Número 39, Abril 2003

Se llama en realidad Laura, aunque todos digamos Espido. La conocemos por el premio Planeta, por su gesto serio en las fotos, por sus libros y sus artículos. Es como el hada sensata y seria de Pinocho, dispuesta a dejar en nuestras manos un grillo de conciencia y una responsabilidad que asumir... hasta que no hagamos bien las cosas, seremos de madera y nos crecerá la nariz.

Calibán.- Entrevistar a una escritora impresiona más que entrevistar a un actor o a un cantante. ¿Por qué crees que ocurre esto?
Espido Freire.- Los actores o los cantantes, tienen más proyección social y te pueden impresionar por varios factores, su belleza, su fama, o por un trabajo que en ese momento no van a realizar frente a ti... Pero un escritor te está contestando con su arma, que es la palabra, y eso inquieta bastante. Hay gente que habla conmigo normalmente, y cuando se enteran de lo que hago, empiezan a pensar si estarán conjugando mal los verbos. Es ridículo, porque en realidad nada tiene que ver el uso literario del lenguaje con el uso coloquial.

C.- Tú no hablas como escribes.
EF.- Procuro ser precisa, pero sé cambiar el registro para las distintas situaciones. No es lo mismo hablar con tu madre con quien tienes ya unos registros establecidos, o con unos amigos con los que usas expresiones tontas... es una cuestión de inteligencia lingüística que todos poseemos.

C.- ¿Cuál ha sido tu formación?
EF.- Académicamente, soy licenciada en filología inglesa y tengo un master en Edición y Publicación de textos. Esto te instaura una serie de hábitos, pero a la hora de escribir sirve bastante poco. El resto se adquiere a base de lectura, y te da una sensibilidad y un ritmo determinado para la narrativa. Hay también otro tipo de estímulos, como el cine, o todo lo que conlleve contar una historia, como ahora mismo está haciendo la publicidad.

C.- Que, por cierto, te interesa bastante, ¿verdad?
EF.- Sí, porque en ellos se utiliza una técnica narrativa pura. Ha llegado un punto en el que hemos dado un paso más, los anuncios no necesitan ni si quiera una conclusión, eso es opcional.

C.- Me gustaría saber si recuerdas tan bien como yo, el primer libro que leíste.
EF.- Te puedo decir el primero que cogí en la biblioteca, porque a mí me los leían. Fue en la biblioteca de mi pueblo. Yo tenía cinco años y dos meses. Se llamaba Viajar y reír, y trataba de animalitos a los que les pasaban muchas cosas.

C.- ¿Quién te llevaba a la biblioteca con cinco años?
EF.- Mi hermana. Yo fui la socia más joven, creo. Parece que soy una mística, pero fue cuando descubrí un mundo que me salvó la infancia y parte de la juventud.

C.- A la que yo acudo, sólo tienen un libro tuyo.
EF.- Vale. Hay escritores que ni siquiera tienen la suerte de estar en una biblioteca pública. ¡Hay que relativizar un poco las cosas!

C.- Y con Harry Potter, ¿los niños de hoy serán mejores lectores?
EF.- Serán igual que los que en su día, leían Puck o Los cinco. Parece que hay una especie de previsión apocalíptica sobre qué va a ser de nuestra infancia que no lee. La infancia, ¿cuándo ha leído? Cuando iba al colegio, yo era la única que leía. Una de mis mejores amigas lo pasaba fatal cada vez que tenía que leer un libro. Hoy sigue pasándolo igual de mal y creo que sólo lee lo que publico.

C.- ¿Entonces, sigues viendo a tus amigas de la niñez?
EF.-. Algunas del colegio, algunas del instituto, y a muchas de la Universidad. De vez en cuando solemos hacer reuniones nostálgicas y lo pasamos genial.

C.- ¿Qué recuerdos tienes de Iodio?
EF.- Las monjas del Colegio. Nunca podré agradecerles bastante lo que hicieron por mí.

C.- ¡Huy! Qué políticamente incorrecto.
EF.- Es la verdad. Teníamos pocos profesores que no fueran religiosos, entre ellos la de literatura, que era fantástica. Pero las monjitas eran maravillosas. Muchas habían sido misioneras y tenían un concepto de la vida muy diferente. Me cuidaron mucho, porque yo en el colegio era la típica empollona... Ellas me enseñaron a ser independiente y a pensar que podía ser capaz de todo. Siempre que paso por allí, procuro ir a verlas.

C.- Por entonces, ¿ya escribías?
E.F.- Sí. Ganaba todos los premios... Pero cuando escribí Irlanda, ya fuera del colegio, lo presenté a un concurso en el que lo consideraron amoral. Dijeron que los valores que transmitía no eran buenos para los jóvenes

C.- Hablando de premios, ¿Qué me dices del Planeta?
EF.- Nunca pensé que podía ganar. Tenía 25 años y muy poco publicado, no creí que encajara en el perfil del ganador, me equivoqué.