Número 38, Marzo 2003

Claudio Magris
Editorial Anagrama

    Quizá no sea lo mejorcito de su autor, pero merece la pena leer este centón de fragmentos (de una dureza a veces insoportable) en la que el autor de Danubio da rienda suelta a un dolor, el dolor de la muerte de su mujer, Marisa Maderi (de la que aquí hablamos en el número anterior de Calibán) y por la que sentía un inextinguible amor que interrumpió súbitamente la muerte. Es la historia de un pintor de principios de siglo que perdió la razón. Hay cientos de voces en estas páginas, la del director del manicomio, la de los amigos que acompañaron su vida triste y los gritos de todo pelaje que puntean la obra y que funcionan como los corifeos de las tragedias griegas, adornando con sus disonancias la ya disonante vida de Vitto Timmel, el pintor.

    La mujer de Timmel murió a los 4 años de su boda. El corazón de Timmel, como el de Magris cuando su mujer abandonó este mundo, se desguazó. "Desde aquel día - dice en el momento más duro de la obra - la vida es una manzana despedazada, cicatriz que arde, su mano, dulce y tierna y fresca, sanaba la herida, ahora es una herida que quema". Magris, sin embargo, sabe que dentro del mismo dolor hay haces de luz. "Cuando uno es exigente con la oscuridad - ha dicho con motivo de la presentación del libro en España - más pronto o más tarde descubrirá la luz". Por eso su dolor no es fruto de una ciega desesperación ante la vida sino la consecuencia de haber sabido amar. Así expresa Timmel (Magris) la belleza de su amor ante la enfermedad de su esposa, "ese dolor lo absolvía todo, autorizaba toda impotencia, fracaso, aridez, noble corazón de marido y padre lacerado". En La exposición tiene importancia lo pequeño, como los animales que pueblan el manicomo, "perros, gatos, pajarillos, cucarachas..." Nada es grande por su ampulosidad. Timmel, el enajenado, sólo tiene ojos para lo que parece más pobre , "también el abono contribuye humildemente al proyecto divino y al bien del hombre". No es una obra apta para todos los gustos pero huele a Magris por los cuatro costados.

Mia Couto
Editorial Punto de lectura

    EL AUTOR ES MOZAMBIQUEÑO Y SE LE conoce más en Lisboa que en Madrid. Por aquí han llegado poquitas de sus novelas. Tierra sonámbula es quizá uno de los relatos más sobrecogedores sobre conflictos armados, sobre las guerras fratricidas entre hermanos que comparten la misma sangre, la misma pobreza, las mismas aspiraciones, y cuya convivencia se ve ensombrecida por afanes paranoicos que les descoyuntan. Es una novela que se lee de una tacada sin necesidad de hacer grandes descansos. Couto nos habla del peregrinaje de un muchacho y un anciano durante la guerra civil en Mozambique. Por sus páginas se dan la mano las sombras de la violencia ("muere, mi niño. Es mejor morirse, enterradito, que quedarse aquí. Es que esta vida no da acceso a los niños") y los retazos de esperanza de los protagonistas ("Muidinga quería saber de la felicidad; los demás querían sabe de comida. Él buscaba bondad; los demás sólo querían saber cuánta ventaja podían sacar"). El mensaje de Couto no se queda en la explicación pormenorizada de la geografía del dolor sino que en boca de un hechicero de tribu lanza un alegato en favor de la recuperación de la verdadera humanidad cuando las pasiones violentas quedan disueltas. "Al final - dice el hechicero - quedará una mañana como ésta, llena de luz nueva. Y surgirán los dulces acordes de una canción, el recuerdo de una raíz profunda que no fueron capaces de arrancarnos. Y los supervivientes abrazarán la vida con el ingenuo entusiasmo de los enamorados. Todo eso se haría si llegásemos a ser capaces de desnudarnos de este tiempo que nos hizo animales. Dejad que muera el animal en que esta guerra nos convirtió". Es que no hay más que decir.