Número 38, Marzo 2003

Estos versos fueron, a lo largo de la historia, un fecundo manantial del que bebieron numerosos poetas posteriores. En la tradición literaria española son ejemplos gloriosos el Marqués de Santillana, Garcilaso, Fray Luis de León, Cervantes o Lope de Vega. El íntimo deseo de recogerse sobre uno mismo y tratar de descubrir así las verdades fundamentales de la existencia ha sido, también, un lugar común del trabajo filosófico. Desde el délfico oráculo "conócete a ti mismo" hasta el principio cartesiano de "pienso, luego existo", una heterogénea corriente de pensamiento ha colocado en la reflexión personal, serena y tranquila, el eje sobre el que sustentar un proyecto vital.

Tal corriente ha permanecido activa, prácticamente, hasta nuestros días, cuando la aceleración histórica que todos experimentamos parece hacer ocioso cualquier recurso a la introspección, al silencio interior, sea por considerarlos estériles en sí mismos o por entenderlos innecesarios para conseguir los fines que se pretenden.

Estamos en una cultura del ruido. Estamos en una civilización que, por paradójico que parezca, no favorece ni la cercanía ni la comunicación personales y, por supuesto, no hace fácil el silencio o la meditación. En un mundo en el que la información fluye de modo instantáneo por esos canales que la globalización facilita, cada día se observa más - y la experiencia es fácilmente constatable - la lejanía ante el que camina a nuestro lado. Parece como si la gran mayoría estuviese únicamente afanada en la búsqueda del propio interés, ajena a las preocupaciones de los demás.

Cuando la vida se reduce sólo a ese sentido personal es ciertamente dificultoso encontrar un sentido a la vida.

El ruido que se instala en este modo de vivir es como el síntoma de una enfermedad social: el vacío de las existencias personales, que sólo encuentra atracción en el actuar, en el hacer, sin ánimo alguno de pararse a pensar en lo que se hace, en lo que se actúa.

Afortunadamente no siempre ocurre así. Cada día existe más conciencia de que es preciso recuperar ciertos hábitos de vida saludable para ordenar las existencias. Hay muchas personas que buscan, como Horacio, como Tibulo, una vida tranquila en el campo, lejos del bullicio ciudadano. Pero cabría preguntarse si ese aislamiento busca sólo el evadirse de las incomodidades urbanas o pretende ahondar en la búsqueda de la esencia de toda vida, porque no poseen igual naturaleza el reflexionar en soledad que el aislarse para no sentirse perturbado.

Los cristianos, como personas que están presentes en el mundo y que, sin embargo, peregrinan hacia la Casa del Padre, también experimentan ese doble impulso del actuar y del escaparse de lo que resulta desagradable.

Pero la genuina acción del cristiano y su obligado distanciamiento de los criterios de este mundo, poco tienen que ver con los deseos - loables, por otra parte - del aislamiento horaciano. El cristiano no actúa para sí, sino para la construcción del Reino de Dios y su justicia; el cristiano, para fortalecer su actuar, precisa de un tiempo de silencio y reflexión que no es aislamiento, sino introducción en la entraña de la comunión del Cuerpo Místico.

Para un cristiano son indisociables la actuación y la contemplación, el clásico "ora et labora" que resume como ningún otro lema el contenido profundo de la condición de creyentes.

Mantener la tensión de la fe en un mundo como el actual exige, a la vez, acción y oración, pero siendo conscientes de que el silencio de la meditación y la reflexión - ese inefable hablar amistosamente con Dios que nos indicaba Santa Teresa - es la condición indispensable para el actuar. Es una buena manera de evitar el riesgo de caer en la tentación del activismo, cuando imaginamos que de nuestro mero operar depende el éxito de las tareas apostólicas. La experiencia de los santos nos indica que si no hay un apoyo firme de silencio interior, de vivificante contemplación del misterio de salvación, cada cual a la medida de sus posibilidades, no habrá auténticas obras de fe.

Ese es el mensaje de la carta apostólica Novo Millennio Ineunte (un texto tan rico que deberíamos volver a él una y otra vez para alumbrar nuestra vocación particular y nuestra misión de cristianos en este siglo XXI), cuando afirma que "la oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con él, la primacia de la vida interior y de la santidad... Éste es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Cristo que pase por nosotros con toda su fuerza".

Decía San Juan de la Cruz en su Llama de Amor viva que "Dios es la luz y el objeto del alma; cuando esta no le alumbra, a oscuras está, aunque la vista tenga muy subida". Y en el Cántico Espiritual asegura que "en esta soledad que el alma tiene de todas las cosas, en que está sola con Dios, Él la guía y mueve y levanta a las cosas divinas"(...), "porque ésta es la propiedad de esta unión del alma con Dios en matrimonio espiritual, hacer Dios en ella y comunicársele por Sí solo, no ya por medio de ángeles ni por medio de la habilidad natural... Él a solas hace en ella. Y la causa es porque la halla a solas, como está dicho, y así no la quiere dar otra compañía, aprovechándola y fiándola de otro que de Sí solo".

Edith Stein muestra en el breve ensayo titulado Epifanía que el fundamento del cristiano "sigue siendo la vida interior; la formación del hombre va desde dentro hacia fuera. Cuanto más profundamente esté el alma unida a Dios, y cuanto más desinteresadamente se haya entregado a su gracia, tanto más fuerte será su influencia en la configuración de la iglesia". Y en la configuración del mundo, se podría añadir sin miedo a equivocarse.

El silencio del cristiano no es, con ser bastante, el silencio que busca Horacio en la vida rural apartada: es un silencio creativo que busca no el aislamiento un tanto egoísta del poeta latino, sino el ensancharse el corazón movido por la gracia del Espíritu para el aprovechamiento de los hermanos y el crecimiento personal.

Aunque la cita es algo extensa, bien merece la pena insistir en el pensamiento de Edith Stein sobre ese silencio cristiano: "Hoy vivimos en una época que necesita urgentemente de una renovación desde las fuentes escondidas de las almas íntimamente unidas a Dios. Hay mucha gente que tiene puestas sus últimas esperanzas en esas fuentes de la salvación. Esta es una amonestación muy seria: de cada una de nosotras se exige una entrega total al Señor que nos ha llamado, para que pueda ser renovada la faz de la tierra. En total confianza debemos abandonar nuestra alma a las inspiraciones del Espíritu Santo".

Es el camino del silencio orante, de la meditación reposada que cada uno puede hacer según sus propias posibilidades. Es el mejor antídoto contra el ruido de esta cultura que, de existir Ulises, no le dejaría sellar sus oídos a los cantos de sirena del vacío existencial.

Es el camino del silencio de Dios en el interior del corazón del hombre. El único camino que da sentido a la existencia personal y colectiva.

Texto: Pablo Domínguez