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La globalización, parafraseando a Ortega, es el tema de nuestro tiempo. Los espectaculares avances tecnológicos de las dos últimas décadas del siglo XX han convertido a nuestro mundo en la aldea global presagiada por Mc Luhan. Sin embargo, nunca como ahora es tan evidente un estado de ánimo colectivo caracterizado por la frustración y la infelicidad. Derribado el muro de Berlín, con él cayó también el mito ideológico de la construcción de una sociedad perfecta, en la que se eliminaría la ganga de la transcendencia o la creencia religiosa. Pero el pensamiento posmoderno no ha sido capaz de ofrecer una filosofía o un patrón de conducta generador de ilusiones. Quizá por eso mismo, el gran fruto de la globalización sea la construcción de un mercado único económico, sin más miras que el beneficio y en el que cualquier atisbo de justicia social es un espejismo, precisamente porque en su entraña vital carece de referentes éticos. Vacío y hastío se configuran así como las notas destacadas de esta civilización global, en la que el hombre corre el riesgo de convertirse en mero instrumento en manos de otros hombres. Muchos piensan que los terribles atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos constituyen el verdadero comienzo del siglo XXI, tanto por la transcendencia de los propios sucesos como por inaugurar unas relaciones internacionales marcadas por el orgullo herido de la única gran superpotencia de nuestros días. "Me impresiona personalmente el sentimiento de miedo que atenaza frecuentemente el corazón de nuestros contemporáneos", decía Juan Pablo II en su discurso al Cuerpo Diplomático al inicio de este año, reconociendo, además, en frase rotunda y ciertamente dolorida que "nunca como en este comienzo de milenio el hombre ha experimentado lo precario que es el mundo que ha construido". Desde que en el año 1776 los padres fundadores proclamaran su independencia de la Gran Bretaña, la nación norteamericana se había convertido a los ojos de muchos inmigrantes en el paradigma de sus sueños de mejora personal y de sus anhelos de progreso económico. El mismo Juan Pablo II aseguraba en la audiencia concedida al presidente George Bush en julio de 2001, sólo dos meses antes de los terribles atentados del 11-S, que "a los fundadores de su nación, conscientes de los inmensos recursos naturales y humanos con que el Creador ha bendecido a su tierra, los guió un profundo sentido de responsabilidad por el bien común, que debe buscarse respetando la dignidad dada por Dios y los derechos inalienables de todos". En la misma Declaración de Independencia, vibrante texto en el que se percibe la frescura, fortaleza y voluntad de una nación que nace, se proclama que "todos los hombres fueron creados por igual" y que "su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, entre los cuales se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". Estos solemnes ideales, que encarnan a la perfección lo que se ha dado en llamar sueño americano, han experimentado en doscientos años, como toda obra humana, luces y sombras. No obstante, el respeto y la admiración que el modo de vida norteamericano había despertado durante generaciones, parece haber entrado en crisis en los últimos tiempos. Los propios estadounidenses se interrogan, no sin sorpresa, sobre el porqué de su actual falta de aprecio en el mundo. Tal vez podría vincularse esta percepción exterior con el profundo cambio de valores vivido por Estados Unidos en su propio interior, donde ha habido una transformación paulatina de las virtudes que daban alma a la Declaración de Independencia y donde los intereses de los grandes grupos financieros, industriales o de servicios presentan unos modelos de conducta que se alejan de la tradicional forma de hacer negocio. Esta convulsión tendría mucho que ver con la pérdida de capacidad de los Estados Unidos para abanderar los profundos cambios que exige la construcción de un mundo más justo, en el que las distintas civilizaciones convivan de modo armónico. Las virtudes que aún perviven en la nación norteamericana, heredadas sin duda de la tradición constituida por sus padres fundadores, han de volver a ser el sustento de su actuación. Los obispos del continente americano, en su reunión anual -celebrada este año en Quebec-, se referían a "la trágica ruptura que se experimenta aquí en las Américas entre el Evangelio y la cultura". Con la vista puesta en el fenómeno de la globalización, los prelados americanos comentaban que cualquier esfuerzo para cerrar esta brecha habrá de sustentarse en el respeto absoluto a los valores que son, por su mismo origen divino, patrimonio de toda persona y de toda nación. Conviene volver de nuevo a las palabras dirigidas por el Papa al presidente Bush, donde se pone de manifiesto la inquietud de la iglesia por los hondos desajustes en los que vive el mundo. "La iglesia -decía- no puede menos que expresar su profunda preocupación por el hecho de que nuestro mundo siga dividido, ya no por bloques políticos y militares del pasado, sino por una dramática lucha entre los que pueden beneficiarse de esas oportunidades (las de la globalización) y los que al parecer están excluidos de ellas". El pontífice reclamaba una "revolución de oportunidades, en la que todos los pueblos del mundo contribuyan activamente a la prosperidad económica y compartan sus frutos". Y hacía un llamamiento a la responsabilidad de quienes, por ser más fuertes y disponer de más recursos, están obligados a desempeñar un papel más activo en la construcción de un mundo más solidario en lo económico y más equitativo en lo social. "Ello requiere un liderazgo por parte de aquellas naciones cuyas tradiciones religiosas y culturales deberían hacer que estuviesen más atentas a la dimensión moral de las cuestiones implicadas", añadía el Papa. El hecho de que Estados Unidos sea hoy la única gran superpotencia, sitúa a la nación norteamericana ante una responsabilidad mayor, sea en el terreno del reparto de los bienes económicos, sea en la defensa del medio ambiente, sea en el mantenimiento de un orden internacional que asegure una paz justa en todos los continentes. De ahí que sea muy difícilmente comprensible alguna decisión de Norteamérica adoptada de forma unilateral y no siempre al servicio de tales objetivos, lo que agranda y profundiza las actitudes de rechazo hacia esa nación. El mundo global ha de ser, en palabras del Papa, "un mundo de solidaridad", y los intentos de tomar decisiones en solitario, alejadas del sentimiento colectivo de otros pueblos, suelen interpretarse como manifestaciones de un poder excesivo. "Las ideas no se imponen, se proponen", recordaba Juan Pablo II a los jóvenes en su reciente encuentro de Madrid. Por eso el diálogo debe ser la base en la que apoyar una sociedad ciertamente global, pero no por ello supeditada necesariamente a los intereses de un solo estado o de un grupo económico influyente. La esperanza consiste en que todo puede cambiar, porque "depende de cada uno de nosotros", según explicaba el Papa en su discurso ante el Cuerpo Diplomático. El camino pasa por el restablecimiento del orden natural trazado por el Creador. Sin el respeto a la ley natural, en cualquiera de sus manifestaciones, sin el compromiso para convertir la globalización económica en una oportunidad y no en una amenaza, sin el cuidado y la atención a los más desfavorecidos, será complicado salir de la espiral del egoísmo que genera ese distanciamiento de la cultura, como presupuesto fundante de una sociedad, y del Evangelio. "El modo de vida de quienes gozan del bienestar, su modo de consumir, han de ser revisados a la luz de las repercusiones que provocan en otros países... Todos los pueblos tienen el derecho de recibir una parte ecuánime de los bienes de este mundo y de la competencia de los países más expertos para elaborarlos", insistía el Papa en su discurso a los diplomáticos. |
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Texto: Pablo Domínguez |
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