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La propaganda más verdadera y horrible que se ha hecho de los transportes modernos es que "acaban con las distancias". Es cierto. Acaban con uno de los dones más preciados que hemos recibido. Es una inflación que desprecia el valor de la distancia de forma que un chico moderno viaja a cientos de kilómetros con menos sensación de liberación que la que tuvo su abuelo al recorrer sólo quince. Lo dice Lewis en Cautivado por la alegría, y es verdad. El pueblo más próximo al de mis padres, está a tan sólo tres kilómetros. En coche, la distancia puede hacerse en cinco minutos, pero sin él, y caminando a paso normal, se tarda casi una hora en llegar. Casi nadie lo hace ya andando. En la actualidad, son pocos los que disfrutan de esa hora de trayecto con el viento acariciando la cara. Los pocos past Mi padre me ha transmitido en sus relatos sobre la infancia en el pueblo, la emoción de aquellas caravanas estivales integradas por un grupo de muchachos, que se organizaban tras la jornada de trabajo, para ir a las fiestas más próximas a encontrarse con "las novias" que los esperaban con auténtica expectación. Tal vez aquéllos chicos no tuvieran demasiado "mundo", pero tenían un mundo lo suficientemente intenso y profundo para haberse sentido felices en cualquier rincón de la tierra. La primera visión que mi padre y sus amigos tuvieron de un coche se convirtió en uno de los acontecimientos más explosivos de la tranquila vida pueblerina. Lo había comprado alguno de esos emigrantes que hicieron fortuna en América. Los muchachos se arremolinaban para ver aquella invención que en pocos años cambiaría sus vidas. El transporte moderno ha sido una bendición en muchos sentidos, y eso se ha dejado sentir especialmente en los pequeños pueblos rurales. A nuestra mentalidad moderna le cuesta imaginarse a una madre dando a luz en su casa, o a un herido desangrándose y caminando varios kilómetros para buscar al médico (conozco el caso real); pero eso ocurría no hace tantos años atrás, cuando las distancias no eran tan fácilmente "salvables" gracias al automóvil. Tal vez más que nadie, la gente que ha vivido aquellas incomodidades ha dado la bienvenida a los adelantos de la técnica, pero ha mantenido en varios sentidos una percepción más exacta de la realidad. Impresiona vivamente descubrir que cuando alguno de ellos, los que pueden, todavía caminan alguna vez los antiguos senderos, reconocen cada flor y arbusto que nace en los campos, porque su capacidad de observación se ha desarrollado sin prisas. En gran medida, la supresión de las distancias ha contribuido a que perdamos el gusto por el detalle, por lo pequeño. Vemos lo que nos rodea a tal velocidad, que apenas sí nos quedamos con su aspecto más superficial. Pasamos rápidamente de una cosa a la otra pensando que ya sabemos lo suficiente, que ya hemos visto lo suficiente. Me asombra caminar con mi padre por "su territorio" y descubrir cómo conoce cada sendero, cómo identifica a las aves por sus cantos, cómo observa las fincas de los vecinos para ver cómo han crecido los tomates o madurado las manzanas. Reconozco, no sin cierto rubor, que en muchos de nuestros paseos yo ni siquiera había visto los árboles. Este año atravesábamos en coche una carretera con una amiga que es médico, cuando vimos dos o tres parejas caminando por el arcén y me comentó "éstos están cumpliendo el consejo de algún médico que va en coche, como yo". Los médicos (aunque no lo hagan) saben que caminar es sano. Los filósofos, saben que una manera de respetar la realidad es no abolir las distancias (las espaciales, pero también las temporales), porque las distancias nos ayudan a medirnos, nos enseñan a esperar, nos permiten distinguir. Para el pequeño paso humano cruzar de un pueblo a otro era una aventura, para las ruedas de un coche no es más que un trámite. Pero son los pequeños pasos los más propios del hombre, porque la vida no se bebe de un sorbo sino trago a trago. Ir de una ciudad a otra no es para el hombre que conduce más que un paseo, para el caminante era adentrarse en la inmensidad de la tierra. La velocidad del coche nos engaña porque hace que veamos los kilómetros como unos pocos metros, es un golpe a la realidad que altera la percepción que tenemos de ella. Hasta ahora, considerábamos que el hombre era sólo una gota en el universo, pero la carrera espacial ha conseguido que las distancias astronómicas nos asombren cada vez menos. Los viajes espaciales están convirtiendo el universo en un lugar demasiado "pequeño" para el hombre. Puede ser que el universo sea demasiado pequeño para el hombre, porque el hombre en cierto sentido es demasiado grande para él; pero el deseo de infinitud y de libertad del hombre no se clausura con un coche circulando a más de doscientos kilómetros por hora. Si el universo no es territorio suficiente para el ansia inabarcable del ser humano, algo en su interior empieza a hablarle de la trascendencia. ¿Trascender el universo no es la mejor manera de superarlo? Encorsetado en los límites del tiempo y del espacio el hombre está incómodo porque ha sido creado para la infinitud. Por eso creo que una buena manera de irse preparando para ella es conocer las coordenadas en las que se está, para esperar con más alegría el momento en el que nos veamos liberados de ellas. |
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Texto: Dora Rivas |