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La ambulancia cruzaba la ciudad con las ruedas pisando barro y muerte. Sus faros apenas iluminaban a cinco metros de distancia, los focos habían sido reducidos por dos placas de acero para evitar ser vistos por la aviación en plena noche. Arturo era el último traslado del día, un tiro le había traspasado el hombro de manera limpia cuando sacó medio cuerpo de la trinchera para buscar tabaco. La bala salió cerca de su cuello para perderse entre los sacos de arena. Fue un golpe seco, sin demasiado dolor, pero el sonido a desgarro le avisó que la guerra había entrado hasta el fondo de él. Su herida no era importante en comparación con lo que había provocado la lluvia de mortero sobre los milicianos de la Casa de Campo. Un sanitario metió un gran trozo de algodón por el agujero que había provocado la bala, cogió la mano izquierda de Arturo y la apoyó sobre el hombro. "¡Aprieta coño!, aprieta y aguanta hasta que vengamos a buscarte". Seis horas después la ambulancia subía por la Gran Vía. Era un viejo camión de reparto al que con una mano de pintura kaki, una cruz roja y una camilla de lona los milicianos habían convertido en una de las pocas esperanzas de llegar a un hospital. Aquel viejo vehículo, al que todos llamaban "La Exprés", hacía el mismo servicio más de cien veces al día. El olor nauseabundo de su interior no distaba mucho del que se sentía cerca del frente, el suelo estaba viscoso por la sangre de los heridos que iban y venían, y los camilleros no tenían más medicamentos para calmar el dolor que una botella de coñac y una bolsa de tabaco de picadura para liar. Arturo pasó casi todo el día solo, con la mano apretando la herida para que no sangrara y pensando en Laura, su mujer. Los tiros siempre se los dan a los demás, los muertos siempre son los otros, a mí no me pasará nada de eso, le decía cada vez que se despedían para ir al frente. Esta guerra no puede durar mucho, ya lo veras, le susurraba al oído acariciando los labios contra el lóbulo de su oreja. Y ahora esperaba a "La Exprés" como el que espera el autobús para ir a los toros. Algún disparo seco o el tableteo de una ametralladora desde la Ciudad Universitaria rompían el silencio oscuro de Madrid. Todo estaba vestido de negro para evitar los bombardeos nacionales, un millón de gentes escondidos como un millón de ratones asustados y "La Exprés" cortando el silencio a cuchillo para hacer el último servicio del día. Arturo bajó por su propio pie a la puerta del Hotel Ritz. No había aquella noche portero de librea, ni champán, ni glamour. El hotel más caro del mundo era ahora un hospital de campaña. En la recepción, enfermeras con mono azul añil tomaban nota del nombre, la filiación, batallón, heridas. Cirujanos sin dormir con sangre seca de tres días sobre las batas blancas decidían sobre la vida y la muerte en cuestión de segundos. Lámparas de cristal de bohemia que servían como las de cualquier quirófano para abrir y cerrar heridas. Alguien tuvo la feliz idea de retirar las alfombras antes de que la guerra entrara sin reserva en el hotel, a nadie parecia preocuparle que la sangre tintara de rojo el mármol que antes había pisado lo más selecto de la sociedad europea. Hacía treinta años que Alfonso XIII dio las ordenes precisas para su construcción, el ABC dijo: "La inauguración del Ritz es un acontecimiento importante porque viene a resolver un agudo problema". Aquellos meses cada persona que entraba era un agudo problema. Un individuo con estrellas de capitán sobre el bolsillo de la pechera de la bata blanca examinó el hombro de Arturo, que permanecía sentado al pie de las escaleras de la entrada fumando un cigarro que alguien le había ofrecido, y aguantando el dolor de una herida que ya estaba demasiado fría. Cirugía menor, dijo el capitán. Cuando despertó de la anestesia lo primero que pensó es que había muerto y estaba en un cielo con mucha luz. En la habitación 505 del Hotel Ritz no se oía el rumor de la guerra. Un leve aroma a éter, eso era todo. Sábanas limpias, cuarto de baño y por la ventana la luz clara del sol invernal. En frente el Hotel Palace, que también la guerra había convertido en hospital. Neptuno enterrado entre sacos de arena, y unos pocos madrileños que se atrevían a salir a la calle empujados por el hambre de las casas. Un miliciano hacía el servicio de habitaciones llevando un vaso de leche y galletas, con el gesto de ¡salud camarada! Al fin y al cabo era el hotel más caro del mundo, pensó mientras se daba el primer baño con agua caliente desde hacía un año. Su herida no era demasiado grave como para estar ocupando una cama que otros necesitaban mucho más. Laura sólo tuvo permiso para visitarle una vez porque a los pocos días Arturo volvió a la Casa de Campo con el hombro demasiado macerado para apoyar la culata del mauser y pidió ser camillero de "La Exprés". Se hizo tan familiar en el hotel, que todos lo llamaban "El hombre del Ritz". Cuando la guerra terminó, Arturo consiguió un puesto en la recepción y Laura fue a recogerlo cada tarde al terminar su trabajo en el hospital más caro del mundo, que para él siempre tuvo olor a éter. |
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Texto: José Cabanach |
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