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En cualquier momento el telediario da noticias de ésas que te sobrecogen el corazón durante un rato y el alma durante toda la vida, porque no logras entenderlas. Bombardeos, matanzas, desdichas que tienen su origen en odios ancestrales, pactos territoriales y feudales de hace lustros... Al igual que los muertos de hace cien años tuvieron sus causas siglos atrás. Las editoriales baratas se forran los bolsillos bancarios con títulos como El problema de Oriente medio. Sus orígenes o Cuando EE.UU estornuda Europa tiene gripe, libros para que en las sobremesas de café uno pueda departir con dignidad los porqués de los sinsentidos. Y en un día como hoy, mientras veo las noticias en EE.UU, en una de sus cadenas más vistas (la que tiene el mayor índice de audiencia, que eso sí lo conocen bien) la CNN, nos mantienen en vilo a los espectadores con debates sobre lo que le ha podido suceder a un tigre blanco que ha decidido rebelarse contra su domador. Un desdichado, pero famoso ilusionista, que daba en Las Vegas el do de pecho cada noche con el tigre albino de un lado a otro. Entre medias, surge otra charla paralela sobre el polémico caso, con juicio incluido, sobre las acusaciones por agresión sexual que ha tenido un famoso deportista. Mientras, el mundo camina entre bombas y masacres, entre ilusiones y sueños perdidos. De eso, el motor del mundo ni se entera.
El hombre sigue caminando por la misma rueda de la historia. Así las tragedias griegas son representadas y representantes de nosotros mismos. Sófocles, Eurípides y Esquilo están aquí, y al fin y al cabo nos cuentan más que nuestra televisión. Los clásicos griegos Las tragedias griegas no son sólo libros omnipresentes y poco leídos que permiten quedar a uno, al mencionarlos, como un auténtico pedante. En sus argumentos, los personajes se encuentran en situaciones extremas. Cuando te sumerges en las profundidades a las que te lleva la historia tienes el placer de recorrer dos caminos: el del hundimiento en la desesperación y el del resurgir de las cenizas. De hecho, en la Grecia clásica estas tragedias eran un homenaje a Dionisio, el dios del placer y del dolor, de la vida y de la resurrección. Aristóteles dijo que a través de la tragedia, el alma se eleva y se purifica, sufre una catarsis, que viene a ser algo así como despojarse de los demonios y poder volver a empezar de nuevo, renacer. No hay lugar en el mundo como el Teatro Romano de Mérida, donde desde hace muchos años se representan obras clásicas y cada vez se repite el ritual sagrado del teatro, del renacimiento de cada situación, de cada personaje. Esos personajes que tienen sus historia definida y que nos la cuentan una y otra vez para arrancarnos la que nosotros los espectadores llevamos dentro. Este verano pasado, en una de esas noches de calor tórrido, se nos congeló el corazón a todos al ver de nuevo Antígona. Antígona Antígona sigue siendo el baluarte, el símbolo de la heroína. Y este mundo está lleno de proyectos de Antígona. Muy brevemente, la historia de Antígona es la historia de una joven princesa cuya familia está marcada por las desdichas. La más terrible y la que acaba de acontecer cuando comienza la obra, es la muerte de sus dos hermanos, en una lucha sangrienta por el poder donde ambos se matan. El rey sustituto y tío de Antigona, Creonte, se encuentra súbitamente al frente de Tebas, un pueblo destruido y decepcionado con sus gobernantes. En él cae la responsabilidad de todas sus esperanzas y sus ilusiones. Creonte necesita darle al pueblo lo que pide, seguridad, y sólo sabe hacerlo con argumentos sencillos y convincentes. Le asigna casi de manera arbitraria a uno de los hermanos el papel póstumo de héroe que trató de salvar Tebas frente al otro, que deja como a un ambicioso impostor que sólo se movía por el deseo de poder. De este modo, Creonte tiene un bueno y un malo, y el papel de justiciero redentor de su pueblo. Por este motivo, al primero de los hermanos le proporciona unos funerales de rango real y al otro le deniega el derecho de sepelio para que sus restos sean devorados por las alimañas. Antígona, sin embargo, siente que su obligación como hermana es procurarle el descanso eterno al vilipendiado hermano y a pesar de la condena de muerte que se cierne sobre aquél que desobedezca al rey, acude a enterrarlo. Creonte no puede dar crédito a lo que sucede porque no quiere sentenciar a Antígona, que además esta comprometida con su único hijo. No entiende los motivos que le llevan a una muchacha llena de vida y planes favorables para ella, a desobedecerle. Antígona le explica que si no hace lo que debe como hermana, la vida no le servirá para nada porque no podrá perdonárselo. Antígona reflexiona sobre el deber, le explica que su deber como rey es impedírselo, pero que el suyo como hermana es enterrar a los de su misma carne. Creonte desesperado le explica que no puede ponerle en esa tesitura porque si no, la condena perderá el respeto del pueblo. Antígona se marcha y Creonte le pregunta: ¿Dónde vas?. Ella contesta: A enterrar a mi hermano. Con estas palabras Antígona firma su sentencia de muerte, se despide de una vida que ama pero que de nada le serviría si no hiciera lo que sabe que debe hacer. Resulta apasionante la valentía de esta joven sobre todo cuando dentro de tus entrañas comienzan a revolverse esas cosas que no hiciste por miedo, y que debías haber hecho. Muchas veces en el camino dejamos atrás la Antígona que llevamos dentro. La posición de Creonte no es otra que la del afán de controlar y dar unas normas racionales a su pueblo. Para mí, y en mi versión personal de Antígona, Creonte no es el malo de la película. Creonte es la persona mediocre y limitada que debe reducir el mundo a su escala de entendimiento, a la seguridad que da el estipular un bien y un mal. Es aquél que no puede contradecirse a pesar de comprender, porque comprende a Antígona, pero no había contado con ella. No puede volverse atrás porque sus argumentos simples se deshacen como azúcar ante la saliva sincera de la boca de Antígona. La postura de Creonte no es otra que la que vemos todos los días en el telediario. El mundo dividido entre buenos y malos donde, por supuesto, no cabe el perdón. Por ese principio eterno que todos llevamos dentro por el hecho de ser hombres, por permitirnos resucitar con su lectura, por eso, los clásicos deben ser una especie protegida. |
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Texto: Paloma Merino |
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La vida de los clásicos griegos es la vida de los sabios, de los que bucean en la naturaleza del hombre. Sófocles fue un hombre muy comprometido y con un gran sentido social. No sólo demostró su respeto cuando apareció junto a su coro el día de las fiestas dionisiacas sin corona ritual en señal de luto por la muerte de Eurípides, su gran rival, sino que, además, creó una asociación de artistas con objeto de fomentar el espíritu creador. Como la mayoría de los genios, amaba lo que hacía y disfrutaba con el talento de los otros, ya que no necesitaba destacar a costa de eclipsar a otros. Era la excepción que confirma la regla de la opinión de Hesíodo el alfarero al alfarero detesta, el carpintero al carpintero, y el mendigo al mendigo detesta, y el juglar al juglar. |