
Una de las posiciones del ser humano ante la vida más dramáticas es la desesperanza. Con ella de la mano, todo se tizna de colores oscuros y nada se advierte con la debida nitidez, quizá porque todo lo que hacemos en el presente dependa de un proyecto que nos henos marcado y tenemos esperanza en que podamos llevarlo a término. Ahora que le han dado el Nobel a Coetzee no sería disparatado acordarnos de un antecesor que parece hoy algo olvidado, el chino Gao Xingjian. Su monumental La montaña del alma es una mastodóntica novela y una magnífica obra de arte de la literatura contemporánea. Si uno quiere conocer China sin moverse de Móstoles no hay más que abrir la primera página del libro de Xingjian. Narraciones orales, costumbres, variedad de animales, rtituales... todo un compendio del alma oriental. Sin embargo, hay en toda la obra un pesimismo lacerante, una desesperanza dolorosa frente a la vida. Uno de los protagonistas, que tiene cáncer y que se mueve por bosques umbríos sin razón ni propósito, comenta que nunca en la vida ha tenido un móvil, que las metas que se ha fijado se han ido modificado con el tiempo hasta que al final no ha tenido ninguna. Si uno se pone a pensar sobre ello, la meta última de la vida humana es algo que carece de importancia, es como un enjambre de abejas, es preferible dejarlo estar y observarlo sin tocarlo. En otro momento, dice el personaje, el yo es de hecho la fuente de la desdicha de la humanidad. Además de las costumbres y los usos orientales, la obra informa de la atmósfera filosófica oriental que tiene serias diferencias con nuestra tradición occidental. Lo dice Paul Josef Cordes, la antropología cristiana se diferencia de los ideales de algunas religiones orientales, por ejemplo, el hinduismo, que postula la disolución del yo en el mundo de los divino y de las innumerables deidades, o de su despersonalización en el budismo, que busca la plenitud del individuo en el nirvana. A los cristianos, la defensa de la propia identidad les parece legítima e incluso obligatoria. Así podría explicarse tímidamente esa desesperanza que se mueve como un felino por la obra del genial escritor chino. Si el yo no tiene una identidad suficiente porque va a terminar en la disolución, entonces, ¿para qué hacerse propósitos?, ¿cumplir metas?, ¿para qué diseñar?, ¿para qué?
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