febrero 2003

El caso es que todo lo recordaba entre nubes, envuelto en una espesa capa que no le dejaba distinguir los detalles, como si se tratara de un sueño. Más aún, como si recordara algo que jamás había vivido. Aquella sensación apenas duraba unos instantes y después pasaba, se esfumaba tan rápido como había llegado. A veces con un golpe de aire que traía el olor a naranja amarga de la que se usa para hacer mermelada, otras, el aroma a tierra mojada, pero en la mayoría de las ocasiones era algo tan imperceptible a sus sentidos que le pillaba con la guardia baja y detrás de cualquier esquina.

Es buena esa sensación, en la que todo lo que ocurre alrededor carece de sentido, y por un instante, tan sólo por un instante, el estómago se encoge y una corriente recorre el pecho hasta la cabeza, y los ojos se cierran para verlo todo mucho mejor. Era buena esa sensación que le trasladaba a un momento de su vida que era incapaz de ubicar en el tiempo y en el espacio y que sin embargo estaba seguro de haber vivido.

La luz era clara y cada mañana, al despertar ella estaba allí. Arropándole, con la mirada fija en sus ojos recién abiertos. Todo lo recordaba sin nitidez, pero era el recuerdo más vivo de los que su memoria coleccionaba. Al otro lado del cristal se veía un jardín en el que algunos chicos jugaban al rescate entre mujeres que venían del mercado de Olavide. La chica era morena, de ojos negros, con el pelo brillante y tirante hacia atrás, recogido en una enorme trenza que recorría toda su espalda. La memoria no le permitía identificar el lugar, pero los sonidos huecos de los pasos acercándose por el pasillo le producían un vacío en el estómago de la misma forma que si los estuviera escuchando en aquel mismo instante. La ausencia de la chica, aunque solamente fuera en su recuerdo, le proporcionaba la sensación de soledad que únicamente sabe reconocer un enamorado. Era extraño porque su primer amor llegó en el instituto y era rubia de ojos claros y nunca se sintió tan enamorado como de aquella imagen que carecía de rostro pero que de vez en cuando llegaba en forma de recuerdo.

Contaba el tiempo mirando el techo de color azul cielo sin apenas moverse, esperando el momento en que ella apareciera por la puerta, esperando ver la sonrisa de labios rojos y brillantes. Se sentía prisionero en una cárcel sin barrotes, sin saber el delito que había cometido, encerrado con otros a los que no veía y sin embargo notaba cerca de él. Madrid estaba lluvioso, y el agua hacía música al golpear el alféizar cubierto de cinc de la ventana. Es posible que si hubiera querido, habría salido por la puerta para mezclarse entre la gente, pero a lo mejor jamás hubiera vuelto a ver a la chica de pelo largo y ojos negros. Allí se sentía seguro, a salvo de volver a verla, como todos los días, a la hora de comer.

La última vez que aquel recuerdo le golpeó en la memoria paseaba con su mujer, agarrada muy fuerte a su brazo, como el que no quiere perder lo que más necesita. Carlos, su hijo, que no levantaba más de medio metro, cogía velocidad con su triciclo recién estrenado. Hacía frío, un frío tan seco que cortaba la cara. Llevaban varios minutos sin hablar porque habían llegado a ese punto en que una pareja no habla, cuando estar callado no resulta incomodo, cuando la mirada dice más que la boca y un abrazo lo dice todo. Carlos se parófrente al kiosco de la esquina entre Cardenal Cisneros y Eloy Gonzalo para ver una nueva colección de muñecos justo en el momento en que el sonido de una pequeña campana, aporreada al azar, más a modo de aviso que con la intención de crear música, lo detuvo todo en su memoria. El recuerdo llegó de nuevo sin avisar, avanzó unos pasos dejando atrás a su mujer y su hijo Carlos comprando el muñeco y el dominical.

Allí estaban las naranjas, como si el tiempo no hubiera pasado por ellas, nosotros nos hacemos mayores pero las naranjas siempre son iguales desde que somos niños. Al otro lado de la verja oxidada vio el jardín de sus recuerdos, que estaba viejo y descuidado mostrando las heridas del tiempo. En el centro, una estatua de San José invadida por el moho. Una mujer hizo sonar de nuevo la campana y todo cobró vida de nuevo. La chica de ojos negros entró en la habitación y sacó a aquel tipo de su cuna, lo envolvió en una mantilla blanca y lo llevó hasta la habitación donde su madre ya se había recuperado de uno de esos partos difíciles donde la vida casi cuesta la muerte. Así terminó su primera historia de amor. Ahora, por primera vez, logró verlo claro. Algunos no le creerían, pero él se sintió bien. Algunas cosas sobreviven a pesar de todo, pensó.

Los cristales de su antigua ventana estaban rajados, con aspecto de llevar mucho tiempo abandonados, lo mismo que le ocurría al viejo cartel que decía: "Hospital Homeopático". Un edificio levantado por suscripción popular en 1874 a expensas de la Sociedad Hahnemanniana.

Su mujer se acercó y le dijo:

-¿Qué miras?

-Sabes, aquí tuve yo mi primer amor.

-Que tonto eres - dijo ella después de mirar la fachada de aquel viejo hospital -. Siempre bromeando.

-Siempre, ya sabes.

Texto: José Cabanach