Número 42, noviembre 2003

Isaac B. Singer
Editorial Punto de lectura

    ESTE AÑO HA SALIDO EN EDICION DE bolsillo esta gloriosa autobiografía de Isaac B. Singer. Poca gente se ha hecho tantas preguntas hondas, se ha bebido tanto la vida, ha sufrido con la ansiedad de un león acorralado y ha escrito obras de una lucidez tan maravillosa como este judío que escribía en yiddish. No hay más que empezar por el principio, como decía Alicia en el famoso libro de Carroll. “Mi hermano le había explicado a mi madre que la literatura se ocupa sobre todo de la naturaleza de las personas. Empecé a indagar en mi interior, en mi alma. Decidí hacerme escritor”. No se puede decir mejor. Muchos escritores noveles piensan que uno se pone a escribir cuando se consigue una técnica, cuando se da con un estilo peculiar o se recibe cierta inspiración de las musas. La matriz de la creación literaria nos la resume Singer en esa bella expresión, hay que interrogarse por uno mismo, hay que indagar en el interior. Por eso, su primera pasión fue la de las fórmulas de calado. “Yo ardía de deseos de leer lo que los filósofos tenían que decir acerca de Dios, del mundo, el tiempo, el espacio y, sobre todo, la razón por la cual las personas y los animales han de sufrir tanto. Esta era para mí la pregunta más importante de todas. Me lancé a una carrera contra el viento, mientras en mi interior una voz gritaba: ¡Tengo que conocer la verdad, de una vez por todas!”.

    El materialismo no le sedujo. Hasta en sus peores momentos de duda, seguía pensando que este mundo no había evolucionado por sí solo, sino que tras él subyacía algún plan, una conciencia, un impulso metafísico. “Las fuerzas ciegas eran incapaces de crear una mosca siquiera”. Todo en él era hondura y reflexión. La ciencia le ofrecía escaso consuelo. Las estrellas, decía, estaban formadas por la misma materia que componía la tierra. Irradiaban enormes cantidades de energía. Los escritores anticipaban la llegada de la televisión y de los aviones que cruzaban el Atlántico. “Pero estas contribuciones no contribuían en nada a elevar mi espíritu”. Si además de esta autobiografía se tiene la oportunidad de leer algo más de Singer como Un amigo de Kafka y otros relatos y sobre todo Sombras sobre el Hudson, tanto mejor para aficionarse a una bestia parda de la literatura del siglo XX.

V. S. Naipaul
Editorial Areté

    LA COSA EMPIEZA MAGNÍFICAMENTE Y a mitad del libro la calidad como que se avergüenza de sí misma y acaba por escaparse. Es una pena, porque no está nada mal Media Vida, lo último de Naipaul. Aquí se da cuenta de ese encuentro-desencuentro entre Oriente y Occidente. Se describe la inanidad y superficialidad en la que está cayendo nuestro glorioso mundo occidental en las descripciones que hace de las recepciones y fiestas de la jet. “Había hombres bien vestidos y mujeres esmeradamente vestidas, derrochando palabras y sonrisas para decir bien poco. En esta fiesta Richard está actuando. Todo el mundo está actuando”. Al tiempo se hace una crítica despiadada de ese sistema de castas de la India en el relato del aguador del colegio del protagonista, “cuando se le presentaba un alumno le echaba agua en un recipiente de cobre o de aluminio. El aluminio era para los musulmanes, los cristianos y la gente así, el cobre para las personas de casta y una lata vieja y oxidada para la madre de Willie”. Y en un momento desgarrador de la novela, el protagonista hindú se da cuenta de la influencia tan devastadora que ha tenido el ejercicio secular del apaño de matrimonios entre familias, que siempre se ha dado en su cultura, cuando una vez que se traslada a Inglaterra se ve absolutamente imposibilitado para ligar, ni siquiera para decirle una primera palabra a una muchacha bonita, ni para sugerirle un baile. No sabe cómo tratar a la mujer, porque su casta siempre le había preparado para matrimonios previstos. La infidelidad a la mujer del personaje principal es motivo de dolor, “Ana, ¿qué te he hecho?”. Las relaciones humanas de Naipaul nunca son superficiales, y siempre escarba como un conejo para construir las galerías del alma.