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La historia, como ciencia explicativa de la actuación del hombre en un espacio-tiempo concreto, y la filosofía de la historia, como aproximación a las motivaciones profundas del actuar humano, se hallan íntimamente conectadas a la evolución de las civilizaciones en las que el ser humano desarrolla su quehacer como persona y construye sus respectivas sociedades para convivir con los demás. La evidencia empírica indica que en el transcurso de los siglos han existido civilizaciones que se han ido sucediendo unas a otras: unas, como la civilización sumeria, la babilónica, la egipcia, la helénica o la romana, han dejado de existir; otras, como la civilización china, la hindú, la occidental o la islámica, persisten en nuestros días. La civilización occidental - esa que reconocemos como la nuestra, por el legado heleno-romano y la savia judeo-cristiana - es la suma de muchas aportaciones, tanto de las civilizaciones que fueron su origen inmediato como de aquellas otras con las que entró en contacto a lo largo del tiempo. Lo mismo podría decirse de aquellas culturas que a los ojos de los occidentales son más lejanas: su actual configuración es el producto de su propio desarrollo y de los intercambios producidos a través de los siglos. No hay, sin embargo, una consideración unívoca sobre cuál sea la entraña íntima de una civilización y la historia así lo demuestra: en unos momentos han predominado unos postulados sociales o políticos; en otros, han primado sus opuestos. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en el viejo debate de nuestra civilización occidental sobre el origen de la sociedad o del régimen político. Muchos fueron quienes vieron ese origen en un pacto; otros lo inscribieron en la propia naturaleza humana. Así, cualquier consideración sobre la naturaleza de una civilización, de una cultura, debiera ser inseparable de una reflexión de carácter ético sobre los fundamentos en que se apoya y de un análisis de la relación existente entre "persona" y "autoridad". Así, la salvaguardia de la libertad de la persona, el respeto a la dignidad de su conciencia personal son como la piedra de toque de cualquier ordenamiento político y social, sea en el ámbito concreto de una nación sea en el marco genérico de una civilización. La imagen de la heroína Antígona en la tragedia de Sófocles ha devenido en paradigma de este delicado filo que defiende o trunca el valor intrínseco de la persona ante lo que se entiende por ejercicio de un poder arbitrario. Condenada a muerte por su tío Creonte, tirano de Tebas, por haber dado sepultura, en contra de su voluntad, a su hermano Polinices - muerto en un combate con su otro hermano, Eteocles -, Antígona expresa en los bellos versos de Sófocles su determinación de obedecer antes a su conciencia que a las leyes injustas. "¿Pues no ha dispuesto Creonte que, de nuestros dos hermanos, se le hagan a uno las honras fúnebres y se deje al otro insepulto?". Y, dirigiéndose a Creonte, reprochándole su decisión: "... No creí yo que tus decretos tuviesen fuerza para borrar e invalidar las leyes divinas, de manera que un mortal pudiese quebrantarlas. Pues no son de hoy ni de ayer, sino que siempre han estado en vigor y nadie sabe cuándo aparecieron... Así que para mí no es pena ninguna el alcanzar muerte violenta, pero lo sería si hubiese tolerado que quedara insepulto el cadáver de mi difunto hermano... Y si ahora te parece que soy necia por lo que he hecho, puedo decir que de necia soy acusada por un necio". La caída del Muro de Berlín en el año 1989 puso fin, simbólicamente, al sistema de poderes puesto en marcha después de la II Guerra Mundial. El fin de los regímenes comunistas del Este de Europa abrió la puerta a variadas interpretaciones sobre el futuro orden internacional. Si en un famoso libro, El fin de la Historia, Francis Fukuyama proclamaba que el desplome soviético significaba en la práctica el triunfo del capitalismo como único sistema político-social, otros investigadores, como Huntington, no dudan en afirmar que el mundo camina en la senda de un choque de civilizaciones. Para Fukuyama, "puede que estemos asistiendo... al final de la historia como tal: esto es, al punto final de la evolución ideológica del género humano y a la universalización de la democracia liberal occidental como forma de gobierno humano definitiva". Huntington, a su vez, plantea que existe un riesgo cierto, casi fatalista, de que el futuro de la humanidad se vea amenazado por un conflicto en el que las civilizaciones, según él las define, jueguen el papel que antes habían desempeñado los estados. "Es pura soberbia pensar", indica, "que porque el comunismo soviético se ha derrumbado, Occidente ha ganado el mundo para siempre y que los musulmanes, chinos e indios, entre otros, van a apresurarse a abrazar el liberalismo occidental como la única alternativa. La división de la humanidad efectuada por la guerra fría es agua pasada. Las divisiones más fundamentales de la humanidad, en función de la etnicidad, las religiones y las civilizaciones, permanecen y generan nuevos conflictos".
Parece evidente que en un mundo como el actual, a pesar de estar globalizado, pueden producirse situaciones de riesgo y generarse conflictos, al igual que ocurrió en el pasado. Pero convendría discernir si esos conflictos se producen, tal y como sostiene Huntington, por la pertenencia a distintas civilizaciones o si son, por el contrario, provocados por intereses contrapuestos, fruto muchas veces del deseo del más fuerte de imponerse al más débil. Presentar a las civilizaciones como el germen de los conflictos, presentes o posibles, es tratar de enmascarar, con la excusa de los distintos usos y costumbres, de las diferentes creencias, el juego de intereses políticos, económicos o geoestratégicos. Más injusto resulta, aún, inculpar a las religiones de los conflictos bélicos que se han desencadenado en el pasado reciente, pensamiento que trasluce, sin duda, la idea de que la creencia religiosa es una rémora para el progreso de la humanidad. Tan injusto, al menos, como utilizar una supuesta fe religiosa para protagonizar inhumanos actos de terrorismo, que únicamente provocan odio y resentimiento para realimentar la espiral de la violencia. En un orden internacional justo no hay lugar para el choque de civilizaciones, ni menos para aseverar que la religión provoca guerras o conflictos. Nadie podría hoy sostener que el enfrentamiento entre persas y helenos en Salamina o Maratón se debía a un conflicto religioso; nadie podría mantener que las campañas de Atila tenían motivaciones teológicas. Una ética de las relaciones internacionales, al igual que en cualquier sociedad nacional, ha de velar por la seguridad, por el mantenimiento de la paz, la libertad, la defensa de la dignidad del hombre, el pleno respeto a la vida humana, y asegurar la justicia y la solidaridad. Nunca, por contraposición, debería primar el ansia de imponer a los demás condiciones de modo de vida, criterios de actuación o estilos de conducta y, mucho menos, utilizando para ello métodos coercitivos. En este complejo panorama mundial, siempre habrá una Antígona dispuesta a dar testimonio de la certeza de un orden moral inscrito en la naturaleza humana, sin cuyo respeto se hace difícil construir una humanidad en la que convivan todas las civilizaciones. Esa voz es, por citar un caso de coherencia, la del pequeño estado vaticano cuando afirma que la ausencia de un ideal ético "no favorecería ciertamente el futuro de proyecto alguno de sociedad ni la concordia entre los pueblos, sino que pondría más bien en peligro los mismos fundamentos espirituales y culturales de la civilización". No es un proyecto de dominio, sino un programa de concordia. |
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Texto: Pablo Domínguez |