Número 41, octubre 2003

Un periodista debe ser neutral, ecuánime, objetivo. No debe dejarse llevar por los sentimientos, las ideas, el partidismo. Debe escribir sobre lo que ve, jamás ver sobre lo que quiere escribir. Yo siempre lo conseguí, pero no me siento orgulloso de ello. Nunca fui un buen periodista, tan sólo un gacetillero de tres al cuarto enmohecido en una mesa del diario Pueblo a donde llegué con mi amigo Juan al poco de terminar la facultad.

Era demasiado cobarde como para asistir a guerras, demasiado tímido para hacer entrevistas y demasiado cómodo para investigar. Me conformaba con cumplir con mi trabajo y llegar al final del día habiendo escrito las palabras suficientes para llenar el espacio que me asignaban. Pero todo cambió el verano de 1959, un verano que se presentaba tan aburrido como todos los veranos, hasta que llegó Juan.

Nos encontramos en la cervecería "El Aguila" de la calle Serrano. Aquella mañana quedamos después de años en los que apenas nos habíamos cruzado algunas cartas y felicitaciones navideñas. El abrazo retumbó a lo largo de toda la barra. Tomamos un vermut mientras hablábamos de los viejos tiempos y dejábamos que afuera cayera una tormenta de agua y viento que sacudía a los árboles como si los fuera a arrancar, anunciando con rabia el final de la primavera.

Antes de que el trabajo se hiciera cómodo y monótono Juan escapó a Estados Unidos buscando la aventura. Y yo no escapé, y mi vida se hizo cómoda y monótona y dejé que mis años pasaran como pasan las noticias, de un día para otro, y viejas al secarse la tinta. En cambio, las fotografías y reportajes de Juan daban la vuelta al mundo. Lo mismo la cara de un niño que lo había perdido todo en Corea, que la sonrisa de Ava Gadner, que JFK ante la puerta de Brandenburgo. Hablamos de nuestros matrimonios y nos enseñamos fotos de nuestras carteras y pedimos otro vermut y una ración de gambas a la plancha.

- Hemingway vuelve a España - soltó Juan, sin poder ocultarle el secreto a un amigo - . Pero de momento no hables de esto con nadie.

Todos los cobardes necesitamos un héroe, y Hemingway era el mío. Tal vez por eso aquel nombre sí tocó la fibra del periodista que hacía tiempo se había escondido entre los teletipos de la Agencia EFE.

Ya vino hace tres o cuatro años - respondí sin demasiado entusiasmo al tiempo que pelaba una gamba - . Recuerdo que escribí sobre ello.

Esta vez viene a trabajar. LIFE le ha encargado un artículo sobre la temporada taurina en España, quieren repetir el éxito de El viejo y el mar, y poner al día sus escritos sobre toros - en ese momento Juan dudó un poco - . Yo debo acompañarle, y quiero que me ayudes. Todo ha cambiado mucho desde que me fui, ya no soy el mismo y el país tampoco, aquí no conozco a nadie excepto a ti.

Sabes que no soy un buen periodista, a veces pienso que ni siquiera soy periodista.

No me jodas, eres todo lo bueno que quieras ser. Yo tuve suerte, eso es todo.

Y valor - interrumpí - .

Y valor, de acuerdo. He venido a traerte la suerte que te ha faltado, el valor lo tienes virgen, ya es hora de que lo estrenemos.

Hicieron falta unos cuantos vermuts más pero acabé prometiéndole a Juan que pasaríamos el verano juntos.

El viejo periodista de Oak Park, Illinois, que ese verano cumplía sesenta años, había comenzado su leyenda en 1929 escribiendo Fiesta, dando a conocer al mundo los sanfermines. Tres años después, con el ensayo taurino Muerte en la tarde su pasión por los toros se desbordó durante más de trescientas páginas e innumerables reediciones. Ahora la leyenda parecía como si quisiera acabar donde empezó. Llegó a España en automóvil cruzando los Pirineos, como casi siempre lo había hecho. Esta vez le acompañaba su esposa, Mary, a la que no dejaba de sorprenderle lo que antes sólo conocía por los libros de su marido.

Aquél era el verano de otro regreso, el de Luis Miguel Dominguín, que volvía a las plazas para medirse con su joven cuñado, Antonio Ordóñez. Un mano a mano que se extendía por los ruedos de todas las ciudades y pueblos. Hemingway, y Mary, y Juan, y yo, y otros amigos americanos de la pareja seguíamos a los toreros en una frenética búsqueda del arte, la muerte, la pasión y la juventud perdida.

El sol caía a plomo cada tarde, y Hemingway parecía incombustible desde la barrera, a pesar de sufrir una lucha contra sí mismo, que apenas le dejaba vivir en paz. Seguía cada capotazo con toda la tensión de sus músculos, con aquellos ojos que habían visto la muerte y gloria, apretando los puños contra la madera roja. Y sintiendo de cerca aquella cornada que recibió Ordóñez en la plaza de Aranjuez, como si hubiera sido a él al que el toro le hubiera rasgado el alma con el pitón afilado.

Un periodista debe ser neutral, ecuánime, objetivo. Pero el viejo escritor ya no era periodista y se mostró siempre partidario de su amigo Ordóñez durante toda la temporada. Recorrimos en caravana y peregrinación la piel de toro desde el sur hasta Pamplona. "Ya describí Pamplona una vez, y para siempre" dijo mientras tomábamos vino en El Choko de la capital navarra.

En Bilbao, el toro también cogió a Dominguín, y Hemingway sintió aquella puñalada tan cerca como la de su amigo. Pero los colosos se recuperaron para saltar de nuevo a la arena.

En Madrid se hospedó, primero en el Palace, para San Isidro. Luego en el Hotel Suecia para el final de la temporada. No había habitaciones en los hoteles taurinos como el Victoria o el Welligton, donde se alojaba Ordóñez para salir directo a las Ventas.

El 14 de agosto los dos diestros se enfrentaron en el cara a cara que todos esperábamos, por fin en la misma arena, Málaga, los dos cuñados frente a unos toros de Domeq. Diez orejas, cuatro rabos y dos patas, fue el resultado de aquella tarde que habíamos perseguido. La crónica de aquel duelo quizá es lo último grande que salió del lápiz del americano.

Creo que Hemingway ni se fijó que yo estuve acompañándolo por las secas carreteras de España. Pero aprendí de él, y de Ordoñez y de Dominguín, y de mi amigo Juan, que arriesgar es lo único que merece la pena. Y dejé el diario Pueblo, y conseguí valor para escribir sobre lo que me gustaba, y más o menos salí adelante.

En junio de 1961 recibí la noticia de que Hemingway se descerrajó un tiro que le atravesó el alma y le quitó la vida. Lo sentí de veras. El Hotel Palace le dedicó un salón, y una placa recuerda el paso del escritor a la entrada del Hotel Suecia.

Para la revista LIFE, el relato fue un rotundo fracaso y suspendieron su publicación antes de terminar la tercera entrega. Las diez mil palabras que le encargaron se convirtieron en ciento veinte mil que escribió de forma apasionada, y no vieron la luz hasta 1984 bajo el título de El verano peligroso.

Texto: José Cabanach