Número 41, octubre 2003

David Rieff
Editorial Taurus

    ESTE LIBRO TIENE UNA PODEROSA virtud, la lucidez; y un defecto indisimulado, la desesperanza, porque en sus páginas se advierte que el autor está más que molesto con la situación de desequilibrio internacional y es incapaz de aportar un atisbo de solución. Rieff desarrolla una idea central y clarividente: a los gobiernos no les interesa catalogar determinados conflictos internacionales graves como genocidio, sino como crisis humanitarias, de esa manera se lavan las manos en cuanto a la posibilidad de intervención política, dejando paso a las ONGS. Es la mejor manera de eludir las responsabilidades de lucha en favor del bien común. Con ello, se va creando una cada vez mayor dependencia entre los grupos humanitarios y sus beneficiarios y, así, el mundo rico sigue su curso dejando que sean estas facciones filantrópicas las que tomen las iniciativas de salvamento. La tesis de Rieff ya la adelantó Sadako Ogata, una antigua alta comisionada de las Naciones Unidas para los Refugiados, cuando dijo que "los problemas humanitarios no tienen soluciones humanitarias". Para poner un ejemplo que el mismo autor trae a colación en los primeros capítulos del libro, ¿Auschwitz se hubiera solucionado con ONGS? ¡Por supuesto que no!, "si se afirma - dice el autor - que un acontecimiento histórico terrible es una crisis humanitaria, resulta casi inevitable dejar de lado todos los elementos políticos, culturales, históricos y morales sin los cuales nunca se podrá entender dicha crisis con propiedad". Además, los medios de comunicación sólo nos hablan de los graves problemas por los que pasan decenas de países desde el punto de vista de las labores de emergencia que deben desarrollar Médicos Mundi, Médicos sin Fronteras, etc. Sin embargo, nada nos cuentan de esas tareas a la larga que son los programas de desarrollo agrícola o de los microcréditos, quizá porque tengan menos tirón mediático. El humanitarismo, dice Rieff con realismo, es una empresa imposible, una idea salvadora que, al final, es incapaz de salvar y sólo puede aliviar, ese es su papel. El caso más claro quizá sea el de Ruanda. En 1994, los famosos hutus fueron las víctimas de un genocidio atroz. Las ONGS actuaron con sus remedios paliativos, pero no pudieron evitar que los mismos hutus se convirtieran en asesinos en 1996. Un libro que merece la pena.

Hernan Melville
Editorial Alfaguara

    SU AUTOR ES SIN DUDA el más grande escritor norteamericano de todos los tiempos, aunque en vida lo vilipendiaron con críticas injustas y envidias que lo asaetearon hasta acabar con su reputación de monstruo de la literatura. En Pierre o las ambigüedades vuelve a mostrarse en primer plano la gran preocupación de Melville por el problema del mal, que rodea al hombre hasta el extremo de asfixiarlo. La formación espiritual del neoyorkino provenía de la fe calvinista, de ahí que la consideración seria sobre la predestinación inunde todos sus escritos. Aquí se nos cuenta la desgraciada vida de Pierre, un tipo de rancio abolengo, adinerado, joven y con buena planta que, a pesar de gozar de un futuro prácticamente resuelto en cuanto a comodidades y lujos, decide complicarse la vida por no saber encajar el desliz sentimental que su padre tuviera en su juventud. De hecho, el protagonista tiene una hermanastra fruto de la aventura extraconyugal de su progenitor con una hermosa francesita. Aquello supone un borrón irremediable en el historial irreprochable del padre y Pierre no puede tolerarlo, no soporta una mancha de tal calibre cuando él exige la perfección en el árbol genealógico. En toda la obra de Melville descansa esta visión de la perfección en la virtud, y ante la más mínima fractura de esa virtud ocurre el desastre, la maldición, el mal absoluto. De hecho en Pierre o las ambigüedades hay mucho de ese destino de perdición irremediable, "el Destino, siempre inexorable e indiferente, no es sino un mercader carente de corazón que comercia con las penas y las alegrías del hombre". Es una visión angosta y atormentada que no impide una prosa magnífica y un tono burlesco hacia ese tipo de novela de culebrón, de romances funestos tan del XIX.