Número 39, Abril 2003

Dice Steiner, siempre atrevido a la vez que acertado en sus juicios, que la renovación de la novela en el siglo XIX proviene de los extremos de Occidente, es decir de Rusia y EEUU: "La historia de la literatura europea del siglo pasado suscita la imagen de una nebulosa muy dispersa. En sus extremos, la novela norteamericana y la rusa irradian un fulgor más intenso. A medida que nos movemos hacia fuera desde el centro (...) la materia de realismo se vuelve más tenue. Los maestros rusos y norteamericanos diríase que cobran algo de su furiosa intensidad de las tinieblas exteriores, del marchito material del folklore, el melodrama y la vida religiosa" (Steiner, G., Tolstói o Dostoievski, Madrid, 2002) Es notable la cordura de esta afirmación porque el agotamiento del Realismo y Naturalismo en la Europa decimonónica no podía mantenerse en esta tensión por reflejar una realidad que atendía prioritariamente los procesos físicos o las descripciones psicológicas simplificadoras, desatendiendo otros factores. Lo dirá de nuevo el crítico, páginas más adelante, cuando afirma que la novela pretendió reflejar la realidad y al final la realidad venció a la novela. Lo real venció a la novela, en el sentido que la creación literaria no podía creerse mensajera de la realidad, ateniéndose durante mucho tiempo, única y exclusivamente, a la descripción pseudo-científica de cualquier proceso, fuese éste de la naturaleza que fuese. De este modo, se constata la caducidad de una concepción así y, desde esta grieta, se anuncian los nuevos caminos de la narración que se abrirán paso desde la periferia de Occidente.

Uno de los autores que abre nuevas perspectivas narrativas a lo largo del siglo XIX es Nathaniel Hawthorne desde EEUU. Lo hará, fundamentalmente a través de sus relatos que como ya señaló Edgar Allan Poe son prodigiosos en su designio - armoniosos en la estructura - y únicos en el cumplimiento de uno de los requisitos fundamentales del buen relato, el efecto que deben producir en el ánimo del lector. Hawthorne logra en sus narraciones llegar a través de un proceso de planteamiento e intriga hacia un final que permanece en el ánimo del lector. Un efecto que se forma como una pregunta o como provocación y en cualquier caso siempre es el ofrecimiento de un trozo de vida imaginaria.

Además, en algunos de ellos, es claro el ejemplo del que nos ocupa La marca de nacimiento, se critica la mentalidad que sostuvo e hizo posible la dedicación y aceptación por parte del público lector de movimientos literarios como el Realismo y el Naturalismo. El tema del relato es la denuncia de una fe ciega en la razón y un optimismo en sus logros que impregnó todo el siglo XIX pero, además, es mucho más que eso, como iremos viendo. La marca de nacimiento (The Birthmark) se publicó junto a otros relatos en Musgos de la vieja granja (Mosses from an Old Manse) en 1846. Este relato, a mi modo de ver es uno de los mejores del autor, tanto por su estructura armoniosa y entretejida de intriga, como por su carácter profético ya que su final va más allá del contexto en el que nace. Es decir plantea un drama en la historia que, aunque acabado argumentalmente, se abre a un nuevo planteamiento estético y cultural.

La marca de nacimiento cuenta la historia de un extraordinario científico, Mr. Aylmer, que dedica todas sus energías y fatigas a los ensayos y experimentos científicos; sin descanso alguno, explota las nuevas y numerosas posibilidades que le ofrece la ciencia. Así, Mr. Aylmer se nos presenta afanado entre su laboratorio - con sus alambiques, probetas, elixires, y pócimas -, el horno - que ensucia sus manos y su rostro - y un aparato eléctrico de reciente invención. Su confianza en la naturaleza y en el dominio del hombre sobre ella es tal que su vida está consagrada a sus experimentos. En la ciencia hace descansar Mr. Aylmer sus deseos de satisfacción: "La parte superior del intelecto, la imaginación, el espíritu y hasta el corazón podían hallar todos alimento adecuado en esas empresas que, pensaban los devotos más fervientes, permitirían al filósofo subir uno a uno los escalones de la poderosa inteligencia, hasta poner la mano de la fuerza creadora y, tal vez, forjar nuevos mundos para sí mismo" (p. 125) Es decir, Aylmer centra su afecto e inteligencia en la ciencia. Incluso el amor por su mujer, Georgiana, a la que se describe como la más hermosa de las criaturas, sólo puede existir sometido a la pasión por la ciencia. Desde el principio nos lo advierte el narrador: "El amor por su joven esposa podría llegar a ser más fuerte, pero sólo si se enlazaba con el amor por la ciencia y unía a la propia fuerza la fuerza de este último". La confianza de Aylmer en el método científico es la forma de esperanza que sostiene su corazón.

Aylmer se casa con la hermosa Georgiana, pero pronto su único defecto, una marca de nacimiento, una diminuta mancha en la mejilla izquierda del rostro de su mujer comenzará a preocuparle, de la inquietud pasará a la agitación, pronto será repugnancia y repulsión, después empezará a ocupar obsesivamente sus pensamientos, se hace aterradora, abominable, desasosegante e incluso a conquistar el tiempo del descanso, a convertirse en pesadilla desasosegante. Lo adelantado por el narrador en las primeras frases del relato, es decir, la creencia en el poder salvador de la ciencia, se va mostrando en la historia: Mr. Aylmer decide, con el consentimiento de Georgiana, extirpar la marca del rostro de su mujer. Georgiana acepta y, así, se somete, a un encierro voluntario, en una sala cerrada a la luz natural, a los aires y gérmenes del exterior, a cualquier influencia externa. Vive durante un tiempo en una hermosa, pero al fin y al cabo, urna de cristal, alimentada sólo por las ambrosías y elixires que fabrica su esposo.

Mientras, Mr Aylmer es ardiente en su empeño y se compromete por completo en la tarea que está llevando a cabo, con la seguridad que saldrá victorioso. Ante él, el narrador dibuja la figura de Georgiana que actúa como contrapunto. No sólo porque sea la víctima del gran experimento de su marido: eliminar su única falla, sino porque va evolucionando de manera diversa, va cobrando conciencia de la monstruosidad que pretende su marido, en la medida que percibe en sí misma indicios de la locura de Aylmer. Indicios que son de diversa naturaleza. En primer lugar, un desasosiego interno y una serie de sensaciones físicas que nacen en la mancha y que no se detienen hasta el corazón. En segundo lugar, a través de la lectura del diario de Aylmer, descubre la dificultad del hombre, incluso del más sabio, para dominar la naturaleza, a la par que una verdad grandiosa, la desproporción estructural de Aylmer y con él, la de la naturaleza humana: "Georgiana, mientras leía, reverenciaba a Aylmer y lo amaba más profundamente que nunca, pero con una dependencia menos entera en su juicio. Aunque mucho había conseguido su marido, Georgiana no podía sino observar que los éxitos más espléndidos eran invariablemente fracasos comparados con el ideal al que Aylmer se destinaba. Los diamantes más relucientes resultaban meros guijarros, y así lo sentía él mismo, al lado de las inestimables piedras preciosas que se ocultaban fuera de su alcance. El volumen, lleno de los triunfos que ganaron fama para su autor, era el más melancólico de los registros que haya levantado nunca la mano de un mortal. Se leía la triste confesión y la demostración reiterada de las limitaciones del hombre y de su carácter mixto, del espíritu abrumado por la arcilla mientras trabaja en la materia, del desánimo que asalta (...) Todo hombre de genio, cualquiera que sea la esfera en que se desenvuelva, reconocerá tal vez en el diario de Aylmer una imagen de la propia experiencia" (p. 138)

Vemos tanto a través del final, que no revelo para animar a la lectura, como a través de esta descripción de la desproporción de Aylmer, empeñado en cuerpo y alma en la obtención de la justicia, hacer perfecta la belleza de su mujer, el desmoronarse del héroe decimonónico que se creía todopoderoso. La escritora Flannery O'Connor consideraba que el cuento era genial porque señalaba críticamente ese exasperante intento anti-realista: "Ocupados en reducir la imperfección humana, están también progresando en hacer desaparecer la esencia del bien". Este es el legado que la mentalidad del XIX dejó para el XX, un siglo, que rechazando el optimismo decimonónico, cayó en brazos del nihilismo, en este caso de un nihilismo literario. El nihilismo que comienza reflejándose en héroes derrotados, pasan a ser confusos y a percibirse divididos hasta nutrirse de ensoñaciones, miedos, tedios, como único horizonte. En el mejor de los casos muestran una nostalgia de bien.

Es cabal, así lo han hecho muchos, interpretar este cuento en la órbita puritana, es decir, como denuncia de una moralidad desencaminada. Incluso el traductor de la edición que manejamos, Luis Loayza, así lo hace: "Su visión estaba ensombrecida por la terrible doctrina calvinista de la predestinación. Este es el lado de Hawthorne que fascinaba a Melville, quien para elogiarlo habla del gran poder de la negrura, ese lado nocturno y casi demoníaco que existe también en el mismo Melville y en Poe, es decir, en los tres grandes fundadores de la narración norteamericana", (p. IV). Es cierto que es notable esta pertenencia religiosa que impregna las páginas de sus obras pero más valiosas son las perspectivas que abren. Probablemente mi interpretación, que por católica es ajena al puritanismo, me parece que plantea uno de los conflictos artísticos, literarios y, por lo tanto humanos de nuestro siglo; y a esto también apunta Loayza: "Hawthorne es un artista riguroso, por momentos, de una modernidad sorprendente". Me refiero a que el nihilismo del XX deja sin responder uno de los desafíos que el narrador se hace al final del relato: "La circunstancia momentánea fue demasiado fuerte para él; no fue capaz de mirar más allá del ámbito sombrío del Tiempo sin encontrar, viviendo desde ahora en la Eternidad, el Futuro perfecto en lo presente" (p.145). Es decir, la posibilidad de casar tiempo y eternidad, limitación y belleza perfecta.

"Lo primero que vieron sus ojos fue el horno, ese trabajador estuoso y afiebrado, y el intenso resplandor del fuego que, a juzgar por la cantidad de hollín acumulado, parecía arder desde hacía muchos años. Un mecanismo de destilería se hallaba en pleno funcionamiento. Por toda la sala se hallaban retortas, tubos, cilindros, crisoles y otros aparatos de investigación química. Una máquina eléctrica estaba lista para ser utilizada. El ambiente era opresivo, contaminado por los olores gaseosos creados entre tormentos por los procesos de la ciencia. La sencillez áspera y severa del recinto, de paredes desnudas y suelo de ladrillo, impresionó extrañamente a Georgiana, acostumbrada a la elegancia fantástica de su salón. Pero, más que todas esas cosas, lo que le sorprendió fue el aspecto del propio Aylmer.

Estaba pálido como la muerte, ansioso y concentrado, inclinándose sobre le horno como si de su máxima atención dependiera que el líquido destilado se convirtiese en una pócima de felicidad o de dolor eternos"

Texto: Guadalupe Arbona Abascal