
Decía Torrente Ballester que no pudo en la vida ser otra cosa que escritor debido a que en el valle donde nació "bajaban los vientos más estruendosos, las galernas de la mar. Gracias al viento aquel descubrí que todo puede ser flautín, acordeón, orquesta si a su paso acaricia agujeros sonoros. La casa de mi abuela fue el primer conjunto sinfónico del que tuve experiencia. Con este viento y estas historias, ¿qué esperaban que fuera?, ¿por ventura ingeniero de caminos?". No le quedaba más opción que dirigirse a las letras. Otro de los escritores pura sangre de vocación es sin duda Julio Cortázar, narrador trasnochador y alocado de historias inolvidables. Una de ellas, la más sublime, es sin duda Rayuela, de la que todos hablamos sin el paso previo de haberla leído (que ya es delito). Quizá en la adolescencia nos aventuráramos en sus páginas pero sin mucho provecho. Es la historia de Horacio Oliveira, un joven que decide desembarazarse de todo orden en la vida, de toda ideología, de toda cordura y pringarse en la ley de la confusión y la indefinición. Como le suelta un amigo en un momento de la novela, "tu famoso absurdo se reduce al fin y al cabo a una especie de vago ideal anárquico que no alcanzas a concretar". Y lo increíble es que Oliveira se da cuenta de su propio derrumbe "es increíble cómo nos estamos empobreciendo todos", piensa en un momento de lucidez, pero es incapaz de tomar una opción que no sea la de la indefinición. Pero esa postura lejos de traerle consecuencias agradables es capaz de destrozar su relación amorosa con la mujer de su vida, es incapaz de decidirse definitivamente por ella y su manera de hacer el amor es el encuentro de dos soledades, "hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas, el piano iba por su lado y el violín por el suyo y de eso salía la sonata, pero no nos encontrábamos". Y es que Oliveira no sabe amar, "mi única culpa es no haber sido lo bastante combustible para que a ella se le calentaran a gusto las manos y los pies. Me eligió como una zarza ardiente y he aquí que le resulto un jarrito de agua en el pescuezo". Prefiere no salir de la infancia, del jueguecito de la rayuela, para no complicarse la vida. La escuela de Rayuela es ejemplar cuando advertimos que Oliveira está exigiendo una búsqueda de sentido a su vida y anda obcecado en una absurda cerrazón espiritual.
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