Número 40, Mayo 2003

MÁS ALLÁ DE LA TELEVISIÓN
César Vidal

Pongámonos la venda antes de la herida. Creo en las enormes posibilidades de la televisión como instrumento de comunicación y educación. Hasta me atrevería a dar un paso más allá afirmando que en la actualidad resulta imprescindible y que si se desea llegar al gran público no hay más remedio que acudir a ella. Sin embargo, dicho esto, confieso que la televisión me resulta profundamente inquietante por sus efectos. Las razones para esa inquietud son, fundamentalmente, dos. La primera es la imposibilidad absoluta del medio para comunicar más allá de una manera enormemente limitada. De las ocho formas que pueden adoptar una proposición (el gato está, el gato no está...), la televisión sólo puede reflejar la primera y eso con dificultad. A esta limitación extraordinaria se une otra segunda característica que denominaré el "espíritu de la televisión" y que está teniendo, a mi juicio, unos efectos devastadores. Este espíritu se reduce a dos mandamientos: tengo derecho a que me entretengan (no a entretenerme, que es algo muy distinto) y tengo derecho a consumir. Personalmente, el que me entretengan de vez en cuando me parece legítimo y, por añadidura, estoy convencido de que sin consumir es imposible vivir siquiera porque hay que comer todos los días. Sin embargo, reducir la existencia - como lo hace la televisión - a un entretenimiento recibido pasivamente y a que me recuerden lo feliz que voy a ser con determinado champú o con cierta marca de automóviles se me antoja uno de los peores procesos de deshumanización a los que ha sido sometida la sociedad civilizada desde el inicio de su existencia. Precisamente porque esos riesgos no me parecen baladíes y además están teniendo un efecto terrible sobre nuestra sociedad me parece indispensable ir más allá de la televisión. Creo que esa acción puede seguir dos caminos. El primero es mejorando el contenido de la televisión precisamente en una época en que todas las cadenas parecen apostar por empeorarlo hasta extremos que resultan ridículos o perversos. El segundo es recordar, aunque parezca una obviedad, que existe un mundo más allá de la pantalla pequeña. Es un mundo donde hay libros y una vida familiar y museos e iglesias y amigos y conversaciones y paladear un té y jugar. O comenzamos a caminar en ambas direcciones - mejorando la televisión y, a la vez, apartándonos prudentemente de ella - o estamos condenados a ver en torno nuestro a una sociedad cada vez más embrutecida y dispuesta a creerse acríticamente lo que sobre ella vomite la caja tonta.