Número 38, Marzo 2003

¡STEINER FOREVER!

George Steiner habla en uno de sus artículos de 1978 del cuadro del pintor Chardin (que vivió a finales del siglo XVIII) en el que aparece un joven, vestido con absoluta dignidad, leyendo un libro. La postura, la vestimenta, la inclinación de su cuerpo, todo invita a advertir que se trata de un auténtico ejercicio de veneración por la lectura, como si entre sus manos tuviera un tesoro imprevisto, un acontecimiento definitivo. En el mismo texto, Steiner hace una comparación entre aquella reverencia y la alocada disposición del lector contemporáneo hacia los textos. Aunque aquel artículo apareciera en los 70, desde luego no huele a naftalina y nos lo podemos aplicar de cabo a rabo. Hoy leer parece que forma parte de ese tipo de vida acelerada a la que hemos decidido sumarnos, y por eso leemos sin las referencias debidas, sin saber diferenciar la morralla de la excelencia. El crítico literario francés considera esencial que todo lector se mueva con un bolígrafo en la mano para anotar aquello que le suscita el texto, ya que toda lectura supone un encuentro, "participar de una reciprocidad responsable", embarcarse en un intercambio total. Entre las líneas de una obra literaria hay un compromiso de colaboración con el lector. Y es que la experiencia literaria es la experiencia de ser habitado, es la posibilidad de ser el anfitrión de una presencia real. Pero el hombre de nuestro siglo anda sin bolígrafo en la mano para hacer sus anotaciones al margen de los libros, quizá porque sus experiencias en la vida son tan pobres que éstas no pueden dialogar con los textos de los grandes autores. Hoy sabemos de la vida porque la sobrevivimos pero no nos enfrentamos a ella. Andamos descalzos sobre sus ascuas, deprisa, para no quemarnos. Siempre tenemos el agua al cuello y peleamos por mantenernos con vida después de una semana sembrada de exámenes, de un fin de semana vuelto del revés para olvidar la resaca lectiva y de un lunes que nos provoca los malos humores por la resaca a cuestas del fin de semana. Somos el protagonista de El proceso de Kafka que no sabe qué hace, quién le llama y por qué se dirigen a él. No podemos usar el bolígrafo de Steiner en el margen del papel porque el atropello de lo cotidiano nos impide hacernos todas las preguntas, por eso nos quedamos en blanco ante los libros.

Los auténticos enamorados y visionarios de las letras, como Charles Peguy, hablaban del enigma de la creación poética y artística como una aventura hacia el misterio, hacia el misterio de quiénes somos. No podemos acercarnos a un texto (aunque sea una novelucha de euro y medio) sin estar dispuestos a ser sacudidos por lo que allí pone. Y es que hay un parentesco entre la filosofía y la literatura. Un parentesco enorme. Porque ambos conducen al sentido de la vida, hacia el significado, desde posiciones distintas pero desde luego con una finalidad compartida. Además, más bonita que la filosofía es la voz de la literatura, porque su tono es anárquico, voraz, sin ese soniquete solemne de los tratados filosóficos, de la teoría política o de la lógica... Pero en ese tono callejero las obras literarias apuntan con el dedo a la verdad de las cosas. De ahí que los escritores carguen con la responsabilidad de no ser sólo forjadores de palabras sino decidores de verdad o, como dice Steiner, "agentes explícitamente morales, guardianes y maestros visibles de una humanidad confundida y en peligro". De ahí que sería pobre catalogar una pieza literaria exclusivamente por la capacidad imaginativa del autor, por el carrusel de su fantasía (Italo Calvino) o por cómo nos mueve de un lugar a otro, navegando en cientos de aventuras. No, volviendo a la cátedra de Steiner, "el escritor no es sólo un artífice y un ser con una capacidad imaginativa incomparable, sino el beneficiario, el que recibe mensajes y comunica a sus hombres-compañeros una visión elevada y articulada, religiosa, moral y filosófica y una crítica de la vida". De ahí que deberíamos ser lectores despiertos, ajenos a toda lectura superficial y tocar el manto a esa brizna de misterio del que nace toda experiencia artística.