Número 40, Mayo 2003

¿LIBROS PROFÉTICOS?

Está claro que hay libros que marcan todo un itinerario histórico. Me refiero al caso del ensayo político, no a la novelucha de temporada. Se pone de moda un libro, se vende como churros y la huella de sus trazos anda en boca de todos, por lo menos un lustro. "El fin de la historia" fue un artículo de principios de los 90 escrito por el norteamericano Francis Fukuyama que, por el éxito fulgurante que tuvo, pareció encandilarlo, de ahí que se pusiera inmediatamente a trabajar en la redacción de un libro que ampliara las ideas contenidas en aquel brevísimo trabajo. Así nació "El fin de la historia y el último hombre", un despiadado análisis sobre el futuro de la humanidad en el que la relación entre los países sólo se sostendrá, en boca de Fukuyama, por las perras. "En el mundo poshistórico - así de pedante se pone - el eje principal de interacción entre los Estados será económico y en él perderán cada vez más importancia las viejas reglas de la política de poder". Según su negra profecía, en un futuro próximo habrá todavía una serie de países que se debatan en conflictos religiosos, nacionales o ideológicos (los no-democráticos) pero serán historias espurias, la nata de la leche caliente que hay que arrojar a la basura para que no te estropee el desayuno. Además, las relaciones entre estos países "primitivos" y los "demócratas pos-históricos" será de desconfianza y pavor (¡buf!).

Luego nos vino Samuel P. Huntington con "El choque de civilizaciones", sobre el 96, y dio un paso más allá de Fukuyama en el que advertía de los peligrosísimos choques que surgirán de la interacción entre la arrogancia occidental y la intolerancia islámica. Y esto es así porque los EEUU creen que los pueblos no occidentales deben comprometerse con todos y cada uno de los "elementos occidentales", sin exclusión de ninguno, desde la necesidad de la salvaguarda de los derechos humanos (tan urgente y absolutamente imprescindible) hasta ese subproducto occidental que es el individualismo capitalista. Va todo en el mismo saco. Por eso, los países del Islam se ponen de uñas y no saben diferenciar entre lo que pertenece al patrimonio de la humanidad y lo que es "arrogancia yanqui". Un ejemplo de esto lo hemos tenido recientemente en la guerra de Irak. Cuando los irakíes hicieron prisioneros a un puñado de marines norteamericanos, muchos ideólogos de Bush hablaron de la necesidad de respetar los puntos básicos de la Convención de Ginebra para salvaguardar la integridad de los detenidos. La respuesta de los irakíes no se hizo esperar: "nosotros tenemos nuestras propias leyes cuyo origen es muy anterior a las vuestras. Cuando los antepasados de Bush todavía andaban desnudos por la selva, nosotros ya disfrutábamos de una legislación propia". Y es que así no se puede dialogar. Cuando hay intereses de poder, conflicto y dominación las partes no se entienden.

Ahora nos viene Robert Kagan con "Poder y debilidad", un ensayo breve que está dando de qué hablar en todos los foros mediáticos de nuestro país. La idea del autor es que, a pesar de la fisura en Europa por la postura franco-germana en el conflicto irakí, los países del viejo continente no pueden prescindir de los EEUU a la hora de afrontar nuevas políticas. Hay que favorecer las relaciones transatlánticas porque si Europa es el continente de los grandes valores, EEUU es el país más eficaz en cuanto a presencia política. Pero las relaciones de poder siguen siendo las protagonistas en este círculo vicioso de libros proféticos.

Juan Pablo II dijo no a la guerra sencillamente porque el mapa geoestratégico de la Iglesia Católica se mueve según otras coordenadas. El Papa ha mantenido encuentros personales con líderes de otras religiones no para realizar pactos interesados o pactos de conveniencia (que si ahora te regalo uranio empobrecido, que si ahora te presto unas armas para tus batallitas...) sino con el interés serio de llegar a un entendimiento mutuo y a acuerdos en los que los derechos humanos y la apertura a la trascendencia marquen siempre el "approaching trend" (para que a uno le citen, como a Fukuyama, uno tiene que soltar algo pedante). Por eso, el Papa no se ha cansado de gritar con su voz de anciano que la paz es un camino largo y sólo se consigue cuando las partes se toman en serio la búsqueda de la verdad. Y no son las palabras de un abuelo al que hay que aceptar sus discursos fósiles. Ya el 2 de octubre de 1979, al año mismo de su pontificado, pronunció un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en el que dijo que la paz era el fruto de un compromiso moral con la libertad humana y que la paz no podía separarse de los derechos humanos. Así sí que se puede profetizar.