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Álvaro Gil Ruiz |
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Uno de los puntos que pasan más inadvertidos en el conflicto armado en Irak es el de la responsabilidad personal de aquellos que toman la iniciativa en la batalla. Vivimos tiempos en los que es fácil pasar inadvertido (el hooligan de los partidos de fútbol se mueve en la marea alta de la tribu, en el trabajo nadie da la cara frente a una injusticia que afecta al más débil, cuando zumba la litrona a nadie se le pone cara...) Y la guerra en Irak no podía ser menos, tiene nombres y apellidos, como nombre y apellidos tuvo aquél que realizó asiduos contactos con Sadam Hussein en los años ochenta para realizar con él intercambios y acuerdos nucleares de largo alcance. Aquel sujeto tenía cara y se llamaba Jacques Chirac. Hay que dejar bien claro que las guerras las hacen y las preparan las personas no las instituciones ni los gobiernos. En estos días me acuerdo de aquel peliculón que se llamaba Los juicios de Nuremberg de Stanley Kramer (bueno, en nuestro país se llamó Vencedores o vencidos). Finalizada la Segunda Guerra Mundial en la ciudad de Nuremberg se llevan a cabo los juicios contra jueces alemanes que han permitido las atrocidades nazis. Ante el tribunal presidido por el juez americano Dan Haywood, ofrecen su testimonio algunas víctimas directas o indirectas como Rudolf Petersen o Irene Hoffman. Todos los que pasan por el estrado tienen una justificación en los labios para que su culpa pase sobre ascuas, sin embargo, el juez americano les recuerda que el hombre es responsable de sus actos y que cualquier toma de decisión será apropiada o reprochable, pero nunca ausente de valor moral. ¿Y la paz? Pues otro tanto. La paz no es una cuestión de estructuras, de instituciones, de gobiernos, etc., sino de personas, por eso nosotros somos los responsables de que la paz se mueva a nuestro alrededor. Está claro que hay muchos poderosos que utilizan la mentira para justificar la guerra, porque no hablan de personas ni de decisiones humanas, sino de sistemas y órdenes económicos, intentando ocultar que al final siempre hay personas con nombres y apellidos que optan por la paz o por la guerra. Berta Mencía Guzmán |