Número 39, Abril 2003

TÍTULO: Don Quijote de Orson Welles DIRECTOR: Orson Welles FILMOGRAFÍA DEL DIRECTOR (selección): Ciudadano Kane (1941), El cuarto mandamiento (1942), El extraño (1946), La dama de Shangahi (1948), Macbeth (1948), Otelo (1952), Mr Arkadin (1955), Sed de mal (1958), El proceso (1962) Campanadas a medianoche (1966), Una historia inmortal (1968), Fraude (1975) GUIÓN: Orson Welles, de la novela de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. AÑO: 1957-75, y con un montaje final del equipo de Jesús Franco en 1992 INTÉRPRETES: Francisco Reiguera (Don Quijote), Akim Tamiroff (Sancho Panza), Orson Welles (Orson Welles) SINOPSIS: Revisión del título clásico español Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes. El genial actor y cineasta hace un repaso no sólo del libro, sino de la condición humana y de las costumbres y gentes de la España de los años 60. Un viaje al interior de la Península como nunca antes nadie lo había hecho.

Cuando se afirma que Orson Welles era un genio, no se dice en balde. Era un adelantado a su tiempo, y como tal vivió y murió. Sufrió tanto la incomprensión como la idolatría, y ambas cosas pueden llegar a resultar muy desequilibrantes. El complicado rodaje de Don Quijote sirve de ejemplo de cómo debió ser su vida: tardó en rodarla alrededor de 18 años, aunque finalmente no consiguió ver la luz; encontró a su paso todo tipo de obstáculos: condiciones muy precarias de rodaje, continuas interrupciones por falta de presupuesto, proyectos que se intercalaban con el del ilustre hidalgo, numerosos traslados (Méjico, Roma, España), sin olvidar el tremendo accidente de uno de los protagonistas, Akim Tamiroff, que paralizó el trabajo durante muchos meses... Sin embargo, Welles volvía a la película cada vez que se malograba alguno de sus proyectos. Volcaba en ella toda su frustración y su necesidad de crear sin las ataduras de Hollywood. Parecía servirle de terapia "desengrasante". A la peculiaridad del rodaje se le une la singularidad del set, un equipo técnico mínimo que contaba con un cámara, un técnico de sonido, un maquinista y su ayudante, un eléctrico, un foquista, los actores y un equipo de vestuario sólo cuando fueran necesarios los extras. Welles poseía, además, una extraordinaria capacidad de improvisación: los planos y contraplanos, los diálogos, los cortes..., todo lo tenía el norteamericano en la cabeza sin necesidad de storyboard. Esto desconcertaba al equipo, que tenía que poner auténtica fe en las palabras del director.

Con los años, el cineasta Jesús Franco ha terminado de montar los metros de película que dejó el director y, aunque parezca imposible, la cinta conserva una unidad que hace de ella un documento muy interesante.

Pero no sólo es genial el director, sino también los modelos creados por Cervantes. Don Quijote es el mito, pero Sancho Panza es el gran personaje, dice Welles en un momento de la película. Son la representación viva de los vicios y las virtudes de todo un pueblo al que Orson Welles admira profundamente. Sus refranes, sus tradiciones, sus espectáculos, están recogidos y tamizados por un Quijote y un Sancho tan humanos como los del propio Cervantes. Es una joya.

Texto: Eva Latonda