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Poco a poco la calle Atocha se iba despertando, con esa luz clara a borbotones que aún no calienta hasta abrasar las tejas, los muros y las gentes. Benavente se levantó tan temprano como lo había hecho siempre, se acarició la barba antes de coger sus eternos anteojos redondos de pasta negra, que siempre dejaba sobre la mesilla de noche. Después de ponerse una bata ligera para cubrir el pijama azul cielo, se dirigió al salón, donde ya le esperaban los primeros periódicos de la mañana cerca de su butaca favorita. Se dejó caer sobre ella, casi sin fuerzas y molesto por un desasosiego que le acompañaba desde que llegó el buen tiempo. - No tienes nada Jacinto, no estás enfermo- le decía continuamente el doctor Cifuentes-. Lo único que te ocurre es que tienes casi ochenta y ocho años. Empezó por la primera plana del ABC del 14 de julio de 1954 y terminó por la columna de su viejo amigo Azorín, el primero de todos los críticos que elogió la pluma del Nobel, diciendo de sus personajes "... me consuelan un poco y me dan la ilusión de que la vida no es tan vulgar como creemos". Continuó leyendo algunos diarios y revistas y lentamente el rumor de la ciudad y las campanas de la iglesia de San Sebastián, que estaba frente a sus balcones, le hicieron caer en un profundo sueño. El tiempo deja de existir y se imagina comprando medio pastel de crema en el viejo horno de la calle del Pozo, donde exhiben con orgullo una fotografía suya firmada hace años. Alguien pone la mano sobre su hombro y él despierta con una sonrisa de niño en los labios. Las gafas han caído sobre la punta de su nariz y no ve más que siluetas que se recortan a la luz del sol. - Lo siento, me he dormido, señores- dice mientras se incorpora educadamente y coloca las gafas en su sitio-. ¿Cuándo han llegado? No les oí entrar. - No hemos llegado truhán, has sido tú el que al fin lo has hecho. - ¿Cómo dice? - ¡Qué ya no te dolerán más los huesos!- contesta otra voz que viene desde el extremo de la habitación. - Morirse no es tan difícil como se cree, hace falta menos talento que para vivir con dignidad. -interrumpe otro - - ¿Quiénes son ustedes? - pregunta Benavente, que aún se piensa soñando. - Vecinos y colegas. Cicerones de maestros que no saben estar sin su pluma entre los dedos. - ¿Sueño?- se pregunta en voz alta don Jacinto. - No os engañéis. Ahora estáis más muerto que vivo. - No seáis bestia don Lope - Interrumpe Echegaray, que a pesar de llevar casi cuarenta años fuera de este mundo, conserva un aire aristocrático embutido en un abrigo de paño gris, sin sentir el rigor del verano. - Os cuento...- dice Quevedo mientras limpia sus gruesas gafas con un tapete que hay sobre el respaldo de una silla -... si no les he de molestar al resto de mis compañeros. - ¡No por Dios!- contesta con sorna Cervantes, que se encuentra cerca del balcón mirando la calle a través de los visillos-. Cualquiera interrumpe a un caballero de espada tan fácil y lengua tan afilada. - No es casualidad, y creer en ello es cosa de estúpidos o ignorantes- continua don Francisco-, que en lo que apenas ocupan diez manzanas de las de hoy hayamos nacido, vivido, amado o muerto las únicas letras de este país de iletrados. - Sin ofender don Francisco, sin ofender, que España ya no es lo que era- Interrumpe con firmeza Moratín. - No es lo que era, es lo que fue, y eso no debe olvidarse- continúa Quevedo con enfado por la interrupción, tocando el puño de su estoque-. Lo dicho, que más de trescientos años nos separan desde que nuestra madre nos pariera, y todos hemos ido a coincidir en el mismo barrio de este pueblo grande venido a más, que ahora se cree ciudad. Desconozco quien fue el primero. Cervantes dejó la vida el 23 de abril de 1616 en su casa de la calle Lope de Vega, ironías de la burocracia. Veintinueve años después lo hizo el mismísimo Lope en la misma calle, tras empacharse en una merienda en el Colegio de los Tudescos... - ¡Setenta y dos años tenía entonces! ¡ Y eso fue lo que me mató!- increpa ofendido Lope. - ¡Y el buche lleno como un pavo!- responde Quevedo sin inmutarse-. Cuántas veces os vi pasar de madrugada desde la ventana de mi alcoba, en la casa en que viví durante casi quince años, la cual, no distaba de la vuestra más de treinta pasos. - No me hagáis hablar- dice Lope-, que la misma distancia había de vuestra casa a la mía, que de la mía a la vuestra. - No es el caso, no es el caso- continúa don Francisco-. Más de cien años hubieron de pasar, hasta el 10 de marzo de 1760, para que el barrio diera un nuevo hijo a las letras, Leandro Fernández Moratín, en una plaza a no más de cien metros de mi calle, y que ahora lleva merecidamente su nombre. - Muy agradecido don Francisco- dice Leandro inclinando su cabeza cortésmente. - No hay por qué darlas muchacho, al rey lo que es del rey y a Dios lo que es de Dios. Continúo. En 1833 nació, prácticamente en la misma casa donde yo viví, José Echegaray, uno de los pocos españoles, junto con usted, don Jacinto, que han obtenido el premio Nobel de literatura. Premio que no es mejor que el de ser leído, no nos engañemos. Y por último, don Jacinto Benavente, usted, que vio la luz de este mundo el 12 de agosto de 1866 en el numero 26 de la calle León. - No es casualidad, puede ser destino, quién sabe, pero aquí estamos, para acompañarle a salir de esta comedia que no sabemos si es drama o es tragedia- concluye Moratín. - ¿ Y ahora?- pregunta Benavente. - Ahora viene lo más sencillo de todo- dice Cervantes-. A vivir lo escrito y a escribir lo vivido, que ya habrá quien lo lea. |
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Texto: José Cabanach |
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