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G.K. Chesterton
Editorial Pre-textos
ESTE LIBRO TIENE YA UN PAR DE AÑITOS, pero lo colocamos en nuestra estantería del mes porque es una obra que hemos descubierto recientemente y merece ser la del mes, la del año, no sé. Cuando Chesterton iba a hincarle el diente a Stevenson ya habían salido publicadas muchas biografías del célebre escritor escocés. Pero en todas ellas había una carencia mayúscula. Se fijaban en el lugar común del maestro, en el retrato de una vida fantástica, cargada de las sorpresas que ofrecen los aires indígenas de Samoa, etc. Se había llegado hasta a caricaturizar al escritor. Chesterton se va a proponer algo más ambicioso. Alcanzar el alma de Stevenson a partir de sus obras. Y no sólo le va a importar la literatura que el hombre dejó, sino la filosofía inherente a la literatura, es decir, todo un trabajo de envergadura. Dice que en toda obra de arte hay una estructura de crecimiento, una especie de atmósfera general, la de Stevenson es clara y luminosa. Incluso cuando habla de las tierras altas de Escocia habla de todo menos de la niebla, algo que pudiera arrojar un haz de sombra apagando la luz del autor. En cambio, en Poe todo son lámparas agonizantes, aromas estupefacientes, hay en sus trabajos una sensación de descomposición, de lujo sombrío. El parangón es perfecto cuando compara el cuervo de Poe con el papagayo de Long John Silver de La isla del tesoro. El gran hallazgo moral de Stevenson fue la necesidad de redescubrir la niñez, él mismo fue un niño, pero un niño perdido, como dice el autor del trabajo. ¿Puede un hombre ser feliz? -se preguntaba- sí, hasta que crece y se hace hombre. Se educó en una familia de puritanos protestantes que le enseñaron a ver en la belleza humana una provocación pecaminosa y en el uso de la libertad un resquicio de entrada a la tentación. Un corsé tan estrecho tenía que reventar en un alma tan sedienta de verdad. Por eso, intentó huir de toda aquella atmósfera irrespirable y no dejó que nade le hiciera de cicerone o instructor por la vida. Por eso, Chesterton dice de él que hizo su audaz viaje sin cartas de navegación. Pero en su necesidad de volver a la infancia, estaba clamando por la necesidad de la búsqueda de la verdad, de la inocencia, de la abnegación de los niños, de su pasmosa disposición ante la realidad. Chesterton dice que Stevenson era un teólogo cristiano sin saberlo. Estuvo toda su vida intentando oír una canción, la de la verdad, pero sólo los niños la oyen. Como dice el autor al final de la obra, la respuesta es que si la humanidad no puede volver atrás, no puede ir a parte alguna. El brusco regreso a la sencillez, como expresión de una ardiente sed de felicidad.
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