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La tentación de los que creen que todo tiempo pasado fue mejor, y miran al pasado con melancolía por lo que ya no es, no suele ser una tentación para los que saben dar a la historia su auténtico protagonismo. Echar de vez en cuando una mirada al pasado no es huir del presente ni negar sus progresos. Por eso fastidia que se tache de reaccionarios a los que sencillamente quieren saber de dónde vienen, para mejor saber a dónde van. Se mira al pasado para coger impulso y correr hacia el futuro (como atletas en posición de salida) y no para verter lágrimas sobre los cadáveres. Se mira al pasado porque un árbol no crece sin raíces, y las nuestras, las humanas, son unas raíces demasiado profundas para s er arrancadas de cuajo. Chesterton decía que una auténtica democracia debería dar también el voto a los muertos, ¿acaso no forman ellos, aunque ya no estén, parte de la familia humana? Seguramente la sensatez que se consigue en la ultratumba nos ayudaría a elegir mejor a nuestros representantes. La solidaridad se ha convertido en una de las palabras más usadas por todos. No sé si entendemos muy bien su significado, pero si aceptamos la expresión que la define como asociarse a la causa de otro, nos daremos cuenta de que la única solidaridad que practicamos se reduce mucho en el espacio y en el tiempo. Rara vez pensamos que la causa de los pobres del Tercer Mundo es la nuestra, y con menor frecuencia todavía, que la causa de quienes vivieron en el siglo XII o en el XVI nos pertenece (¡iluso Chesterton, pedir solidaridad con los muertos!), porque no reconocemos una causa común a toda la humanidad, de cualquier tiempo y lugar. Yo creo que esa es una de las razones por las que nos desvinculamos tan fríamente del pasado. Creemos que lo que pasó hace 20, 30 o 50 años (y cuanto más atrás menos nos importa) no tiene nada que ver con nosotros. Pero sin cierta solidaridad con todos los hombres que han sido a lo largo de los siglos, entenderemos muy poco de nuestra propia suerte. Los antepasados tienen a nivel familiar mucha importancia, porque en la familia, al menos en las normales, existe el amor; y cuando el amor está presente, no es difícil establecer vínculos ni apreciar la riqueza de los otros y hacerla crecer. Por supuesto, no me refiero a la riqueza económica dejada en la herencia de un tío rico (que son infrecuentes), sino sobre todo a las herencias físicas, intelectuales y espirituales. Somos nosotros, pero les debemos no poco a nuestros padres, abuelos o tíos. La importancia de los antepasados, que con tanta sencillez se comprende en las familias, se desdibuja muchas veces a nivel social, político e histórico en general, porque en esta escala aumentada, además del amor, disminuye la solidaridad. Al mirar la historia de la humanidad, nos salen un montón de complejos progresistas que nos incapacitan para reconocer lo que ha sido bueno en las generaciones anteriores, y para comprender que ellas han contribuido a construir el hogar del hombre. Los complejos progresistas son como gusanos que corroen los sanos vínculos de la pertenencia histórica. A propósito del progreso, el profesor Manuel García Morente da una definición en sus Ensayos sobre el progreso que resulta sorprendente si se tiene en cuenta la mentalidad actual: el progreso es la realización del reino de los valores por el esfuerzo humano, y añade todavía: el progreso no consiste en el ser más, sino en el valer más, en el ser mejor. Después de un impecable análisis filosófico, el profesor llega a una conclusión desconcertante; para este filósofo, el progreso no reside en la cosa misma sino en la conversión de la cosa en bien. Por lo tanto, una cosa es el progreso y otra los progresos, podemos tener muchas cosas nuevas, muchas cosas mejores, pero sólo sabremos si hemos progresado cuando esas cosas nos hagan ser nuevos y mejores a los hombres. El progreso, tal como lo entendemos de ordinario (una especie de acumulación de más cosas, cada vez más perfectas técnicamente) no siempre ha dado más talla al hombre. Para que el hombre consiga ser mejor, hacerse mejor y hacer mejores las cosas, necesita modelos, referentes y maestros. También la sabiduría es en cierta medida hereditaria, difícilmente surge del vacío y de la nada. Si el progreso ha sido auténtico, debería a estas alturas habernos hecho comprender que el mero transcurrir del tiempo no lo implica. El progreso es algo que los hombres le han arrancado al tiempo con un sudor vertido a través de muchos siglos. El tiempo que se deja transcurrir sin domesticarlo, no sólo no trae ningún progreso, sino que produce estancamiento, cuando no retroceso. Y como en el tiempo no hay interrupción, cuando el hombre consigue domarlo con esfuerzo y trabajo en cualquier punto de la historia, ese ahínco resuena en el eco de los siglos. Si hoy de verdad hemos progresado, es porque alguien en alguna hora de la historia se propuso ser mejor y legarnos su patrimonio. El que dijera ahora que todo tiempo presente es mejor sólo porque tenemos más cachivaches en la oficina y en casa que nos facilitan las cosas, olvidando el trabajo de hombres que contribuyeron a su realización sin disfrutarlas, estaría ejercitando la más despiadada insolidaridad con sus antepasados. Así como miro el retrato de mi abuelo sin nostalgia por no tener sus bigotes sino con alegría al recordar sus enseñanzas, su hombría de bien, su capacidad de sacrificio; me gustaría también mirar el álbum de la historia, no con la fantasía de reproducir escenarios fantasmagóricos, sino con la esperanza de encontrar en algunas de sus fotos el parecido que me hermana con la humanidad. Al hojearlo, me siento orgullosa de mi familia humana, porque gracias al descubrimiento hecho por alguno de aquellos familiares lejanos, hoy yo puedo circular en coche en lugar de hacerlo en carreta. Al mirar los retratos de la humanidad, entiendo mejor que mi automóvil no salió del aire, y aprendo a ser agradecida con el talento de quienes a lo largo de muchos siglos, lo han aparcado a la puerta de mi casa.
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