Número 38, Marzo 2003

Los lunes al sol está siendo un fenómeno a todos los niveles. Público (éxito en taquilla), crítica (éxito en el Círculo de Escritores Cinematográficos) y profesionales (éxito en los Goya), parecen coincidir con las bondades del trabajo de Fernando León de Aranoa. El género en el que se incluye la cinta es el social. En los últimos tiempos ha habido una mayor aceptación de este tipo de películas. Son cintas, por lo general, independientes, de autor, y de bajo presupuesto, que se implican con alguna causa en particular o con algún país en concreto. Pero el cine social tiene una larga tradición a sus espaldas con un buen número de películas inolvidables.

El éxito de películas como The full Monty, Hombres armados, Tocando el viento o Solas, parece confirmar el hecho de que cada vez hay un mayor número de espectadores que eligen un cine más humano. Todas ellas comparten no sólo una misma impronta estética - fotografía realista, actores no siempre profesionales, diálogos muy trabajados - , sino una misma preocupación: el hombre. Sin embargo, se encuentran diferencias en cuanto a su forma de enfocarlo.

Unas se acercan al neorrealismo italiano. En este lugar tendríamos películas como Fugitivas, Nubes pasajeras, Billy Elliot o Estación Central de Brasil. La dura realidad no deja de lado la esperanza ni la capacidad de superación del hombre.

Otras se inclinan hacia el Free Cinema de Gran Bretaña. En este caso nos encontramos ante títulos como La vendedora de rosas, Smoking room o las recientemente estrenadas Ciudad de Dios y Un oso rojo. A diferencia de las primeras, y con la misma calidad artística y técnica, éstas se encuentran en un plano antropológicamente distinto. Son películas especialmente oscuras y pesimistas, que preconizan un futuro nada halagüeño. El hombre parece no tener salida alguna y la tristeza lo inunda todo. "Lo absolutamente trágico no sólo es insoportable para la sensibilidad humana, sino falso con la vida", decía el famoso crítico literario George Steiner. Así, películas como Los lunes al sol, magnífica sin duda alguna, no nos dejan plenamente satisfechos.

Para asimilar las diferencias entre una y otra corriente habría que acudir a los orígenes del cine social y a los primeros pasos de ambos estilos cinematográficos.

Si damos por válida la teoría de que el cine de corte social basa sus orígenes en el cine documental, se podría afirmar, sin miedo a la equivocación, que éste hunde sus raíces en los primeros pasos del invento de Lumiere, puesto que en un principio sólo se utilizaba para tomar imágenes que captaran la realidad circundante. Con el tiempo llegó la ficción, pero el documental siguió utilizándose, sobre todo en Rusia, con autores como Vertov, con su teoría sobre el "cine-ojo" (imágenes robadas de la realidad y traspasadas literalmente al fotograma) o Eisenstein, director que revolucionó el documental, al utilizarlo como un perfecto instrumento de propaganda bolchevique.

El neorrealismo surge en un momento histórico muy concreto: la Italia de la posguerra, que afronta una difícil situación económica y social. El neorrealismo se levanta así como una nueva opción frente al cine fascista, que había disfrazado la realidad, inventando una sociedad muy diferente de lo que verdaderamente estaba ocurriendo. A falta de recursos para realizar las películas, los directores rodaban en exteriores, en medio de la calle, a plena luz del día y con actores no profesionales. Los neorrealistas (Rosellini, Visconti, de Sica, Zavattini...) pretendían hacer un cine-crónica. Tragedias sociales, pero siempre con estructuras abiertas. Querían mostrar la realidad crudamente, pero era una realidad que no estaba exenta de belleza, precisamente por ser real. Sus preocupaciones giraban entorno al hombre y sus problemas. Con ello pretendían hacer pensar al espectador, sumirle, durante un rato, al menos, en una profunda reflexión. Surgen así películas tan magníficas como trágicas: El ladrón de bicicletas, Obsesión, Cuatro pasos por las nubes o Roma ciudad abierta...

Apoyándose en la Escuela Documental de John Grierson y en su antecesora, la Escuela de Brighton, los británicos Lindsey Anderson, Tony Richarson y Karel Reisz (éste último, de origen checoslovaco), crean el Free Cinema. Cofundadores de la revista Sequence, abogan por un cine comprometido, próximo a las realidades sociales. Un cine más personal y libre. Un cine crítico, alejado del conservadurismo y la pomposidad que dominaban, por aquel entonces, en la cinematografía inglesa. De manera que con su cámara de 16 milímetros al hombro, salieron a la calle a contar unas historias más verdaderas, de las que hasta entonces se estaban contando. Mamma don´t allow, El ingenuo salvaje o Sábado noche, domingo mañana, son algunos ejemplos. En ellas, mineros en paro, burgueses codiciosos, mujeres indefensas y críticas hacia el stablishment. Frente al neorrealismo italiano, el Free Cinema sí toma partido en las historias que cuenta, se posiciona ideológicamente, una ideología de corte siempre izquierdista. En la actualidad es Ken Loach, quien ha cogido el testigo directo de este tipo de cine con películas como Tierra y libertad, La canción de Carla o Sweet sixteen, todavía en cartelera.

Eva Latonda