Número 41, octubre 2003

SABER LEER NO ES LA B CON LA A, BA

Siempre iniciamos curso con ganas de movernos, de inaugurar con frenesí, con alma de botadura de barco. Por eso los empresarios y editores, que saben que la gente se pirra por iniciar cualquier historia, lanzan colecciones de sellos, de libros en rústica y de "aprenda a hacer su propio mosaico en 100 fascículos", estas cosas. Después de las vacaciones en las que uno sustituye su tren de vida por sombrilla, gafas de sol y tinto de verano, llega el tiempo de la recuperación de lo ordinario. Y si hemos leído mucho este par de meses de canícula, bueno será que no decaiga el ánimo del hábito adquirido. Sin embargo, hay una pregunta obvia y merecedora de todo el tiempo para su respuesta, ¿sabemos leer? A pesar de haber metido en la bolsa de la playa 15 libros y habernos fusilado los 15, ¿sabemos leer? Los orientales dicen que para iniciarse en cosas grandes hay que dirigirse a lo sencillo, a la respiración, ¿cómo va a querer uno proferir un discurso de vértigo si no ha aprendido a respirar? Cierto. Lo mismo ocurre con la lectura. Creemos que aprendimos a leer desde el día en que mamá nos dijo que la b con la a se dice ba. Ese día, para hablar con propiedad, aprendimos rudimentos, el andamiaje de la lectura, su apoyatura, nada más. Pero la lectura nace como acción de provecho espiritual, integral, una actividad iniciática deliciosamente humana. La lectura no es un ejercicio manual o una práctica de desplazamiento ocular, sino un alimento que nutre nuestra condición de seres humanos, y puede hacernos ganar en esplendor o desmejorarnos. Y surge la pregunta esperada, ¿cómo podemos saborear con mejor provecho una novela que cae en nuestras manos?, ¿cómo sabemos que es la lectura adecuada y no una pérdida lamentable de tiempo que puede hasta provocarnos sarpullidos en el alma y perplejidad? Desde luego no es lo mismo adentrarnos en los textos del Marqués de Sade, que se husmean para ganar en tosca excitación, que decidirse por las Confesiones de San Agustín para comprender qué motivó a aquel buscador de la verdad a meterse de hoz y coz en una confesión religiosa que inundó toda su persona.

Petrarca fue el chico más pijo de su tiempo. Estudió en Bolonia y vivió en Aviñón gastándose todos los dineros que le sobraban en timbas y correrías. Gracias a la lectura de Cicerón y de Agustín su vida cambió y se volvió un tipo exigente, entró en una orden religiosa y llegó a ser uno de los grandes de la literatura. Una de sus obras más espectaculares es el Secretum meum, en la que él y Agustín se sientan en un jardín frondoso y no paran de hablar durante horas mientras la dama Verdad los contempla con placer. Pues Petrarca decía que el método más eficaz para la lectura, que es de lo que aquí hablamos, es un sentido que el lector ha de poseer, el sentido de la verdad divina (así lo denominaba él). Algo tan ampuloso no quería decir más que el lector debía gozar de un sentido de búsqueda apasionada de la verdad, una disposición que debía andar siempre culebreando en el ramaje de las páginas. Por eso, a este pobrecito hablador le disgustan esas obras de iniciación a la literatura que hablan de todo menos de esta disposición de la que nos hablaba Petrarca. Lo digo por Una historia de la lectura de Alberto Manguel que acaba de salir en edición de bolsillo. El tratadito se plantea como una biografía del libro, desde el origen del formato que hoy conocemos, hasta las raíces de la lectura pública, las lecturas prohibidas, el lector simbólico, etc. Sin embrago, no menciona ese método del que debería pertrecharse todo lector para ganar en verdadero conocimiento, parece como si tratara al lector como a un inmenso contenedor en el que cabe de todo y que indiscriminadamente fagocita todo sin el debido reciclaje, como si lo importante fuera leer, leer, leer, ¿el qué?, da igual, leer, leer, leer. Pues para responder a Manguel nadie mejor que Sócrates cuando le decía a Fedro: "lo que ofreces a tus discípulos no es verdadera sabiduría sino sólo su apariencia, porque hablándoles de muchas cosas sin enseñarles nada harás que parezcan saber mucho, cuando, en su mayor parte, no sabrán nada". Sin esa verdad divina de Petraca, ese método por buscar la verdad del hombre, convertiremos la lectura en esa práctica de desplazamiento ocular y nos quedará sólo el provecho de una buena comida.