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Al otro lado de los cristales el frío seco del invierno en la Gran Vía hacía que todo el mundo fuera encogido sobre sus hombros y con las manos en los bolsillos, queriendo esconder las orejas tras las solapas de los abrigos. Probablemente en otros muchos lugares hiciera tanto frío, pero aquél me parecía el peor de todos, demasiado real para parecer cierto. Frente a mí se sentó una mujer. Algo me impulsó a levantar la vista de mi periódico cuando una bocanada de aire gélido inundó Chicote. Era de aquel tipo de mujeres a las que no puedes dejar de mirar, mujeres como el gas, capaces de llenar todo el espacio del que dispongan. Vestía abrigo de paño negro, bufanda negra, pantalón negro y suéter de lana con cuello de cisne también negro. Sin reloj, sin anillos, sin pulseras, sin nada que pudiera distraer la mirada, era como estar en otro tiempo en el mismo lugar y acabará de entrar Ava Gardner, con el pelo sobre los hombros y los labios pintados de color carmesí sensualidad. El camarero uniformado con una chaquetilla que había conocido días mejores, me sirvió el café y el croissant sin que yo pudiera apartar la vista de ella. Por partes, aquella mujer no tenía ningún rasgo de especial belleza, ni sus labios, ni sus ojos, ni su nariz habrían llamado mi atención, pero el conjunto de todas las partes hacía el mejor de los totales. El r Mi padre me contó que una noche Ava salió relativamente pronto de Chicote para estar descansada en el rodaje de la mañana siguiente. En la mesa se quedaron Charlton Heston, Samuel Bronston y varios compañeros de la película que estaban rodando en Colmenar Viejo, 55 días en Pekín. Estaba tan borracha y el local tan lleno de gente y humo que la costó un buen rato alcanzar la puerta, aunque no se dejó ayudar por nadie. Cuando el día empezaba a despertar, los camareros y los actores eran los últimos en abandonar la noche cuando vieron como Ava estaba, desde hacía horas, en el centro de la Gran Vía con su abrigo a modo de capote toreando sin pudor a los primeros coches de la mañana. El cine tiene esas cosas que los mortales no somos capaces de comprender, me dijo mi padre. No me imaginaba a la mujer de negro, con su té de hierbas y sus tostadas con mantequilla toreando en el centro de la calle, pero ahí estaba, en el mismo lugar donde años antes se sentaba Ava Gardner con su corte de admiradores noctámbulos. Probablemente también lo habrían hecho antes John Wayne, Orson Welles o Sofía Loren, porque Chicote era el lugar de las estrellas. Todos los actores que pasaban por un Madrid que nunca estuvo tan cerca de Hollywood, se acercaban a la Gran Vía para probar, aunque sólo fuera una vez, los cócteles que prepara Perico Chicote, un barman que se formó en el Ritz y en Palace hasta que abrió su propio local pocos meses antes de que estallara la Guerra Civil. Desde que sus primeros clientes fueran los corresponsales de guerra, incluyendo a Hemingway, que le enseñó a preparar el autentico daiquiri cubano, Perico Chicote se convirtió en el personaje clave de la vida en la Gran Vía. Si alguien necesitaba algo, podía acudir a Chicote, allí siempre había alguno que podía conseguirlo casi todo, si tenía dinero para pagarlo. Un pequeño mundo donde mi abuelo cambió los diamantes de sus gemelos por unos gramos de penicilina para que su mujer no muriera de apendicitis, años antes de que el doctor Fleming tomara el aperitivo sobre la misma barra. Pero lo que más me impresionaba de aquel solterón empedernido, que según cuentan jamás probó uno de sus cócteles y sólo se limitó a beber tinto con sifón, es que hubiera conocido a Ava Gardner. Y ahora Ava estaba tan cerca que podía tocarla. Los días dorados del cine americano pasaron de largo por Madrid sin crear industria, y nos dejaron con la miel en la boca gritando ¡Wellcome! ¡Wellcome to the Villar del Río! Chicote murió en 1977 pero antes guardó cada pequeño momento del bar en el reflejo de sus cocteleras y en el sabor de sus combinados, y ahora Ava había vuelto, después de tantos años y estaba frente a mí. Cuando me levanté de la mesa mi mirada se cruzó con la de aquella mujer, me acerqué para intentar sacarla una palabra y poder escuchar su voz, me habló en inglés y sentí estar en otro tiempo, en el mismo bar, con una estrella. |
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Texto: José Cabanach |