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Calibán.- Es usted un hombre de mundo que ha vivido mucho, ¿qué cambios nota en nuestra sociedad actual? Rafael Gordon.- Creo que la vida se ha acelerado demasiado. Esto no es una cuenta de resultados como parecen querer decirnos los dominicales. Todo se contabiliza; "Esta semana he ido tres veces yo a por el niño al colegio, ahora te toca a ti". Y en la vida familiar como en la profesional. Tanto produces tanto vales.
R.G.- Sin duda. Pienso, por ejemplo, en la serie Cuéntame que intenta reflejar toda un época. Está escrita y dirigida magníficamente con la añoranza de recrear un tiempo pasado. Yo entonces, era un adolescente y lo que viví no fue tanto la reivindicación de la democracia sino la reivindicación del consumismo. La democracia, significaba para nosotros consumir. Estábamos obsesionados. Era una necesidad perentoria. Tanto es así, que al vuelo del consumismo llegó la droga y murieron 21.000 personas... No sé si estoy siendo poco romántico con todo esto.... C.- No creo. Para todos ya es una realidad que el 68 fue el gran timo del siglo XX. R.G.- En el 68 yo ya tenía 22 años y hacía mi primera película en 35 milímetros y lo que pude seguir viendo es que el joven consumía. Consumir daba libertad. Así que cuando las organizaciones comunistas o socialistas, o incluso lo que quedaba del anarquismo o el fascismo, intentaron integrarse, no pudo ser. Ése fue el fracaso. Aquello fue un grupo de estudiantes que demandaban su libertad de consumo. ¿Conclusión? El preservativo, la píldora, el impulso sexual - el impulso de la reproducción lo llamo yo -, por eso, el mito cayó. C.- ¿Y cómo es la juventud hoy? R.G.- Recuerdo que una vez, allá por los años 60, vi un graffiti en el que se podía leer: "El porvenir se nos presenta monótono". Pues ya estamos en ese porvenir. Lo intangible ha muerto, el hombre se tiene que reciclar en el consumo, reitero, en la autosatisfacción del cuerpo. La juventud de ahora tiene un cuerpo bulímico y un cerebro anoréxico. Está prohibido usar la cabeza porque eso es hablar de lo intangible, de Dios, las creencias, los ideales políticos. Al no fomentar la búsqueda de lo anímico, nos encontramos con que no hay nada más tedioso que lo físico. C.- Habla de la litrona y toda esa movida, ¿no? R.G.- La litrona, en el fondo significa el deseo de comunicarse con el subterfugio de desinhibirse. Se puede ser muy actual y decir "pillas", "tío", "qué fuerte colega"... pero ese cerebro tiene que estar bien alimentado, y el único factor de alimentación que tienen hoy nuestros jóvenes es el cine americano de adolescentes y Los Simpson. Ni siquiera el mundo de los videojuegos (que tan onírico y creativo podría haberle parecido a un Salvador Dalí), están preparados para entenderlo. Son incapaces de comprender las imágenes que se les proponen. Para ellos son lugares sin mayor significado que el del propio juego. C.- Vaya, que la sociedad puede esperar poco de nuestra juventud. R.G.- Cuando me paro en un semáforo y oigo el ¡boom, boom¡ de un coche cercano, entiendo que ese joven no est C.- Y usted en su juventud, ¿empezó a hacer cine con la intención de cambiar el mundo? R.G.- Sí, y no me da vergüenza decirlo porque, justamente ayer, escuché unas declaraciones de Achero Mañas en relación a su nueva película, Noviembre, que me animaron. Decía que él lo que quería era dar optimismo. Me emocionó porque al atreverse con esa moralina del optimismo, este hombre se juega la vida. Pero volviendo a mi experiencia como director. Los de mi generación salíamos de una posguerra muy dura. Sin embargo, para nosotros las fotos de los niños de Biafra y el ver lo mal que estaba una parte del mundo, fueron una convulsión y nos concienciaron muchísimo. Ahora la juventud está harta de ver niños terminales en el telediario. Se comen su hamburguesa al mismo tiempo que salen imágenes atroces. No parece afectarles ni removerles. Es escalofriante. C.- ¿Cuáles eran entonces sus sueños? R.G.- Nacimos en el cine del neorrealismo, el cine social de Berlanga y el nuevo cine español de Saura. Nosotros no queríamos tener chalé, ni buscábamos el éxito, ni siquiera sabíamos qué era eso. Tanto es así, que parte de aquella generación que hacía cine ya no lo hace. Sólo queríamos hacer cine para hacer pensar y para reflexionar nosotros mismos. Pero ahora, el primero que propugna el afán de éxito, es el propio Estado con su política de subvenciones a posteriori. Se premia a los que ya han hecho taquilla, y las pocas ayudas que hay para los jóvenes realizadores, están sujetas a estrictos controles sobre el guión. Es lo que yo llamo la nueva censura de lo comercial. Si no hay un determinado número de escenas de violencia o sexo, eso no promete vender, por lo tanto no se subvenciona. Es así de triste. |