Número 42, noviembre 2003

FAMILIA TÁCTIL

Hace unos añitos me hice un periplo por el Sur de EE.UU. Alquilé un coche en un garaje de baja estofa y este pobrecito hablador se recorrió aquellas tierras de carreteras infinitas dispuesto a vivir de la caridad en tugurios sureños de mala muerte. Recuerdo que en la radio del coche no podía sintonizar otra cosa que no fuera murmullo de predicadores y música country. Cuando llegué a Montgomery, me acerqué a uno de los colegios públicos de más prestigio de la ciudad para hacer una entrevista a su director. Cuando salimos al patio, me asusté al ver a unos niños que apenas jugaban, se encontraban repartidos en grupos minúsculos en los que no se movía el humo de la conversación. Su semblante era más bien triste. En cuanto me vieron, todos (y digo todos porque vinieron todos), se acercaron a mí y me tocaron como si quisieran comprobar que yo era un ser de carne y hueso, como el recién estrenado escritor acaricia la cubierta de su primer libro. Más que halagado me sentí incómodo. Nunca había visto tanto deseo de mostrar afecto y tanta ansia de correspondencia. "Es normal, no se apure", la voz era la del director del colegio, que sonreía a mi lado, "sus padres trabajan las 24 horas del día y no han aprendido todavía lo que es el amor, es la primera asignatura que tenemos que impartir en el colegio". Me costó la mañana entera despedirme de aquellos niños, porque parecía que habían acordado raptarme sin condiciones para el rescate. Continué mi viaje triste y decepcionado del futuro de la familia en ese país que se muestra como escaparate de principios y tendencias.

El mes pasado el instituto IDEA realizó una encuesta a más de 11.000 alumnos y 7.000 familias en España. El dato más revelador, o el que a mí me pareció más sorprendente, fue el de la disparidad de criterios entre la opinión de los padres y la de los alumnos en cuanto a sus contactos habituales y la preocupación de los primeros por las cosas de sus hijos. Un diario de tirada nacional recogía el siguiente comentario, "los alumnos aseguran que sus padres no se implican en sus estudios. Una de las cuestiones que se aprecian en el estudio es que la mayoría de las familias viven de espaldas a la vida escolar de sus hijos. Además, mientras casi el 80% considera que ayuda mucho a su hijo en los estudios, más de la mitad de los escolares considera lo contrario". Prueba suficiente para concluir que los padres parecen vivir en Babia, porque no sólo no se preocupan de sus hijos sino que no se enteran de que éstos reclaman su atención. Un libro que refleja espléndidamente la necesidad que los niños y adolescentes tienen de la proximidad táctil de los padres es Irlanda de Espido Freire. Una historia terrorífica pero narrada con la sutileza de Una vuelta de tuerca de James. Aquí se nos habla de Natalia, una niña que acaba de perder a su hermana. Los padres piensan que lo mejor es que se vaya a vivir una temporada a casa de sus primos, para que se olvide del dolor. En momento tan dramático, la niña es alejada de los referentes familiares. La relación con los primos y amiguitos es atroz. La novela habla veladamente de la urgencia de la proximidad y la autoridad de unos padres que se desentienden de sus criaturas, y éstas viven sin amarras ni asideros. En nuestra sociedad la imagen del padre se ha caricaturizado, no hay más que poner un ejemplo minúsculo como el de Los Simpson y advertir como el chaval le dice a su padre, "¡eres patético!". El escritor Thomas Wolfe decía, a propósito de una de sus novelas, que su idea era "la búsqueda más profunda de la vida, la búsqueda de un padre, no solamente del padre carnal, o del padre perdido en la juventud, sino del padre que es imagen de fortaleza y sabiduría, al que se le podrían unir la fe y la fuerza de la propia vida". Antes de que el papel de los padres se convierta en una reliquia de otros tiempos y de otras culturas, habría que debatir el asunto con cierta seriedad. Por ejemplo, según recientes estudios, la criminalidad violenta contra extranjeros en Alemania por parte de jóvenes no es consecuencia de estrategias de politiquillos radicales, sino de su déficit de sociabilidad tanto en casa como en el entorno y sobre todo de que los padres fallan en su misión de servir como modelos. En fin, datos para el debate.