Número 42, noviembre 2003

Cuando desde Calibán me pidieron un artículo sobre mujeres (qué pena, con lo que a mí me gustaría que me encargaran una entrevista con Sean Connery) en relación al número monográfico sobre “especies de vías de extinción”, dije que sí rápidamente. “Ya sabes, de las madres de familia que tienen que compatibilizar trabajo y mil cosas...” “Bueno, sí, de las madres de familia Y de otros tipos de mujeres, porque no sólo ésas lo tienen duro...” Y es que son muchas las mujeres que podrían entrar en el catálogo de raras (en el sentido de la biología), dignas de protección especial o ya, en plan extremo, en vías de extinción (que son las que más protegidas deberían estar).

Que conste que estoy rodeada de mujeres con niños pequeños o en trance de tenerlos en breve que corren como locas para poder llegar a todo. Y me parece que tener hoy hijos y, sobre todo, más de 2 hijos, supone ser una mujer realmente rara, casi en vías de extinción. Pero pienso que hay, junto a las anteriores super-mamás, otras muchas también amenazadas. Y es que la biodiversidad femenina antes era mucho mayor, contra lo que parece: ahora somos todos mucho más “iguales”... también en lo malo, es mi opinión y a ello voy.

Por ejemplo, antes eras una tía soltera y aquí no pasaba nada, no te hacían una serie tipo Ally McBeal o un libro y la consiguiente película sobre El Diario de Bridget Jones. Pues ahora ser soltera sin más, tía soltera en concreto (o sea, estar rodeada de personas casadas, con niños o por lo menos con novio) se supone que es algo horroroso que se pasa fatal, fatal. Sí, lo digo, lo mantengo, y me da igual Solas, de nuestra querida exministra Carmen Alborch y todas las revistas femeninas... Precisamente porque están empeñadas en contar lo contrario... hacen mucho más aguda la presión al respecto.

Claro, debe ser que a la tía soltera, cómo dice Julián Marías, que era toda una institución (anda que no han sacado adelante cosas)... hemos venido a sustituirla por esas pan sin sal yankees o, en su caso, esas solas, que solas, lo que se dice solas, no están nunca porque siempre tienen un compañero estable o inestable (el tema es estar liberada, recuerden) de quien echar mano. Yo creo que hemos salido perdiendo con el cambio y a mí me gustaban mucho esas tías que no se habían casado y que tenían más paciencia y más arrestos que nadie. En cambio, estas otras, centro de interés de las revistas y de los medios de comunicación, me parecen un tostón, la verdad.

Otra especie, y esa sí en vías de extinción, es la de la vocación al celibato. Estoy hablando muy en serio y en sentido amplio, abarcando a las variadísimas vocaciones (llamadas personales de Dios) que hacen que algunas mujeres y algunos hombres se sientan llamados no sólo a darse por entero a Cristo (que eso lo estamos todos los cristianos, que no podemos dar un poquito al becerrillo de oro y otro al crucificado), sino a entregar de una forma especial su corazón al Señor. Es lo que se llama amar a Cristo de una forma esponsal. Algunos en la vocación religiosa y otros en vocaciones de estar en medio de la calle, que hay muchas y muy variadas y todas son buenas.

Pues bien: esas mujeres sí que son raras, dignas de especial protección o realmente casi extintas. Yo veo en el CEU a las alumnas que son religiosas y oye, ¡que me pongo contenta sólo de verlas y estoy segura de que alguno de sus rezos me caerán de refilón! Las veo así, en plan monja-monja (o sea con hábito) y es que me quito el sombrero. Jóvenes, siendo testigos entre mis alumnos y sus compañeros del amor de Cristo que una vez nos llenará a todos. Yo sólo pido que la gente tenga vocación de verdad y no sea una cosa de esas de entusiasmos adolescentes, que puede pasar, y que no se dejen llevar más que por Jesús. La protección especial que pido es esa: de puntillas todos (todos) ante una vocación porque nadie -nadie- puede entrar en un alma.

Otras mujeres más dignas de especial protección: las gordas. Las gordas son mujeres dignas de alabanza, además. Lo siento. Como me estoy convirtiendo en una, veo esto con muchísima claridad. Pasamos de modelos y series de televisión. Nos gustan nuestros michelines. Pero nos sería más fácil si alguien nos dice: ¡qué guapa estás!... porque se puede ser gorda y guapa, y flaca y fea. Hay de todo en la viña del Señor, pero sacar a la mujer gorda que una lleva dentro es tomarse con más calma y humor la vida, es saber que si coges un niño y lo rodeas con tus brazos, ¡el niño va a estar mucho más mullidito!

Otra especie muy especial: las niñeras, quienes cuidan a los niños, quienes hacen las cosas de casa... sin ser sus niños y sus casas. Y yo me pregunto, ¿no son todas éstas -o éstos- seres dignos de especial protección?, ¿no están en vías de extinción? ¿No son por lo menos raras? A tenor de lo que oigo, sí parece... Pero no hay conciencia social -y siento decirlo- de lo que supone esto.

Y ya sé que hay muchas historias y mucha gente informal y todo lo que usted quiera, pero desde Perú, Santo Domingo, el Este de Europa, el Norte de Africa y unos cuantos sitios más... estas mujeres (y algunos hombres cuando se trata de cuidar a señores mayores) NOS están sacando las castañas del fuego a muchas familias españolas. “Es su trabajo, les pagamos...” Vale, faltaría más que fueran esclavos... y ya sé que hay quien lo hace bien y quien lo hace mal y puede hacer faenas... pero digo yo que si hoy los niños y los ancianos españoles salen adelante es TAMBIÉN por esa peruana, polaca o lo que fuere que, a veces dejando a su propio niño o a su padre en su país, cuida del suyo, señora. Terrible, dejar a un niño para cuidarte al tuyo. ¿No les parece que hay que tratar a estas personas bien?

Hay otras especies que se han adaptado increíblemente al medio Me explico poniendo ejemplo. Parece que la solidaridad de verdad de verdad la hemos descubierto a finales del siglo pasado y que aquello que hacían nuestras antepasadas era ... caridad: mucho peor, ¿dónde va a parar? Pero como no hay nada nuevo bajo el sol... me encuentro que el concierto benéfico -o en lo que sea benéfico- coinciden las otrora progres o las clásicas -por simplificar- en el mismo lugar, encima dándoselas algunas de modernas y solidarias. ¿Tanto hemos cambiado? ¿Tan malos éramos antes -era la sociedad- y tan auténticos somos ahora? Para mí que hay gato escondido.

Sigamos en la misma línea. Un tipo de mujer que hoy no se lleva nada es la mujer sobria. No me refiero a que no beba y eso, que es un tontería. Si no a la mujer que gasta poco. Dirán algunos que las mujeres siempre gastamos mucho. Depende. Yo lo que veo es que las nuevas generaciones y algunas otras -entre las cuales me incluyo- somos muy consumistas. Que nos sale el dinero con una facilidad pasmosa. Que creemos a pies juntillas que hay que comprar para ser feliz (o estar guapa o ser aceptada o lo que sea). Y que no sabemos decir que no.

Si eres joven y no tienes posibles, le das a tu madre la tabarra con tal o cual cosa... aunque se da el caso de madres igualmente consumistas que no les hace falta que las animen. Si eres ya de las que ganan tu dinero... te lo puedes fundir poniéndotelo encima en cuanto te descuidas. O en cremas. O en salidas. O en libros. En lo que sea. Mujeres de esas que administran bien y saben que aunque se pueda no se debe gastar en gastos superfluos o innecesarios, hay pocas. Y por eso cuesta luego lo de la independencia de los padres... o cualquier sacrificio que implica el gastar menos o nada.

Bueno, yo creo que ya está bien. Pido protección oficial para todas las especies, pero en especial para las madres, las super-mamás, las niñeras, asistentas y acompañantes de ancianos, las vocaciones, las gordas y las sobrias. Creo que me he pasado tres pueblos. Pido perdón por las mujeres bocazas que, definitivamente, no estamos en vías de extinción.

Texto: Aurora Pimentel