Número 38, Marzo 2003

TORMENTO, ÉXTASIS Y PALABRA
César Vidal

A mi con lo del cine cristiano me pasa como con la literatura cristiana, la pintura cristiana o la música cristiana. Precisamente por lo que tiene de arte sublimado por el testimonio me siento obligado a pedirle que sea bueno y no meramente que transmita unos valores más o menos adecuados. Puesto que está al servicio del ideal más elevado, debería construirse también con los elementos y la hechura más elevados. En otras palabras, yo me quedo con Juan Sebastián Bach y siento un cierto repelús ante ciertas composiciones populares que acompañan a la liturgia. En este sentido, las modas y el paso del tiempo resultan devastadoras porque muestran las limitaciones de una obra. Permítaseme poner algunos ejemplos. A pesar de sus buenas intenciones y del impacto que pudieran tener en su momento hay producciones cinematográficas que a mi me producen grima. Por ejemplo, Nuestra Señora de Fátima, lejos de parecerme impregnada de bucolismo pastoril, me resulta sinceramente espantosa e incluso la última vez que contemplé Hermano sol, hermana luna tuve la sensación de que el Poverello quedaba opacado más que mostrado por la estética hippy de Zefirelli. Sin embargo, hay otras obras que aún me conmueven. La concentración de hechos y de palabras de La historia más grande jamás contada, por ejemplo, no deja de provocarme emoción mientras me pregunto cómo Max von Sydow, escandinavo y con dos metros de altura, logró ser un Jesús convincente. Sin embargo, mis preferencias descansan especialmente en dos películas. La primera es El tormento y el éxtasis, una superproducción basada en la dialéctica de ese papa mundano que fue Julio II y ese artista inigualable que fue Miguel Ángel. El amor, la belleza, Dios, la trascendencia aparecen conjugadas de manera tan extraordinaria en la cinta que confieso sin rubor que no puedo terminar de verla sin que me salten las lágrimas. La segunda -y preferida- es Ordet (La Palabra), una película que suele rivalizar siempre con Ciudadano Kane por el puesto de la mejor producción cinematográfica de la Historia. En Ordet se halla recogida a mi juicio buena parte de la esencia del cristianismo. Junto al descreimiento, la frialdad o el sectarismo que no pocas veces acompañan a la práctica de la religión, en Ordet aparecen también la predicación del Evangelio (en este caso repetido por un loco que se cree Jesús), la fe propia de los niños que es condición esencial para entrar en el Reino de los cielos, la desgracia que se ceba sobre la condición humana, la muerte y el amor de Dios manifestado en Cristo que, como diría San Pablo, sobrepasa todo entendimiento a pesar de que toca todo aquello que nos resulta familiar y cotidiano. No podría decir con exactitud cuantas veces he visto Ordet. Con seguridad, más de una docena. Sí puedo afirmar que cada vez que la he vuelto a paladear he hallado en cada uno de sus fotogramas una reflexión sólida y equilibrada de la existencia humana, de sus limitaciones y de la manera en que no sólo el mensaje sino sobre todo la presencia amorosa de Jesús puede transformar todo de una manera mucho más maravillosa que lo que nos es dado imaginar. No pretendo yo que si no se puede igualar Ordet no se haga cine cristiano pero sí creo que ése es el modelo si no deseamos caer en el adefesio edulcorado o en producciones a las que el paso del tiempo trata peor que las arrugas a las asiduas de los programas del corazón. En otras palabras, si vamos a hacer algo, hagámoslo bien.