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A veces el hombre juega a convertir a sus semejantes en un equipo electrónico o informático. Es como si quisiera engancharlos a cualquier idea o tipo de comportamiento de moda, con la pretendida finalidad de que sean felices. Después, si se les desconecta de cualquiera de aquellos chips, si se les hace prescindir de esos periféricos habituales puede, incluso, que se instalen en el vacío existencial... El hombre busca certidumbres y certezas, pero se encuentra agarrado en muchas ocasiones a apariencias de verdad, a sombras de ilusión. En lo que se ha dado en llamar aldea global, el mercado de ideas, creencias, comportamientos y actitudes ofrece una amplia variedad. Como en las antiguas ferias, hay casetas que pregonan la comunión con la naturaleza, tenderetes que venden diálogo con el gran espíritu que anima el universo, puestos que instalan banderolas de enganche con el numen de los antepasados, voceadores que pregonan la reencarnación en un ciclo iniciático de descubrimientos interiores... ¡Pasen y vean! ¡Elijan lo que más les apetezca! Los mercaderes, que conocen bien el producto e intuyen las demandas de los que visitan la feria, maquillan la mercancía para hacerla más atractiva: exotismo, meditación transcendental, ecologismo, fraternidad entre los pueblos, técnicas de relajación, conocimientos psicológicos... No es extraño que el atractivo del mercado cale entre la gent Lo importante es sentir las buenas vibraciones de la inmersión en esta amalgama de experiencias, percibir las positivas sensaciones que advierten de que el camino iniciático es el sendero perfecto hacia la plenitud existencial. Todo es útil si vale para liberarse de las viejas ataduras. Si todo es válido, resulta innecesario interrogarse sobre la bondad o maldad de las acciones: no hay responsabilidad en los individuos que sólo buscan armonizarse, sintonizar con la gran cadena del ser único que todo lo inunda y lo desborda con su cósmica energía. Los mercaderes que venden el producto controlan la estructura y el mecanismo del marketing: anuncian la autonomía del hombre, su plena realización; promueven un ciclo histórico diferente, en el que la conjunción de los planetas va a sustituir la era de Piscis - a la que asocian con el caduco cristianismo - por la era de Acuario; incitan a consumir sesiones de relajación, en las que la mente se abandona a la posesión de espíritus que promueven excelentes sinergias entre el universal-cósmico y el particular-individual. Es difícil sustraerse a la sugestión del mensaje. La meta última es lograr un conocimiento nuevo, integral, distinto del que la apariencia de los sentidos propone a la razón. El destino final es la gnosis, forma superior de conocimiento que se identifica con la salvación personal, con el triunfo del individuo. El que vende y el que compra en esta feria se alumbra con la luz que se desprende de algunos maestros que señalan el camino. Son los santones, los gurús de la nueva era. Ellos son intermediarios de lo telúrico, intérpretes de los signos estelares, guías que iluminan la senda donde confluye el inconsciente colectivo y el irracionalismo que anida en cada conciencia individual. No es extraño, pues, que proliferen los estudios sobre las religiones paganas, sobre los misterios de Eleusis, sobre los cultos egipcíacos, sobre los saberes herméticos que se asocian a secretas sectas y peores compañías, como los poderes ocultos. No es raro, tampoco, que abunden las referencias a prácticas ligadas a espiritualidades orientales: yoga, zen, vidas reencarnadas, karma, ayunos, mantras, feng-shui... Pero esta nueva era no es tan nueva como intentan presentar sus promotores. Es, más bien, tan antigua como el hombre. Tan vieja como la insidiosa insinuación de una serpiente que susurra al oído del ser humano "seréis como dioses". Hay algo de faústico, y mucho de maligno, en la defensa de un concepto de persona absolutamente autónoma, dueña de sí e insertada en un universo de energías que se difunden, esencialmente, en la naturaleza, en el ser humano y en una divinidad impersonal, inmanente, puramente cósmica. En esta new age el hombre no está comprometido con nada, es absolutamente libre para actuar, no se liga a ataduras éticas de carácter objetivo, se marca su criterio de camino a través de impulsos individuales, a la búsqueda de su propio bienestar. Es, en el fondo, el egoísmo quintaesenciado. Es el "yo" que no reconoce a ningún "tú", que no respeta el "nosotros" propio de una concepción personalista. Es el uso de sí mismo hasta el abuso de los demás. El modo de conocer que se agazapa bajo el concepto de "nueva era" tampoco es original, pues hunde sus raíces en supuestos saberes primordiales que se revelan a todo hombre capaz de advertir la chispa divina que mora en su interior. Este hombre realiza sus potencialidades ocultas para convertirse en el dios que uno es en lo más íntimo de sí mismo. Semejante humanismo lo que oculta es un radical y profundo antiteísmo: al ser todo dios, no hay lugar para un Dios personal. No sólo existe una diferencia de grado entre este tipo de conocimiento y la comprensión que la razón puede alcanzar de un Dios que transciende el universo, distinto de la naturaleza y que señala normas de conducta, sino que entre ellos hay una diferencia esencial. La distancia que separa el gnoscete ipsum - tantas veces invocado como semilla de ese conocimiento singular -, de una verdadera experiencia de interiorización personal, estriba en que aquel adagio se queda en la frontera del hombre que se descubre a sí mismo sin ánimo de transcender su inmediatez, mientras que ésta se abre a la presencia divina en la historia del hombre. El oráculo de Delfos es pagano. La vía de una recta razón, por razonable, es cristiana. La indagación del hombre sobre la verdad y la belleza, sobre su misión en la vida, sobre su origen y su fin, resulta mediatizada por aquellos vendedores. Sabedores de que el ser humano pide respuestas a estos interrogantes, se atreven a proponerle métodos de conocimiento y vías de sabiduría que en muchas ocasiones no respetan su dignidad como personas. El ideal, legítimo, sin duda, de cambiar la realidad para construir un mundo más humano, con un mejor reparto de la riqueza, con un escrupuloso respeto al medio ambiente, que garantice a las generaciones futuras un disfrute armonioso de la tierra, es utilizado como pretexto para vender mercancías que sólo en apariencia sirven a la liberación del hombre. En la feria de esa nueva era, en el fondo, se plantea un retorno a tiempos tan remotos que, de no ser por la importancia del asunto, haría sonreír por lo caduco de la oferta. Se trata de un saber esotérico, de un concepto divino panteísta, cuando no panenteísta, de una visión del hombre limitada a sus estados de conciencia, de una exposición de un alma que preexiste, colgada de una psique cósmica que se retroalimenta de la energía esencial. Resulta paradójico que para liberar al hombre se le someta a un legado plagado de ataduras, cuajado de cadenas que le impiden ejercitar su libertad de criatura responsable: se vuelve al chamán, al mago, al intérprete de sueños; al astrólogo que diseña Pero ciertamente existe una alternativa válida a estas sugestivas ofertas, una sabiduría verdadera que revela al hombre la certidumbre sobre su propia identidad y naturaleza. Es la sabiduría que en cada época y lugar sabe enfrentar los retos del momento. Si la new age surge en réplica a un excesivo predominio de la ciencia y de la técnica, como vía para humanizar al hombre - aunque por caminos inseguros y peligrosos -, la verdadera sabiduría es la alternativa a cualquier alternativa. Es una sabiduría genuina, íntegra, sin mistificaciones, verdad radical, con autenticidad distintiva, con garantía de origen, con marca de calidad. La sabiduría auténtica respeta la libertad del hombre, no le obliga a practicar confusas mezclas entre lo que es subjetivo y objetivo, ni le impone falsos dilemas de elección. El ser humano alcanza a comprender, con la fuerza de su pensamiento, la distinción existente entre su "yo" y la naturaleza, entre su "yo" y la presencia de un Dios distinto del cosmos pero responsable del universo y del hombre. La sabiduría distingue entre la evidencia de los fenómenos y el pensamiento sobre ellos; comprende el misterio de todo cuanto queda más allá de su razón, pero confía, con sincero espíritu religioso, en una palabra que se revela como camino, verdad y vida. Esta sabiduría se expresa en un modo de pensamiento sensato, realista, opera con la aplastante lógica del sentido común y sabe situar en su justa dimensión las percepciones de los sentidos, la entraña psicológica del hombre y la dimensión espiritual de la persona. La tradición cristiana siempre ha valorado el papel de la razón para justificar la fe y comprender a Dios, al mundo y a la persona humana. Es una tradición que enaltece al ser humano, muy distinta de esas tradiciones que se venden en la feria con espléndidos envoltorios pero con caducidad acreditada. La racionalidad aclara todos los aspectos de la vida; el secretismo, lo esotérico, lo oculto, los ensombrece y los confunde. Es ésta, una sabiduría mediante la cual el hombre verdaderamente religioso reconoce su limitación y su poquedad. La fiabilidad de sus contenidos no depende del autonomismo de la mente, sino de la apertura del corazón que responde al amor de quien ha amado primero al hombre y se ha implicado directamente en su trayectoria vital como persona y en su historia colectiva. Las palabras de esta sabiduría no son voces de los hombres, sino la voz de la inspiración divina que se revela en la palabra de auténtica salvación. No es el hombre el que asciende, con la sola y exclusiva fuerza de su pasión dionisíaca, a la unión con un dios que se revela insensible a los íntimos deseos de la persona; es Dios el que se hace solidario con las ansias y las angustias de los hombres y les ofrece, sin Piscis, sin Acuarios, el agua que colma la sed de transcendencias. Ya no hay buenas vibraciones..., hay la claridad de las certezas. Sin metáforas, sin retóricas absurdas, con realismo y fecunda solidaridad, la palabra que da sentido a la vida se manifiesta en rastros de cariño, en huellas de ternura, en hechuras de amor. Es una palabra que salva y que redime, que se da gratuitamente y para siempre. No se vende ni se compra en la feria de ofertas de la nueva era, porque transciende el tiempo e inaugura, desde su eternidad, una historia engendrada en el sacrificio de la entrega. |
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Texto: Pablo Domínguez |
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