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Si el cine fuera una ventana por la que ver los sueños del hombre, la televisión sería una ventana por la que mirar su mundo, o mejor, su radiografía. La televisión es un chasquido de dos dedos, o sea, un ya, mientras que el cine sería una reposada caricia, un suave frotar a la lámpara y a esperar a ver qué sale. La inmediatez de la televisión es su mejor virtud, aunque también puede ser su mayor defecto: hay directos que deberían ser directos a la basura (en el caso de Sardá y compañía, también podría ser directos al mentón, porque nada hay tan empapado de cochambre como su directo y compañía). De todos modos, ¡es tan fácil hablar mal de la televisión!... Nos pasamos la vida con ella y contra ella.
Pero, si bien la televisión una vez encendida se suele confundir con el inodoro, hay momentos o épocas en las que se dignifica, engrandece y se convierte en nuestros ojos y en nuestra conciencia: nunca había estado el hombre en su salón tan cerca del avispero como en esa guerra de Irak que nos ha servido en trágica bandeja la televisión; tan cerca, que se nos han quemado los párpados y la sangre; tan cerca, que nos hemos abrazado a ella, la televisión, y le hemos suplicado que se apagara, que volviera a sus chorradas y a sus vomitivos protagonistas de antes..., cualquier cosa menos esa exhibición de brutal realidad. Desgraciadamente, hemos descubierto que la televisión sangraba y que en el otro lado de ella había alguien en carne mortal que sujetaba la cámara. Y, de paso, también le hemos descubierto una evidente y potentísima cualidad: la televisión es una gran levantadora de ampollas. Apunta al horror y levanta tantas ampollas que todos queremos que desaparezca ese horror. Son sus imágenes las que espolean la conciencia de la gente. Luego, pidamos más cámaras. Más cámaras contra el hambre. Más cámaras contra el abuso. Más cámaras contra los dictadores. Cámaras contra Fidel Castro. Cámaras contra la barbarie en África. Más cámaras contra los violentos. Cámaras contra etarras, contra amigos de etarras, contra los potentes, los bestias y contra los que alimentan los odios. Cámaras bien claras, nada de cámaras oscuras. |