Número 40, Mayo 2003

Al pensar en el tema de este artículo recordé la frase que oí una vez a un amigo y que me impactó profundamente: "matar el tiempo es herir la eternidad". Hay muchas maneras en las que consciente o inconscientemente se intenta "matar" el tiempo; pero el tiempo sigue su inexorable curso, y los hombres en él. La libertad permite que se pueda vivir el tiempo en plenitud o que se pase por él como las maletas en la cinta de equipaje de un aeropuerto, sin tener la más mínima idea de lo que está sucediendo. Tampoco se puede "perder el tiempo", una vez más puede el ser humano perderse malgastando el tiempo, pero ni un solo instante del tiempo se perderá nunca.

De todas las formas posibles en las que se puede malgastar el tiempo, el aburrimiento es una de las más abominables. El aburrimiento es un lujo que los hombres no se pueden permitir. El trabajo en este mundo no permite tomar al holgazán por modelo, porque él es capaz de repanchigarse en un sillón, mientras las cosas por hacer se acumulan a su lado.

"El aburrimiento es la suprema expresión de la indiferencia", la frase es de Ricardo León, y yo creo que da en la diana. La indiferencia es la actitud propia del holgazán, desinteresado por todo excepto por sí mismo. En el indiferente siempre hay defecto de amor hacia lo que le rodea y exceso de amor a sí mismo. Pero el egoísmo funciona siempre como una lente que deforma la realidad, de modo que una vez que se ha apoderado de su víctima, a ésta le resultará muy difícil ver el atractivo que tienen las cosas y que antes las hacían sugerentes. Rota esta tensión en la que las cosas reclaman al sujeto, perdido en el hombre el atractivo por lo que le rodea, instalado el desamor y la desafección hacia todo lo que no sea uno mismo, surge el aburrimiento. El aburrimiento conduce irremisiblemente a quien lo padece a un malestar consigo mismo del que nace la depresión y la tristeza más injustificada.

En un artículo sobre este tema, el profesor Rafael Alvira dice que "el melancólico y el aburrido toman la pura apariencia, no se atreven con el peso de lo real, porque tienen mucho sentimiento, pero les falta amor". Hay una gran diferencia entre la emoción pasajera que producen las cosas consideradas en su superficialidad, y el amor que conduce al compromiso cuando son miradas en su hondura. Por eso el aburrimiento a veces tarda un poco en aparecer, no surge en la desafección hacia las cosas sino en la decepción que producen cuando no son tal como se las había imaginado. Por ejemplo, uno puede meterse en una empresa pensando en el triunfo, pero sin tener en cuenta el esfuerzo necesario para alcanzarlo. Si el camino se inicia de esta forma, lo más probable es que cuando aparezcan los primeros obstáculos se pierda de vista la meta y el aburrimiento surja al mismo tiempo que se tira la toalla. Pero si se afrontan las dificultades iniciales, no se tardará en descubrir el encanto que la empresa tiene y que una falta de constancia podría haber abortado prematuramente.

Recuedo que hablando del progreso, Chesterton tiene un pasaje que se puede aplicar a la constancia sin forzarlo demasiado: "supongamos que un hombre quisiera una determinada clase de mundo; digamos un mundo azul. No tendría por qué quejarse de que su empresa fuera rápida o liviana; se afanaría durante mucho tiempo en su transformación; trabajaría hasta que todo fuera azul (...) trabajando mucho, ese fiero reformador, ciertamente dejaría al mundo (desde su punto de vista) mejor y más azul de lo que lo había encontrado. Si cada día cambiara una hoja de pasto a su color favorito, lentamente, acabaría. Pero si cambiara cada día de color favorito, no acabaría nunca". Si este empresario del color cambiara una y otra vez sus preferencias, jamás tendría el mundo azul que se había propuesto; el fracaso es la amenaza de quienes no saben mantener fijo el rumbo.

No es difícil encontrar hoy gente que ha empezado cursos de casi todo: de inglés, de informática, de arte, de chino o de costura, da igual. Lo importante es que la satisfacción que se obtiene con esas actividades es efímera, porque nunca se "aguanta" el tiempo suficiente para poder disfrutar; la obra queda inacabada y el hombre se siente frustrado. Rafael Alvira dice que si bien "es verdad que en la variedad está el gusto, eso es sólo una parte de la verdad, el mayor gusto se obtiene en la constancia, en la repetición, por el fruto que ella trae". Esto que a nivel personal tiene tanta importancia, no lo es menos a nivel social. Podemos imaginar el desastre que sería el mundo en manos de hombres caprichosos e inconstantes, dispuestos a cambiar el rumbo de las naciones ante cada acceso de fiebre de novedad.

En algunas épocas se ha considerado al aburrimiento como un "lujo" propio de las clases aventajadas; el profesor Alvira cita en su artículo a Rousseau, quien en el Emilio dice "el pueblo no se aburre: conduce una vida activa", mientras "el gran azote de los ricos es el aburrimiento, en medio de muchas costosas diversiones, rodeados de tanta gente que se ocupa de hacerles la vida agradable, se aburren hasta la muerte". Es verdad que la urgencia que la vida tiene reclama mucha atención por parte del hombre, especialmente de los que menos tienen, y que a estos les queda poco tiempo para aburrirse. Aparentemente, la vida desahogada de los ricos dejaría un hueco para el aburrimiento. Pero creo que la situación ha variado bastante desde la época de Rousseau, al menos en la clase media europea, muchos que podríamos considerar "pueblo" se aburren hoy tanto como los ricos. A medida que el pueblo se ha "enriquecido" materialmente, no ha dejado de ser pueblo, pero ha empezado a ser un pueblo más aburrido. El pueblo no ha sabido aprovechar el aumento de tiempo libre que la vida moderna ha traído consigo, y en lugar de aprovecharlo para el sano esparcimiento y el crecimiento personal, lo ha empleado en diversiones que cada vez lo dejan más insatisfecho y vacío (¿de verdad la televisión, por ejemplo, nos libra del aburrimiento?).

Ya no hay aburrimiento de pobres o de ricos, de jóvenes o de viejos, todos estamos afectados por la misma epidemia que se propaga por todas partes. Tal vez, un auténtico afecto e interés por el mundo que nos rodea, y una reconciliación con el silencio y con la constancia, podría librarnos de la peste del aburrimiento y prevenirnos contra sus letales efectos.

Texto: Dora Rivas