Número 39, Abril 2003

Hace unos días, mi hermano viajó a Londres para pasar un fin de semana largo. Cuando regresó, traía bajo el brazo una vieja máquina de escribir de los años veinte, una preciosa Triumph de color negro brillante sin ñ y sin acento que pesaba algo más de quince kilos y con la que vino cargado desde Nothing Hill hasta Barajas. Cuando consiguió repararla, la colocó en su mesa junto al ordenador. Entre las dos máquinas apenas había unos centímetros de distancia y unos pocos años de diferencia entre ambas. Era el enfrentamiento entre lo útil y lo bello, lo cómodo y lo artístico. Prescindir de una de las dos cosas es una elección complicada cuando sobre la mesa existen las dos opciones, el problema viene cuando esa elección está impuesta y nuestro espíritu de comodidad se deja vencer, o convencer, por los medios que nos rodean.

Escribir un párrafo en la vieja Triumph es infinitamente más complicado que hacerlo en el ordenador, pero eso nos obliga a perder el contacto físico con el papel y dejamos de ser un poco dueños de lo que estamos escribiendo. Si a esas dudas se le añade el control de una sociedad sobre lo que pensamos, o debemos pensar, que facilita las decisiones hasta el extremo, hasta hacernos carecer de ellas, entonces tenemos Fahrenheit 451, o lo que es lo mismo 232.77 grados centígrados, la temperatura a la que arde el papel.

¿El comunismo utópico o el modo de vida americano? Los libros empujan a la reflexión y por lo tanto a la crítica, a la duda sobre las bondades del sistema, y eso crea un estado de infelicidad que se contrapone a una sociedad que supuestamente ha logrado el estado puro de la comodidad. Llegados a ese punto hay que impedir que los individuos lean para que prime el bien común.

François Truffaut dirigió esta película en 1966 y lejos de parecer ciencia-ficción cada vez está más cerca de la realidad. Los libros prohibidos han sido una constante a lo largo de historia, muchos han desaparecido en la hoguera y otros jamás llegaron a salir de la imprenta. La novela que escribió Ray Bradbury, en la que se basa la película, vio la luz por primera vez en la revista Playboy después de que ningún editor se atreviera a publicarla, en lo único que erró fue en la forma en la que el sistema se deshace de los libros y de los lectores, a base de quemarlos. Hoy es la imagen la que se encarga, de una forma mucho más sutil de apartar nuestra mirada de los libros. Poco a poco, al igual que ocurre en la película, el televisor cada vez es más grande y ocupa el lugar más importante de la casa, es más sencillo que a nuestros hijos sea Disney el que le cuente un cuento, que perder nosotros unos minutos en leérselo. En el Metro, ultimo reducto para la lectura, se han instalado pantallas gigantes que nos bombardean con imágenes que no hemos elegido ver sobre temas que, lo más probable, no nos interesen lo más mínimo. Queremos avanzar hacia lo interactivo cuando aún no se ha inventado nada más interactivo que un buen libro. Los extremos son malos, don Quijote, primer libro que arde en Fahrenheit 451, pierde la cordura por leer demasiado, ¿la perderemos nosotros por dejar de hacerlo?

Texto: José Cabanach