Número 42, noviembre 2003

Es curioso, pero a Jaime, su abuelo jamás le llevaba al Retiro. Desde muy chico, cuando llegaba el tiempo en que el sol empezaba a templar la calle, el abuelo le enfundaba en un eterno abrigo de paño y juntos bajaban la calle Atocha. El ritual de los churros frente a la Facultad de Medicina se repetía cada sábado mientras el abuelo le contaba las extraordinarias historias de cuando sus tiempos en Cuba. Jaime admiraba la forma que el abuelo tenía de contar historias, era capaz de hablar en imágenes y alguna vez, en las mejores ocasiones, capaz de apartar el dulzón aroma del aceite y el azúcar de la churrería para llenarse los pulmones de salado sabor a mar. Fue allí, en la gastada mesa de mármol, donde Jaime conoció el mar y La Habana y la brisa de la selva y el tacto de una mulata acharolada y tantas cosas que jamás había visto, ni olido, ni sentido.

- ¿Me llevarás hoy al Retiro abuelo? Mis amigos dicen que por tres pesetas alquilan una bicicleta.

- Es posible, si tenemos tiempo, pero antes hemos de visitar a don Santiago.

Y entonces, las arrugas del abuelo se hacían más jóvenes y los ojos más brillantes, y comenzaba hablar de las clases de histología que don Santiago impartía en el aula del patio del edificio que presidía Galeno, justo enfrente de la churrería. Jaime conocía aquellos bancos madera, la mesa, la pizarra y el tono pausado del viejo profesor, tan bien como los sonidos de La Habana. Y sabía que ese sábado tampoco montaría en bicicleta.

El abuelo se paraba en todas las casetas de la Cuesta de Moyano, aquel ministro de Cultura al que le levantaron una estatua de espaldas a los libros. Y a Jaime se le olvidaba que en el Retiro alquilaban bicicletas a tres pesetas cuando el abuelo le compraba el mejor tebeo de la calle. Después, al llegar a Alfonso XII, giraban a la derecha en dirección a la estación del Mediodía. Y allí estaba, a la puerta de su casa, en el numero 64, con los ojos entornados, como dormido, envuelto en una manta escocesa y sentado en una silla con brazos de madera, don Santiago Ramón y Cajal.

- ¿Cómo está don Santiago? -preguntaba el abuelo.

- Mayor, muy mayor -contestaba levantando los párpados lentamente.

A Jaime le asombraba que existiera alguien más viejo que su abuelo, y observaba con atención como las manos de don Santiago estaban más apergaminadas, y el pelo más blanco, y la voz mucho más rota que la de su propio abuelo. Y durante horas permanecía inmóvil con los ojos muy abiertos escuchando de pie, porque a él no le sacaban una silla a la acera.

Un sábado de 1934, era otoño, después de los churros y la Cuesta de Moyano, don Santiago sacó un libro que tenía encima de las piernas, bajo la manta, y se lo regaló a Jaime. En la primera página decía: “Al muchacho de los ojos grandes que no monta en bicicleta. Su amigo Santiago Ramón y Cajal”.

Como cada mañana, Adelita sacaba una silla a la calle si sentía que el sol calentaba la fachada de la casa y el aire no movía la copa de los arboles que rodeaban el observatorio del Retiro. Muchos sábados don Santiago ya llevaba horas repasando las galeradas de su último libro antes de que se hiciera de día.

El doctor honoris causa por las Universidades de Cambridge, Massachusetts, Würzburg, Cristianía, Lovaina y Méjico. Senador vitalicio, Consejero de Sanidad, Presidente de la Junta de Aplicación de Estudios e Investigaciones Científicas y Premio Nobel de Medicina en 1906, estaba sometido a la dictadura de tener que descansar sentado al sol por prescripción medica y la autoridad de Adelita, la mujer que se ocupaba de él desde hacía tiempo. Ya no era el joven que ganó las cátedras de las universidades de Valencia, Barcelona o Madrid, o que se salvó del paludismo en Cuba. Ahora salía al sol y cerraba los ojos y esperaba, esperaba. Los sábados venía a verle, puntual como el tren de Aranjuez, un viejo alumno del que a veces no recordaba su nombre y su nieto pequeño, del que no olvidaba que se llamaba Jaime.

Se preguntaba como se vería la vida con los ojos grandes e infantiles de Jaime, y cada visita, aunque el chaval permaneciera de pie y callado, se sentía algo más joven. “Mariano, Mariano era el nombre del abuelo”. Lo recordaba cuando por el rabillo del ojo los veía aparecer bajando la calle. El niño siempre con un tebeo.

- ¿Es verdad qué tu abuelo no te lleva a montar en bicicleta por venir a verme?

- Sí, pero no me importa.

- Cuando vayas algún día, fíjate en una estatua que hay cerca del lago. La inauguraron en 1926 y dicen que soy yo. Aunque aún no entiendo por qué ese loco de Victorio Macho me esculpió casi desnudo y tumbado como un romano.

El niño rió y don Santiago pensó que serían muchas cosas las que querría contarle a Jaime, aunque no las entendiera. Y una mañana sacó de entre la manta escocesa un libro que acababa de escribir, titulado Cómo se ve la vida a los 80 años.

Esa fue la última vez que se vieron, porque don Santiago murió el 17 de octubre de ese mismo año. Jaime tardó mucho tiempo en leer el libro y, mientras tanto, corrió en las bicicletas rojas de alquiler, y visitó la estatua de su viejo amigo, que se parecía mucho a la que después descubrieron a la puerta del aula Ramón y Cajal, en la antigua Facultad de Medicina de la calle Atocha.

Texto: José Cabanach