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El cine, ¿una historia verdadera...? ¡Qué pregunta ésta! Lo gratificante sería contestar que sí, aunque cada vez más producciones nos alejan de las historias verdaderas, que deberían reflejarse en la gran pantalla. No debemos olvidar que el cine es la vida, y la vida es el cine. El hombre necesita contar historias, pues es un su ser social que vive rodeado de todo tipo de situaciones, que bien podrían englobarse en géneros cinematográficos: a veces vivimos un melodrama, otras una auténtica comedia, las más de las veces un western (Solos ante el peligro... qué duro es el día a día), otras, una de terror y, en ocasiones, una de esas introspectivas y psicológicas de autoconocimiento y viaje al interior de uno mismo... ¡Buf! Sin ir má Si tuviéramos más tiempo para la reflexión y la pausa, todos podríamos escribir un libro - o por lo menos, un relato corto - sobre las vivencias que nos han contado y nos han ocurrido. Casi sin darnos cuenta, nos convertimos en emisores y en receptores del valioso tesoro de la vida. Volviendo al tema del cine, es lastimoso ver que un medio tan adecuado para la comunicación y la transmisión de conocimiento (cultura, valores universales), se quede tantas veces en una mera payasada. Me cabreo cuando tantos directores y guionistas, que tienen muchas cosas que contarnos, no pueden hacer realidad su trabajo porque los productores no lo consideran comercial o no lleva una estrategia de marketing a sus espaldas. Desafortunadamente, esto también se refleja en la vida: tanto tienes, tanto vales. Y me vuelvo a cabrear cuando el público reacciona estupendamente ante películas que tardaron años en encontrar un soporte económico, y las productoras, las distribuidoras y las exhibidoras siguen en sus trece de vendernos productos enlatados (norteamericanos o no, no sólo EEUU hace cine malo), que no transmiten emociones. No pretendo realizar una apología de películas sólo aptas para sesudos y especialistas. Estoy hablando de ese cine que llegue al corazón, que transmita historias cercanas, personajes con los que nos podemos identificar, situaciones actuales que nos hagan pensar o que, sencillamente, nos diviertan. No se trata de ceñirnos únicamente al cine social o al cine de autor. Hay comedias plenas de autenticidad (Un hombre sin pasado), futuristas llenas de reflexiones (Minority report), dramas cargados de esperanza (El amor imperfecto), trhillers que se toman al público en serio (La cámara secreta). Y si hablamos de producciones de países lejanos, no podríamos parar: Kandahar, El camino más corto, Historias mínimas, Promises, Sang yu y su abuela... Existen cientos de películas que, desafiando a las carteleras, a los grandes majors internacionales y al monstruo del capital, demuestran que el cine es un vehículo de sentimientos y realidades humanas. Sólo queda convencer a las productoras y a los empresarios de que se puede y se debe apostar por estas cintas, muchas de ellas, por otro lado, auténticos éxitos de taquilla. Hay que concienciarles de que el público está ávido de propuestas inteligentes y que, cuando se le da dónde elegir, cuando se le permite el lujo de conocer otras cinematografías, cuando se le ofrecen productos auténticos, responde llenando las butacas de los cines. Hay que dar a cada cinta su tiempo y a cada autor la libertad de contar, sin imponerle lo comercial y vendible: violencia, sexo gratuito y sensacionalismo. Si de especies en extinción se trata, no hay que hablar de buen cine, porque lo hay. Hay que hablar de empresarios que apuesten, y de esos quedan pocos. |
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Texto: Eva Latonda |