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Es difícil no haber visto a lo largo de la geografía española algún bibliobus, cargado de libros y llevando casi hasta las puertas de casa un clásico de la literatura, un cuento infantil o un libro de recetas; el metro de Madrid nos regala frases de León Felipe, Cervantes o Borges que después de algunos trayectos uno se llega a aprender de memoria. Estas y otras muchas iniciativas son indicios de los esfuerzos -de imaginación y de recursos- que realizan los gobiernos en las campañas para el fomento de la lectura. Las administraciones inventan nuevas fórmulas encaminadas al uso de los libros y la incorporación al mundo de la literatura de nuevos lectores. Aunque sería más exacto decir que copian viejas iniciativas sociales, piénsese en el préstamo de libros de la Inglaterra victoriana o en la distribución de aleluyas de la España decimonónica. Todos estos esfuerzos loables chocan con u El profesor italiano Massimo Borguesi en su espléndido artículo La narración recuperada (Bologna, 2002) se atrevía a ensayar una hipótesis respecto a la narración. Decía lo siguiente: La disminución de la experiencia, de la vida como experiencia, hace obsoleta la narración, mejor, la hace imposible. Se trata, sin lugar a dudas, de una afirmación arriesgada y ciertamente contraria a las corrientes que consideran la narración como un proceso independiente de la realidad. La consideración de Borguesi encierra el registro de una serie de datos previos elementales pero no por ello aceptados unánimemente. Presupone que la realidad existe, que el hombre puede hacer experiencia de ella, y que la narración brota del deseo de recrear ésta a través de la belleza literaria. Lamentablemente, en el panorama literario actual, sorprende lo oscurecidos que se hallan los escritores que apuestan por esta recuperación de la narración. Es frecuente, por el contrario encontrar escritores que han renunciado a contar. Asistimos a la casi unánime negación de que para narrar sea necesaria la experiencia. Se escribe para negar u olvidar la realidad -lugar donde es posible la experiencia- o para edulcorarla con formas vicarias. Para los lectores, es decir, para los que padecemos esta obtusidad, las consecuencias son fatales. Consecuencias que se sufren bajo la forma de dos tendencias literarias predominantes pero que coinciden en su origen. Por un lado, las narraciones de escritores de talento en donde la forma misma de la novela es el encadenamiento neo-barroco de diversos mundos de ficción, niveles que se apoyan unos sobre otros para al final descubrir el vacío. Son, en general, novelas bien escritas pero cuya arquitectura adolece de la debilidad de una estructura en la que la experiencia no aparece como inspiración. De tal maner La segunda tendencia está formada por las novelas pseudo-históricas, de espionaje o novelas sentimentales, lo que en términos más exactos se denomina paraliteratura, y a las que acuden los lectores con apetito voraz. Para descubrir esta tendencia, basta entrar en una librería comercial y ver las pilas de títulos que se venden rápidamente. La primera tendencia pasa por ser la literatura culta, para minorías bienpensantes; la segunda pasa por ser subliteratura o literatura de escasa calidad para los expertos y fuente de entretenimiento para los adictos. El problema, a mi modo de ver, es que las dos son caras de una única renuncia a la experiencia: en el primer caso porque se considera que es imposible el encuentro entre el yo y las cosas, del que nazca una conciencia libre y de ahí una historia. En el segundo porque la experiencia, aún siendo buscada, se reduce en su recorrido, de tal manera que el amor se convierte en sentimentalismo, el conocimiento en información, los personajes en héroes y heroínas previsibles en sus reacciones, los argumentos en maniqueas luchas entre el bien y el mal. La primera tendencia tiene en general de su lado las grandes firmas y cuenta con el apoyo de editoriales de prestigio, gozan del favor de las instituciones culturales. Los segundos nacen a la sombra de grandes editoriales que juegan con la venta segura de miles y miles de ejemplares. De este manera la narración se hace innecesaria, sustituible en el mejor de los casos, o corre a buscar nuevos lugares en los que refugiarse. Así nos encontramos con el caso de la publicidad televisiva en la que se pueden descubrir verdaderas proezas narrativas que atienden a la experiencia y que la encarrilan hacia el propósito que la mantiene, es decir, la compra de lo que se anuncia. Aquí la narración ha perdido su gratuidad original para trocarse en forma narrativa funcional al poder económico pero que sin duda expresa, al menos, retazos dada su brevedad, algo de la experiencia. Los lectores, señores de las editoriales, autores, distribuidores y comerciales, preferimos leer historias que remitan a la experiencia y de ella se nutran. Y muchas veces ante complejos mundos inteligibles de discursos sobre lo escrito, nos sentimos insatisfechos. Como descontentos ante mundos poco verosímiles, personajes que enseñan poco y deleitan menos, y estructuras tan facilonas que se tambalean por poco equilibradas. Y aunque sea una cuestión difícil de dirimir, creo que para responder a la pregunta que planteaba al principio: ¿Es la palabra la que ha abandonado al lector?, ¿o el lector el que ha abandonado la palabra?, me inclino por la primera opción. Los lectores anhelamos esa palabra que nos ha abandonado o se halla tan inaccesible que es difícil que llegue a un público mayoritario. Claro está que, mientras suframos este abandono, siempre nos quedan los clásicos o el esfuerzo de los más empeñados por encontrar nombres, editoriales y textos que nos permitan seguir disfrutando del placer de la lectura. El riesgo es que en el camino, la vida como experiencia se empequeñece sin la luz de la palabra literaria. |
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Texto: Guadalupe Arbona Abascal |