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El problema del tiempo ha preocupado de diversas maneras a los filósofos, quienes, sobre todo desde San Agustín, han visto de una u otra forma la aporética que le es implícita. Como reconoce Ricoeur en un artículo titulado "El tiempo contado", la verdadera paradoja es que "a escala cósmica la duración de nuestras vidas es insignificante, y sin embargo ese breve lapso de tiempo en que aparecemos en la escena del mundo es el lugar mismo de donde sale toda cuestión importante". Toda esa cuestión importante es precisamente la del estatuto ontológico del hombre: ¿quién es el hombre? La pregunta por el ser del hombre, a diferencia de la que podemos hacer por el resto de los seres de la creación, no es la pregunta por un qué, sino por un quién, un quién que no se entiende más que viviendo en el tiempo (cosmológico), su tiempo (vivencia subjetiva). Pero si el tiempo condiciona y determina la vida del hombre, ¿cómo explicar entonces la entidad de lo humano sin apelar ya a una sustancialidad de estilo aristotélico, en la que la dimensión temporal del hombre no habría sido suficientemente considerada? Éste será el desafío de Ricoeur quién, utilizando la comprensión temporal que permite la narración (tiempo contado), aproximará una respuesta sobre el quién del hombre. Consciente de que la comprensión del hombre es inacabable, la "teoría de la narratividad" es un ensayo de respuesta al quién del hombre. La mediación del relato inaugura la comprensión del hombre a través de un tercer tiempo, el específicamente humano, en el que el hombre puede contar el quién de su ser a través de la narración de sus acciones. Especialmente en su libro Sí mismo como otro, el filósofo utiliza la "teoría narrativa" como instrumento de comprensión de la identidad personal. Ricoeur ve en la narrativa un potencial explicativo inmenso: "la literatura es un amplio laboratorio donde se ensayan estimaciones, valoraciones, juicio de aprobación o de condena"; a tal punto llega ese potencial, que le sirve al filósofo de propedéutica para la ética. Precisamente, la teoría narrativa es el eslabón que ayuda a Ricoeur a derivar el pensamiento sobre la acción del hombre hacia una teoría moral. La manera en la que engarza sus teorías sobre la acción y sobre la moral es una rica aportación para comprender el complejo entramado que hay entre el relato y la vida. Teniendo en cuenta que para Ricoeur la ficción literaria es clave para la aprehensión de la acción del hombre "se convierte en un problema muy arduo hacer que la literatura y la vida se reencuentren de nuevo mediante la lectura". Consciente de las dificultades de una unión ingenua entre ambas, considera, sin embargo, que todos los obstáculos que surgen en el acto de leer son salvables, y que no son capaces de dejar fuera de juego la aplicación de la ficción a la vida. Pese a las dificultades, tal vez gracias a ellas - parece querer decir el filósofo - la literatura puede todavía enseñarnos algo. Algunas diferencias notorias entre literatura y vida aparecen a simple vista. Nos distinguimos de los seres de ficción, en que nosotros no somos los autores de nuestra vida, no nos hemos llamado de la nada a la existencia (como llama un escritor a los personajes de su novela) pero podemos tener en ella la autoría del sentido. Tampoco los finales literarios tendrán nunca el dramatismo del final en la vida real, pero los relatos que la ficción ha hecho de la muerte pueden tener "la virtud de debilitar el aguijón de la angustia frente a la nada desconocida, dándole imaginariamente el contorno de tal o cual muerte, ejemplar por un motivo o por otro. De este modo, la ficción puede ayudar al aprendizaje del morir". Pero no es ésta la única enseñanza moral que la literatura nos ofrece, las relaciones entre narratividad y ética van, para Ricoeur, todavía más lejos. Aunque el filósofo reconoce que los juicios morales han de suspenderse para gozar con el destino de los personajes de ficción, no es menos cierto, que en el ámbito irreal de la ficción no dejamos de evaluar, de otro modo, acciones y personajes. "Las experiencias de pensamiento que realizamos en el gran laboratorio de lo imaginario son también exploraciones hechas en el gran laboratorio del bien y del mal (…) El juicio moral no es abolido, más bien es sometido a las variaciones imaginativas propias de la ficción". La profundidad de nuestra humanidad aflora muchas veces a través de la imaginación y la fantasía, por tanto, el relato puede ejercer una función de descubrimiento y transformación si el lector "refigura" e incorpora de alguna manera los contenidos de la lectura a su propia vida. El conocimiento del hombre podría asomar así, de alguna manera, como una "interpretación de sí" hecha en función del relato, conseguida a través de una mediación simbólica, ficticia. De un único relato puede surgir una amplia gama de "identificaciones", en virtud de la apropiación del personaje que haga cada lector. Para Ricoeur este ejercicio conlleva la conocida sentencia de Rimbaud, según la cual yo es otro. |
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Texto: Dora Rivas |
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