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LO VERDADERAMENTE HUMANO
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El burro de Joha es uno de los personajes más populares del folklore árabe que, según la tradición, se murió de hambre porque no sabía si comer cebada o sorgo. Así se pasó la vida, salivando como loco pero incapaz de tomar una decisión. Y de la misma forma andamos nosotros con esa escandalosa oferta de libros que se nos viene encima en jornadas de feria, ¿qué hacer?, ¿por dónde abrir brecha?, ¿nos quedamos con Pérez Reverte que parece que es el que funciona?, ¿apuntamos hacia la ultimísima literatura norteamericana y sus devastadores análisis sobre los rescoldos de unos EEUU en migajas?, ¿nos metemos en las letras alemanas, que arrojan aires de novedad en escritores que nacieron en la década de los 70?, ¿qué hacer?
A Calibán le interesan los libros verdaderamente humanos, los que huelen a carne y médula espinal, los que hablan de nuestras insatisfacciones, sinsabores e inquebrantables esperanzas, esas que todos compartimos. Y para eso no existe un género o país determinado que nos cuente más o menos verdades sobre el hombre. Rafael Alberti quiso distanciarse del popularismo de Lorca de los años 20 diciendo de sí mismo que se sentía un escritor noruego, con ello quería alejarse de la cosa localista y algo paleta del granadino. Fue un snobismo igualmente paleto, para qué nos vamos a engañar, ya que la condición humana nos la encontramos igual en un pueblo próximo a Oslo que más abajo de Despeñaperros. "Los fantasmas de la condición humana - dice Luis García Montero - vienen a ser siempre los mismos, hay una red de coincidencias que acercan los destinos de nuestras sociedades. El lector que cruza las capas de la nieve y llega a conocer la realidad del norte acaba dándose cuenta de que al final del viaje se encuentra con el sur". Y quizá el milagro de la literatura no radique en buscar o inventarnos cosas nuevas sino en dar vida a las cosas de siempre. G. K. Chesterton escribió Ortodoxia, un libro magnífico y a todas luces recomendabilísimo, en el que quiso poner por escrito las razones que le condujeron a la fe cristiana. Argumenta en su obra que siempre había soñado con escribir la historia de un piloto inglés que habiendo calculado mal su derrotero, volvió a descubrir nada menos que Inglaterra, bajo la impresión de que era una ignorada isla del Mar del Sur, es decir, volvió sobre sus pasos creyendo que había llegado muy lejos. "Yo soy ese hombre - dice Chesterton - que armado de todo su valor, descubrió un día lo que ya estaba descubierto hacía siglos". Y es que a veces el afán por buscar cosas nuevas, leer cosas nuevas, atiborrarnos de la más estricta novedad nos puede llevar hacia derroteros que no sirven, hacia trochas que terminan en campos yermos. Sin embargo, el que busca esa expresión calibeña de lo verdaderamente humano termina encontrando la verdad en todas las latitudes.
También en Moby Dick de Melville, esa novela de la que todo el mundo habla pero que nadie es capaz de leer ni tan siquiera en verano, se nos habla del afán desmedido por verlo todo que acaba por reconocer que sólo la verdad está allí donde se nos quiere, y eso suele estar en el punto de partida de nuestros viajes, allí donde se nos espera. "Ismael, en un momento dado, oye al capitán, el terrible, implacable y despiadado Ahab, lanzar la orden: ¡Caña a barlovento! ¡A dar la vuelta al mundo! Y entonces Ismael piensa: ¡La vuelta al mundo! Hay mucho en ese sonido que inspira sentimientos de orgullo, pero, ¿adónde lleva toda esa circunnavegación? Sólo a través de peligros innumerables, al mismo punto de donde partimos, donde los que dejamos atrás, a salvo, han estado todo el tiempo antes que nosotros".
Si queremos ir lejos en nuestras lecturas, si queremos ser como Alberti y fugarnos a Noruega para alejarnos del terruño localista, o si queremos ser el piloto de Chesterton, que pretende descubrir las playas perdidas de los mares del Sur, o como el capitán Ahab, que quiere dar la vuelta al mundo, no nos escapemos lejos y metamos la caña en las aguas de lo verdaderamente humano, allí donde navega todo hombre, el lugar donde podemos reconocernos.