Número 39, Abril 2003

Antonio Blanch
Editorial PPC

Si nos hemos montado un monográfico-libros en este número especial de Calibán es como para no desaprovechar una recomendación de lujo en esta sección. Y no hemos tenido que escarbar mucho para ofrecer una recientísima novedad editorial que tiene la virtud del rigor y el atractivo de invitar al lector a revisar su disposición a la hora de ponerse delante de un libro. El espíritu de la letra está planteado como un conjunto de pequeños ensayos que funcionan a modo de claves de interpretación de los grandes autores de la literatura universal, Esquilo, Shakespeare, Calderón, Péguy, Rilke, Eliot... El título hace referencia a aquello que decía Paul Klee de que al arte "no le corresponde tanto reproducir miméticamente lo sensible, cuanto hacer visible más bien lo que normalmente no se percibe, esas otras presencias absolutas, como sería un amor eterno o una paz universal definitiva, a la que la humanidad doliente no dejará nunca de aspirar". Por eso, Antonio Blanch curiosea en el corazón de los grandes maestros para diseccionar sus intenciones ocultas, aquello que veladamente cuentan y aquello por lo que se afanan en ocultar.

Absolutamente magistral es el capítulo dedicado a Charles Baudelaire, el maestro de los malditos, el hijo del tedio, la droga, los excesos y el spleen. En una mirada superficial encontramos en el autor de Las flores del mal a un pobre tipo que se alimenta de frutos amargos y consagra su vida a escupir sobre el papel de los principios, los convencionalismos y las ortodoxias. Sin embargo, a Blanch le importa el conjunto de su obra y así, con más perspectiva, descubre a un hombre perseguido por el dolor de las elecciones equivocadas. El autor coincide en este punto con el comentario que Paul Claudel hiciera del poeta francés cuando afirmaba que Baudelaire "cantó la única palabra que el siglo XIX podía experimentar con sinceridad: el remordimiento". Un artista que buscaba con tanta ansia la belleza, el poder de las cosas bellas, las expresiones definitivas, no podía sentirse cómodo en el barro de una vida disuelta en humillantes desmadres. Él mismo en Mi corazón al desnudo, una de sus obras en prosa más significativas y que escribiría poco tiempo antes de su muerte, desvela a un ser humano que se interroga con desesperación si ya ha terminado su "fase de egoísmo" y se encuentra perseguido por la bondad de Dios, "el eterno confidente de mis tragedias". El espíritu de la letra es una obra para trabajársela concienzudamente, y para dejar sus páginas heridas por las anotaciones y los subrayados.

Dora Rivas