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Cualquier día nos vamos a encontrar con que la profesión de actor la regalan enviando doce códigos de barras de mermeladas El Chopo a un apartado de correos de La Rioja. Por el momento, estamos en la fase de hacerse popular antes de interpretar un solo papel, con un poco de suerte la nominación a los Goyas es cosa hecha, y a funcionar por los festivales y las Salsas Rosas y las Islas de los... ¿famosos? Después, no hay quien entienda una sola palabra del diálogo, ni quien se crea una lágrima (de colirio), ni quien se trague que el guapete de turno está metido en problemas. Pero eso parece dar lo mismo, siguen contratando a los mismos afortunados que dan lecciones de cine cuando tienen un micrófono en la boca sobre la alfombra roja de cualquier estreno en la Gran Vía. La culpa no la tienen ellos, que lo único que hacen es aprovechar y tirar millas, la tiene una industria que se cree que hacer cine no es una profesión que requiera esfuerzo, trabajo, sacrificio y profesionalidad. Parece que esto lo puede hacer cualquiera que tenga una cara bonita y ganas de desnudarse ante la cámara, siempre que lo exija el guión. Los actores no crecen como las amapolas en el campo, a nadie se le ocurriría ir a un médico cuya única preparación es sentarse los martes por la noche a ver Urgencias, o poner nuestros problemas en manos de un abogado que un día vio Ally McBeall, sintió la llamada y se puso una mesa de despacho en casa de la abuela. Entonces, ¿por qué vamos al cine a que nos cuenten una historia muchachos a los que ni siquiera se les entiende? Es el momento de pedir profesionales, de acudir a la OCU si es necesario, pero yo quiero volver a estremecerme en la butaca cuando un actor llore, ría, cante, hable, ame, sienta, mate, viva, coma, sueñe, baile, juegue, salte... o simplemente diga Milana bonita. |
Texto: José Cabanach |