Número 39, Abril 2003

Luis Suárez Fernández
Editorial La Esfera de los libros

    A estas alturas no deberíamos caer en la tentación de tener que presentar a Luis Suárez, ya que es uno de los historiadores de más altura de nuestro país. Conoce nuestro terruño histórico palmo a palmo y no se ha metido en trabajos de poca monta, sino que ha trotado por los difíciles pedregales de la expulsión de los judíos, el reinado de Isabel la Católica, la República y la guerra civil. Ahora nos presenta su última obra, un documento exhaustivo sobre las luchas entre nobleza y monarquía en la España de los primeros albores de su construcción monárquica. Pero el asunto no va de pegar sustos con la imposición de datos históricos atropellados sino que Suárez presta atención a lo que yo consideraría su máximo acierto: la reinterpretación del estamento nobiliario. La lectura marxista de la historia nos ha querido hablar de la nobleza como de una clase estrictamente económica (por aquello de su obsesión por etiquetar cada proceso histórico con sus clases económicas: los de arriba, los de abajo, los que imponen las leyes, los proletas...) En cambio, el autor nos habla de que la nobleza era un estamento de referencia en el que no primaba la perra sino la virtud. "Su virtud máxima - nos dice Luis Suárez - era la lealtad, que se distingue de la fidelidad en que ésta sigue al señor sin preguntarse por la justicia de su causa mientras que aquella cuida precisamente de que el señor no cometa injusticia". De hecho, había nobles ricos, los que banqueteaban espléndidamente y los que andaban escasos de recursos para llegar a fin de mes. Lo que era su marca distintiva no era su fortuna sino su modo de vida.

    El libro aporta datos que nos hablan de la configuración de la conciencia de lo que hoy entendemos por España en momentos de conflicto, por ejemplo en 1378, cuando se inició el Cisma de Occidente y la cristiandad tenía dos Papas, Urbano VI y Clemente VII. Como era un asunto que afectaba a todos los españoles por igual, los cuatro reyes se pusieron de acuerdo para tomar la misma decisión. Lo mismo en el Concilio de Constanza, los cuatro reinos españoles participaron en el mismo formando parte de una sola nación. La obra es un librote de 400 páginas, pero tiene la facultad de no cansar al lector.

José Jiménez Lozano
Editorial Pre-Textos

    Muchos son los trabajos del flamante Premio Cervantes del 2002. Descubrimos la tira de ensayos en su historial literario y mucha tralla mística que parasita por sus obras. Y dentro de su corpus poético hay obras maestras, como Un fulgor tan breve y El tiempo de Eurídice. Pero siempre pasa lo mismo con las hijas pequeñas que, como vienen sin ser apenas notadas, corren el riesgo de no ser consideradas. Es el caso de Elegías menores, un material imborrable e inolvidable, una sorpresa tras otra de la que uno anda sediento en cada verso para descubrir un nuevo hechizo. No se puede decir mejor el contraste entre la belleza de la naturaleza y la acción deforme del hombre como en La Hoja, "La hoja nueva del pobo,/ tan tierna, verde, pegadiza/ como recién pintada. ¡Ten cuidado!/ Así fue el mundo un día,/ antes de ser ajado por los dedos/ de los hombres". O en Nevada, "El pañizuelo blanco resistía/ su comparación con el ampo de la nieve,/ pero el ánima/ siempre da en más oscuro, o en rojo,/ incluso recién lavada./ Es cosa de hombre". Ahí andan las manos de Lady Macbeth, manchadas del rojo de la ambición y del crimen. Lo mejor de Jiménez Lozano está en su capacidad para la reducción, para el solapamiento de la ampulosidad con el esquematismo más bello, la frase más acertada, la mínima expresión que todo lo dice. Ahí se prueban los grandes maestros, en la estilización de lo que podría decirse con todos los adjetivos del mundo. A Picasso le costó toda su vida llegar a expresar débilmente lo que las cosas decían a gritos.

    De nuevo hay que agradecer a Pre-textos su facultad por descubrir los mejor de lo mejor en esa selección de obras que apenas se mencionan pero que no pasan inadvertidas al ojo atento.